Descubren en Arizona un insólito pariente del cocodrilo del tamaño de un caniche que de joven iba a cuatro patas y de adulto pudo caminar sobre dos

Durante mucho tiempo, imaginar a un pariente antiguo de los cocodrilos era pensar en un animal bajo, robusto y pegado al suelo, algo mucho más cercano a la silueta de un caimán que a la de un corredor ágil. Pero el Triásico vuelve a demostrar que estaba lleno de criaturas capaces de romper cualquier expectativa. En los bosques que cubrían parte de lo que hoy es Arizona vivió un reptil del tamaño aproximado de un caniche que, a simple vista, habría desconcertado a cualquiera: patas largas, cuerpo ligero, pico sin dientes y una silueta que recuerda mucho más a algunos dinosaurios corredores que a un cocodrilo.
Ese animal ha sido identificado como Sonselasuchus cedrus, una nueva especie de shuvosáurido, un grupo de reptiles del linaje de los crocodilianos que convivió con los primeros dinosaurios durante el Triásico tardío, hace entre 225 y 201 millones de años. Lo más llamativo no es solo su aspecto. Lo verdaderamente inesperado es que, según ha revelado un estudio publicado en Journal of Vertebrate Paleontology, este reptil pudo comenzar su vida desplazándose a cuatro patas y pasar a una locomoción bípeda al llegar a la edad adulta.
La idea resulta fascinante porque obliga a abandonar una visión demasiado simple de la evolución. No se trata únicamente de un animal extraño dentro de un grupo extraño. Lo que aparece aquí es una combinación anatómica que muestra hasta qué punto el mundo triásico fue un laboratorio de formas corporales, experimentos evolutivos y modos de vida que hoy parecen improbables. En aquel tiempo, las grandes ramas de los arcosaurios —la línea que acabaría conduciendo a las aves y los dinosaurios, por un lado, y la que llevaría a los cocodrilos, por otro— aún estaban explorando soluciones parecidas para vivir en ecosistemas compartidos.
Eso explica que Sonselasuchus pareciera, en cierto modo, un “falso dinosaurio”. No porque lo fuera, sino porque terminó desarrollando rasgos muy similares a los de ciertos terópodos corredores. Tenía huesos huecos, grandes órbitas oculares y un pico desdentado, además de una postura corporal que, al menos en la madurez, habría favorecido el desplazamiento sobre las extremidades posteriores. Es una de esas historias paleontológicas en las que el parentesco importa menos que la función: dos linajes distintos pueden terminar pareciéndose si la selección natural los empuja a ocupar nichos semejantes.
La nueva especie procede del Parque Nacional del Bosque Petrificado, uno de los grandes yacimientos del Triásico tardío en Norteamérica. Allí, durante más de una década de trabajo, los investigadores han recuperado miles de restos fósiles de una comunidad entera de vertebrados, desde peces y anfibios hasta dinosaurios y otros reptiles. En medio de ese extraordinario rompecabezas apareció este pequeño animal, representado por centenares de fósiles que han permitido reconstruir no solo su anatomía, sino también una hipótesis sorprendente sobre su crecimiento.

