Como era de esperar, la colección de whiskies más grande del mundo estaba en su lugar de origen: Escocia. Pero eso fue hasta 2020. Ese año, un coleccionista argentino, fanático de este destilado, superó en número al Museo de Edimburgo, y desde entonces las 5.900 botellas que dan forma a la colección más grande del mundo se encuentran en Buenos Aires, en el Museo del Whisky. Allí es posible encontrar ejemplares de todas las regiones productoras del mundo: antiguos, de productores independientes, ediciones especiales o conmemorativas.
En 2010, la reina Isabel II nombró a Miguel Ángel Reigosa “embajador del whisky para Latinoamérica”. Años más tarde, en 2020, le llegaría otra distinción, la de Keeper of the Quaich, que reconoce a las personas que contribuyen a la cultura del whisky escocés.
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¿Cómo nace su pasión por el whisky?
Empieza cuando tenía 14 años. Con mis amigos salíamos a bailar y en los boliches (bares) tomábamos esos tragos que eran una bomba. Una noche llegamos en muy mal estado a la casa de mis padres, eran como las 3 a. m., mi viejo nos escuchó y nos dijo: “Mañana quiero reunirme con los padres de todos y ustedes presentes”. Al día siguiente nos juntó a todos, abrió una de las dos botellas de whisky Old Parr que le habían regalado en el trabajo y, en lugar de retarnos (regañarnos) y con el consentimiento de todos los padres, nos invitó a tomar whisky. El consejo que me dejó para toda la vida fue: ‘Toma poco, pero bueno’. Y a partir de ese momento empecé a hacer eso.
¿Y cómo llegó al coleccionismo?
Lo heredé. Mi abuelo era numismático (coleccionista de monedas y billetes) y mi papá filatélico (coleccionista de sellos); a mí me agarró la locura por el whisky.
¿Cuándo empezó a coleccionar botellas?
Cuando falleció mi padre, de muy joven, un amigo de él me dio una mano. Era importador de relojería y perfumería, y me prestó el dinero para poder importar con él. Ahí empecé a viajar por todos lados. Entonces, cada vez que viajaba me compraba una botella. Después tomé la costumbre de comprar dos iguales. Una para probar con los amigos, y la otra la guardaba para ir armando mi colección.
¿Qué edad tenía cuando empezó?
Tenía 23 años. Al fallecer papá, busqué algo que fuera como un lugar de compañía, entonces me hice habitué del Café de los Incas.
Hoy ya no existe, pero ¿qué representaba el Café de los Incas?
Era el lugar de culto del whisky en Latinoamérica. De ahí salió toda la gente que puede hablar de whisky. Todos pasaron por ahí, los buenos y los malos.
Empezó como habitué y terminó como dueño…
En esa época el café tenía muchas deudas. Entonces Jorge Altobello, uno de los dueños, me preguntó si quería comprar la parte de los otros dos socios. Yo había juntado unos pesitos importando y decidí comprar esas partes y afrontar las deudas. Y ahí fue donde me fui perfeccionando en el mundo del whisky. Con el tiempo empezaron a llegar los reconocimientos y en el 94 hice mi primer viaje a Europa.
Visitó finalmente la cuna del whisky escocés…
Fui invitado por Diageo y estuve 15 días en Londres y otros 15 en Escocia. La primera destilería que visité fue Blair Athol (fundada en 1798), y fue algo maravilloso. Me permitió conocer los procesos de la elaboración del whisky.
¿Y el Museo del Whisky cómo nace?
Llegó un momento en que le dije a Jorge: ‘Quiero cumplir un sueño: tengo en la casa de mi mamá 2.800 botellas y las quiero exponer, quiero armar un museo’. Jorge creyó que era en broma. En esa época nadie creía en el whisky.
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¿Cómo armó esa colección de 2.800 botellas?
A través de los viajes, mediante subastas, encargándoles a conocidos que viajaban que me compraran tal botella. Costó mucho. Yo con el programa Mundo Whisky, que hice durante 16 años en televisión, viajé mucho. En total llevo 36 viajes a Escocia: recorrí cuatro veces todas sus destilerías. En todo ese tiempo fui armando la colección, pero no con un criterio comercial. Era por satisfacción personal.
