Descubren que unas aves roban ramas de 200 nidos vecinos y provocan una crisis silenciosa en las especies más únicas de Hawái

Las amenazas a la fauna suelen imaginarse grandes y evidentes: incendios, depredadores, enfermedades o pérdida de bosques. Sin embargo, en las montañas húmedas de Hawái acaba de aparecer otro problema mucho más discreto. Sucede entre ramas cubiertas de musgo, lejos de la vista humana, y afecta a algunas de las aves más singulares del planeta.
Un equipo científico de la Universidad de California en Riverside ha seguido durante meses la vida cotidiana de varias especies forestales hawaianas. Lo que buscaban era entender mejor cómo se reproducen en un entorno cada vez más presionado por el cambio climático y los mosquitos invasores. Pero las observaciones acabaron señalando una tensión inesperada dentro del propio bosque.
No se trataba de ataques entre especies ni de competencia por alimento en los comederos naturales. Tampoco de grandes peleas territoriales. El conflicto aparecía en algo mucho más íntimo: el lugar donde cada pareja intenta sacar adelante a sus polluelos.
Y ahí está una de las claves del hallazgo. En ecosistemas sometidos a estrés, cualquier pequeño contratiempo puede convertirse en un problema serio. Perder tiempo, energía o materiales cuando se cría puede marcar la diferencia entre una temporada exitosa y otra perdida.
Hawái conoce bien esa fragilidad. Muchas de sus aves autóctonas han retrocedido hacia cotas más altas para escapar de enfermedades transmitidas por mosquitos introducidos por el ser humano. Los espacios seguros son menos amplios que antes y cada temporada reproductiva cuenta.
El detalle que los científicos llevaban años viendo
Tal y como ha revelado el trabajo publicado en The American Naturalist, los investigadores monitorizaron más de 200 nidos durante seis meses en bosques de altura. Participaron especies emblemáticas como el ʻIʻiwi, de plumaje rojo intenso; el ʻApapane; y el Hawaiʻi ʻAmakihi, de tonos verdosos.
Los naturalistas ya habían visto escenas aisladas de este comportamiento, pero nunca se había medido con precisión. Esa era la novedad: cuantificar cuántas veces ocurría, quién robaba y qué consecuencias dejaba detrás.

El patrón fue claro. Muchas aves se acercaban a nidos ajenos para arrancar pequeñas porciones de material: fibras vegetales, musgo, ramitas o revestimientos blandos. Después se marchaban con el botín para reutilizarlo en sus propias construcciones.
Es decir, en lugar de recolectar desde cero, algunas aves estaban saqueando nidos vecinos.
Según detalla la investigación liderada por la Universidad de California en Riverside, el robo de materiales entre nidos no es anecdótico, sino un comportamiento medible en plena naturaleza.
El ladrón más frecuente también era víctima
Entre todas las especies observadas destacó el ʻApapane. Según indica el estudio, fue la más activa en estos robos, pero también la que más los sufrió. La explicación parece sencilla: es una de las aves más abundantes en esas zonas, de modo que también multiplica encuentros y oportunidades.
Los investigadores detectaron además que los robos se producían sobre todo entre nidos situados a alturas similares en los árboles. Eso sugiere que no existe una “búsqueda planificada”, sino un aprovechamiento oportunista mientras las aves se desplazan por su nivel habitual del bosque.
En muchos casos, los nidos atacados ya estaban abandonados. Desde un punto de vista energético, reutilizar materiales tiene lógica: ahorra esfuerzo y tiempo en un entorno competitivo.
Pero no siempre ocurría así.
Cuando unos pocos robos bastan para cambiarlo todo
Aproximadamente un 10% de los saqueos afectó a nidos todavía activos, algunos en construcción y otros con huevos o crías en su interior. En esos casos, la intrusión podía debilitar la estructura o alterar tanto a los progenitores que terminaban abandonando el lugar.
El resultado fue medible: cerca del 5% de los nidos observados fracasó después de estos episodios.
Puede parecer una cifra modesta. Sin embargo, en poblaciones sometidas ya a múltiples presiones, perder uno de cada veinte intentos reproductivos por una causa adicional no es un detalle menor. Menos aún en islas donde muchas especies tienen distribuciones reducidas.
El estudio también apunta a otros riesgos menos visibles. Transportar materiales usados podría facilitar parásitos o patógenos entre nidos, algo especialmente delicado en comunidades vulnerables.

Según advierten los científicos, una pérdida pequeña de éxito reproductivo puede pesar mucho en poblaciones reducidas o fragmentadas.
Una advertencia para la conservación
Tal y como adelantan los autores, este comportamiento podría hacerse más frecuente si escasean los materiales adecuados o los lugares seguros para criar. Y ese escenario no parece imposible en bosques cada vez más fragmentados.
La investigación deja una lección importante: no todas las amenazas llegan desde fuera. A veces nacen dentro del propio ecosistema, amplificadas por la presión ambiental.
Comprender cuándo ocurre este saqueo, qué especies lo padecen más y en qué zonas se concentra puede ayudar a diseñar mejores estrategias de conservación. No para “detener” a las aves, sino para reducir las condiciones que empujan esa competencia.
En Hawái, donde cada temporada reproductiva cuenta, incluso el robo de unas pocas ramas puede convertirse en una señal de alarma.
Referencias
- Thiry, Médard y Milnes, Anthony. 2024. “Reports Engineered ‘landmarks’ associated with Late Paleolithic engraved shelters”. Journal of Archaeological Science: Reports, 55: 1-25. DOI: 10.1016/j.jasrep.2024.104490
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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