Un cocodrilo que parecía un avestruz en miniatura
La escena, bien mirado, tiene algo de desconcertante. En un paisaje de bosques triásicos, entre coníferas antiguas y fauna variada, un reptil emparentado con los cocodrilos se mueve con una ligereza impropia de ese linaje. No arrastra un cuerpo blindado cerca del agua, ni exhibe la dentadura que asociamos a sus descendientes actuales. Se sostiene erguido, tiene un cráneo rematado en pico y unas patas posteriores especialmente desarrolladas. La comparación con los ornitomímidos, aquellos dinosaurios de aspecto avestruz, surge casi de manera inevitable.
Sin embargo, esa semejanza no debe llevar a error. Sonselasuchus cedrus no fue un dinosaurio, sino un ejemplo muy elocuente de convergencia evolutiva. Ese fenómeno se produce cuando grupos sin parentesco cercano terminan adquiriendo rasgos parecidos porque afrontan presiones ecológicas similares. En el Triásico, la línea de los cocodrilos y la línea de los dinosaurios compartieron hábitats y oportunidades. A veces, la evolución respondió con soluciones anatómicas casi paralelas.
El caso resulta aún más interesante por el tamaño del animal. No era una bestia gigantesca ni un depredador dominante. Medía poco más de 60 centímetros, lo que lo situaría en la escala de un perro pequeño. Precisamente por eso su descubrimiento aporta algo más que exotismo anatómico: permite asomarse a una franja de biodiversidad que a menudo queda eclipsada por los grandes nombres del Mesozoico. No todo en aquel mundo eran saurópodos colosales o cazadores temibles. También existía una fauna menuda, ágil y evolutivamente atrevida.
El nombre de la especie tampoco es casual. El término cedrus remite a los árboles de tipo cedro o similares que formaban parte de esos ambientes boscosos del Triásico tardío. El género, por su parte, alude al miembro Sonsela de la Formación Chinle, la unidad geológica de la que proceden los restos. Es decir, el propio nombre del animal enlaza paisaje, geología e identidad biológica, algo habitual en paleontología pero especialmente útil aquí, porque subraya que esta historia no trata solo de huesos: trata también de un ecosistema desaparecido.
La pista estaba en el crecimiento de sus patas
La clave del hallazgo no reside en un único hueso espectacular, sino en las proporciones. Los investigadores han podido estudiar alrededor de 950 fósiles atribuidos a Sonselasuchus, una cantidad excepcional para una especie nueva de este tipo. Ese volumen de material permite observar variaciones dentro del mismo animal a distintas edades y plantear una hipótesis que, de confirmarse plenamente con futuros estudios, convertiría a este reptil en uno de los ejemplos más peculiares del registro fósil triásico.
Lo que sugieren los restos es que las extremidades anteriores y posteriores eran más proporcionadas entre sí en los individuos jóvenes, mientras que en los adultos las patas traseras se hacían relativamente más largas y robustas. Ese cambio no es un detalle menor. Si el centro de masa del cuerpo se desplaza y las patas posteriores ganan protagonismo durante el crecimiento, la locomoción puede cambiar de manera significativa. Dicho de otro modo: el mismo animal habría utilizado un modo de desplazamiento distinto según su etapa vital.
La hipótesis apunta así a un desarrollo diferencial, un proceso en el que unas partes del cuerpo crecen a ritmos distintos respecto a otras. En paleontología del desarrollo, este tipo de patrones puede explicar transformaciones profundas sin necesidad de imaginar especies diferentes. En el caso de Sonselasuchus, la transición de un juvenil cuadrúpedo a un adulto bípedo encaja con esa lógica de crecimiento desigual. No sería un simple ajuste postural, sino una reorganización funcional del cuerpo a medida que el animal maduraba.
Si esta interpretación se consolida, el hallazgo tendría un valor notable porque mostraría una flexibilidad locomotora poco habitual en la imagen popular de los arcosaurios del linaje crocodiliano. También ayudaría a entender mejor hasta qué punto algunos grupos experimentaron con formas corporales muy distintas antes de que sus ramas evolutivas quedaran más claramente definidas. El Triásico no fue solo el prólogo de la era de los dinosaurios; fue, sobre todo, una etapa de ensayo y error biológico a gran escala.

Un yacimiento que no deja de reescribir el Triásico
El contexto del descubrimiento es casi tan importante como el animal. El yacimiento del Bosque Petrificado, en Arizona, lleva años demostrando que el Triásico tardío norteamericano fue mucho más complejo de lo que se pensaba. Desde el inicio de las campañas de excavación en esta zona en 2014, el equipo ha recuperado más de 3.000 fósiles del nivel en el que apareció Sonselasuchus. Esa abundancia no solo permite describir especies; también reconstruir comunidades y ambientes con una precisión poco habitual.
En ese mismo depósito han aparecido restos de peces, anfibios, dinosaurios y otros reptiles, una mezcla que ayuda a dibujar un ecosistema diverso, dinámico y probablemente muy estacional. No se trataba de un mundo dominado por una sola forma de vida, sino de una red compleja en la que pequeños vertebrados, grandes depredadores y herbívoros tempranos compartían espacio. Sonselasuchus encaja en ese mosaico como una pieza singular: un animal que, pese a su tamaño modesto, revela una historia evolutiva de enorme alcance.
Hay, además, una lección de fondo. Durante décadas, la evolución de la línea de los cocodrilos se contó con frecuencia como una historia orientada hacia el cuerpo semiacuático y poderoso de sus representantes actuales. Pero el registro fósil insiste en otra realidad: antes de llegar a esa forma moderna hubo una diversidad extraordinaria. Existieron especies terrestres, corredoras, acorazadas, carnívoras, herbívoras y, como ahora vuelve a quedar claro, animales con una apariencia casi “dinosauriana” que desmienten cualquier idea de linealidad.
Eso convierte a Sonselasuchus cedrus en mucho más que una rareza para titulares. Su importancia está en que muestra cómo la evolución puede producir criaturas inesperadas cuando distintos linajes comparten escenario y compiten por funciones parecidas. También recuerda que muchos de los rasgos que solemos asociar casi en exclusiva a los dinosaurios —como el bipedismo o un cuerpo ligero adaptado a la carrera— no fueron patrimonio exclusivo suyo. En la otra gran rama de los arcosaurios también hubo experimentos notables.
Y ahí reside, precisamente, el interés periodístico y científico de este hallazgo. No se ha descubierto solo una especie nueva. Se ha abierto una ventana a un momento remoto en el que la naturaleza todavía no había decidido del todo qué aspecto tendrían sus grandes protagonistas mesozoicos. En ese mundo antiguo, un pariente de los cocodrilos pudo crecer sobre cuatro patas y acabar caminando sobre dos. Y eso, por improbable que parezca hoy, es exactamente el tipo de detalle que cambia nuestra forma de mirar la historia de la vida.
Referencias
- Osteology and relationships of a new shuvosaurid (Pseudosuchia, Poposauroidea) from the Upper Triassic Chinle Formation of Petrified Forest National Park, Arizona, U.S.A., Journal of Vertebrate Paleontology (2026). DOI: 10.1080/02724634.2025.2604859
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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