¿Y qué le dijo su mamá sobre las 2.800 botellas en la casa?
Cuando fallecen mi papá y mis abuelos, varios de los nueve ambientes de la casa quedaron vacíos. Mi mamá me dijo: “Guarda ahí las botellas”. No cabían en las estanterías, por lo que muchas estaban en el piso, todas envueltas en papel film. Una vez por mes, dos chicos que trabajaban conmigo en el Café de los Incas me ayudaban a hacer el trabajo de ir girando las botellas para que los corchos no se secaran. Era un trabajo que demandaba tres días. Mamá tuvo mucho que ver con que pudiera armar esta colección.
¿En qué momento se propuso que la colección fuera la más grande del mundo?
Con el programa tenía el sueño de grabar en el Museo de Edimburgo, que con 3.384 botellas era el más grande del mundo. Cuando llegamos y vi la colección, salí en cámara llorando, prometiendo que en menos de cuatro años la podíamos superar. Me faltaban 500 botellas. Las nuestras eran mejores en calidad. Hoy le llevamos 2.200 botellas de diferencia, tenemos 5.900 y estamos en Argentina.
Hace poco salió en una revista que le quisieron comprar la colección para llevarla a Dubái…
Sí, me ofrecieron 30 millones de dólares, una casa para que el primer año manejara todo y un Lamborghini a elegir. Yo no soy millonario, pero no me faltan cosas. Las importantes para mí son otras, si no, no me hubiera dedicado a esto.
En total llevo 36 viajes a Escocia: recorrí cuatro veces todas sus destilerías. En todo ese tiempo fui armando la colección, pero no con un criterio comercial. Era por satisfacción personal
¿Se puede visitar la colección?
Sí, es gratis.
¿Cuál es la botella más rara que atesora?
Uf, muchísimas. Tenemos ediciones limitadas de embotelladores independientes. De 1938, de 1950. Muchas botellas de 50 años. Tengo una colección de botellas de Elvis: para comprarla tuve que vender mi auto. La más vieja es un bourbon de 1870.
¿Cuál es la botella más cara de la colección?
Son varias. Una Royal Salute de 50 años, un MacPhail’s de 1938, un The Macallan 1950. Estas rondan los 70.000 u 80.000 dólares cada una.
¿Qué botellas tiene en la mira para comprar luego?
Hay como 100 que estoy siguiendo. Una de Johnnie Walker de más de 150 años, un Royal Salute de 45 años, poco conocido, que se vendió en el mercado asiático y del que no quedan muchas botellas.
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¿Qué aconseja para introducirse en este mundo?
Para mí lo ideal es empezar por los más básicos, de 10 o 12 años. Pero la verdad es que puedes empezar por donde quieras. Y no solo single malt: el bourbon, por ejemplo, es un productazo. Lo importante es ir llevando a la gente a que aprenda de a poco.
¿Cómo se toma el whisky?
El whisky se toma solo, con agua, con hielo, con una bebida cola, con champagne… Pero si tienes una botella de 1950, ¿qué le vas a poner? ¡Te lo tomas solo! Quien decide no es uno, es la botella.
¿Cómo se guarda el whisky?
Lo ideal es con la botella parada, a una temperatura inferior a 16° y, si es a la sombra, mejor, o con luz fría. En el caso nuestro, una vez cada seis meses acostamos un poquito las botellas de colección para humedecer el corcho y que no se pudra ni se seque.
Yo no soy millonario, pero no me faltan cosas. Las importantes para mí son otras, si no, no me hubiera dedicado a esto
¿El whisky se evapora con el tiempo?
Si la cápsula está mal, sí. Además, el whisky no tiene una curva ascendente en botella, no evoluciona, todo lo contrario. Si la gente prueba un whisky que estuvo mucho tiempo en botella y dice ‘qué rico está’, no es porque haya mejorado en botella, sino porque los whiskies de antes eran de mejor calidad.
¿Cuál es la botella que más valora de su colección?
Una botella común de Old Parr, que era la otra que tenía mi papá y que la guardé para mi colección. Tengo un amor profundo por esa botella, me trae a la memoria esos recuerdos maravillosos que tuve junto a mi padre y a mi madre.
Este artículo es una versión editada del original.