Fui a comer a un restaurante italiano clásico de Bogotá y recordé por qué hay mesas a las que uno vuelve. No era solamente hospitalidad. Era familiaridad. Entrar y entender el lugar de inmediato. La comida, el servicio, el ambiente. Sentarse y pasarla bien.
El restaurante era sobrio, cómodo. Nada estaba diseñado para impresionar. No había teatralidad, diseño, ni sobreactuación. Salí pensando en lo bien que se siente volver a los sitios donde se amó la vida, como dice la canción.
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Los meseros con su manera de atender cálida y natural. Saludaban, conversaban con uno, sonreían, hacían comentarios jocosos, se acercaban a las mesas con tranquilidad y hacían recomendaciones con conocimiento. Había oficio, experiencia y una relación humana con el comensal.
La carta fue otro alivio. Todo se sentía cercano y apetitoso. Fácil de elegir. Y ahí me di cuenta de cuánto disfruto identificar ingredientes, sabores y preparaciones. Saber qué estoy comiendo sin necesitar explicaciones eternas.
Pedí raviolis y llegaron generosos y servidos en un plato blanco hondo redondo con esa decoración de polvo de perejil en el borde, tan común en los años 80 y 90. Y me encantó. Se sintió confiable, sin intención de convertir la comida en un concepto. Y, además, estaban ricos.
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Fui con un amigo y hablamos sin interrupciones. La música acompañaba sin imponerse. Se escuchaban mesas felices, risas. El restaurante estaba lleno de gente pasando bueno. Tampoco sentí la necesidad de documentar la cena. Más bien daban ganas de dejar el celular a un lado, conversar, comer en calma y disfrutar el momento.
Mientras estaba ahí pensé en cuánto valoro hoy poder ir a un restaurante y no sentir que tengo que comportarme de cierta manera o estar demasiado atenta de la explicación. Hay mesas donde uno termina sentado con rigidez, midiendo cómo habla, cómo pide, cómo reacciona. Sitios en los que te dan todo el tiempo instrucciones para comer. Y aunque admiro profundamente la técnica, la creatividad y la investigación que existe en muchas propuestas contemporáneas, también reconozco cada vez más cuánto me emociona la cocina reconfortante, sencilla, que conecta y a la que quiero volver.
Ojalá estas mesas nunca desaparezcan. Porque una cultura gastronómica también se construye desde estos espacios que acompañan la vida cotidiana. Restaurantes donde se celebran cumpleaños, se cierran negocios, se reúnen familias, se encuentran amigos y se crean memorias. Espacios que forman meseros, cocineros y equipos de sala. Que le dan identidad a un barrio. Que permanecen cuando todo alrededor cambia tan rápido.
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En el sector gastronómico se habla mucho de innovación y creatividad, pero también es importante cuidar los sitios que han logrado esta consistencia. Porque al final un restaurante no se recuerda solo por lo que se comió. También se recuerda por la conversación, por las personas con las que se compartió, por la sensación de pasar un buen rato y por las ganas de quedarse un poco más.