El ADN de unas semillas de uva de 2.300 años permite descubrir una variedad de uva clonada durante siglos por etruscos y romanos

La producción y el consumo del vino se han convertido en emblemas de la dieta mediterránea. Aunque damos por hecho la presencia de un blanco fresco o de un tinto con solera en nuestras mesas, los historiadores siguen debatiendo cuánto debía la vitivinicultura romana a los pueblos que conquistó. Aunque se tiene constancia de que los etruscos cultivaban la vid mucho antes de que las legiones cruzaran el Arno, las fuentes escritas apenas documentan las técnicas que utilizaron para ello. Catón, Columela y Plinio el Viejo narraron con detalle las prácticas romanas, mientras que el legado etrusco quedó sepultado en el silencio.
Un equipo internacional de arqueólogos y genetistas ha decidido responder a la cuestión partiendo de la base: la misma tierra en la que se enraizan las vides. En el yacimiento de Cetamura del Chianti, en la región de Toscana, dos pozos de agua conservaron durante más de 1.500 años semillas de uva. Ese ambiente anegado, paradójicamente hostil para casi cualquier material orgánico, resultó ser el mejor conservante posible de ADN antiguo.
Utilizando este material excepcional, en 2026 se publicó en Journal of Archaeological Science el estudio genético más extenso jamás realizado a partir de semillas de vid procedentes de un único yacimiento arqueológico. Ochenta semillas y cinco métodos científicos combinados permitieron llegar a una conclusión que ha sorprendido incluso a los propios investigadores.
En el yacimiento toscano de Cetamura del Chianti, dos pozos de agua conservaron durante más de 1.500 años semillas de uva que han servido para realizar el estudio genético más extenso sobre semillas de vid procedentes de un único yacimiento arqueológico.

Dos pozos y 1.500 años de historia enterrada
Cetamura del Chianti ocupa un cruce de caminos entre los grandes asentamientos etruscos de Chiusi, Arezzo, Volterra y Fiesole. Allí, entre 2011 y 2016, los arqueólogos excavaron dos pozos convertidos en auténticas cápsulas del tiempo botánicas.
El primero, que se mantuvo en uso entre el 300 a.C. y el 1200 d.C., conservó semillas que abarcan desde el periodo etrusco hasta la Edad Media. El segundo, fechado entre los años 0 y 400 d.C., corresponde íntegramente al Imperio romano. En total, se recuperaron 310 semillas, de las cuales 80 se sometieron a un análisis genético exhaustivo.
Los investigadores aplicaron secuenciación masiva de ADN, espectroscopia de infrarrojo cercano, morfometría geométrica, microscopía electrónica y datación por radiocarbono. La combinación de técnicas perseguía un objetivo claro: minimizar el riesgo de contaminación y maximizar la fiabilidad de cada hallazgo. De esas más de 300 semillas, 43 conservaban suficiente ADN endógeno como para ser enriquecidas y analizadas con detalle genómico.
El primer pozo, en uso entre el 300 a.C. y el 1200 d. C., proporcionó semillas que abarcan desde el periodo etrusco hasta la Edad Media. El segundo, fechado entre los años 0 y 400 d.C., corresponde íntegramente al Imperio romano.

Una variedad que se negó a desaparecer
El hallazgo más llamativo se produjo al aplicar el análisis de parentesco genético. De las 32 semillas que proporcionaron suficiente cobertura genómica, 27 resultaron pertenecer a una única estirpe clonal, es decir, plantas genéticamente idénticas propagadas mediante esquejes y no por reproducción sexual.
La datación directa por radiocarbono de cuatro de estas semillas clonales, además, reveló una continuidad asombrosa. Una de ellas se sitúa entre el 818 y el 674 a.C., aunque los autores advierten que esta fecha podría resultar anómala, dado el contexto arqueológico del pozo. Excluyendo ese dato dudoso, las otras tres semillas clonales abarcan, como mínimo, 362 años de cultivo ininterrumpido,desde el periodo etrusco medio hasta la época romana (del siglo IV a. C. al siglo II d. C.).
Según los investigadores, esta persistencia implica que generaciones enteras de viticultores etruscos y, más tarde, romanos, eligieron de manera intencional conservar la misma planta mediante propagación vegetativa, en lugar de dejarla reproducirse libremente. Era, en esencia, una marca varietal mantenida con precisión artesanal durante generaciones.
La datación directa por radiocarbono de cuatro de estas semillas clonales reveló una continuidad asombrosa. Esta persistencia implicaría que generaciones de viticultores etruscos y romanos eligieron conservar la misma planta mediante propagación vegetativa.

El enigma del vino blanco en la tierra del Chianti
El estudio también reveló datos interesantes sobre el color de la uva. Cetamura es hoy sinónimo de vino tinto, gracias a la uva Sangiovese que da nombre a la región. Sin embargo, el análisis de marcadores genéticos asociados a la síntesis de antocianinas, los pigmentos responsables del color oscuro de la baya, apunta en otra dirección.
La variedad clonal dominante de Cetamura tenía un 92,2% de probabilidades de producir bayas blancas. Dos semillas adicionales, una etrusca y otra romana, mostraron probabilidades similares, del 79,1% y el 78,4% respectivamente. En cambio, otras dos muestras, procedentes del periodo etrusco tardío y del inicio del Imperio romano, apuntaban claramente a la presencia de bayas oscuras.
La coexistencia de variedades blancas y tintas en un mismo yacimiento sugiere una viticultura más diversa de lo que indicaría el paisaje actual del Chianti. De hecho, ni el Sangiovese ni la Malvasia Bianca Lunga, una variedad blanca que se mezclaba tradicionalmente en los vinos toscanos del siglo XIX, mostraron parentesco genético alguno con las semillas antiguas de Cetamura. Esto implicarían que el vínculo se rompió en algún punto de la historia.
La coexistencia de variedades blancas y tintas en un mismo yacimiento sugiere una viticultura más diversa de lo que indicaría el paisaje actual del Chianti.

Las rutas comerciales que unieron Italia, Francia y Hungría
Los investigadores también compararon el ADN de las semillas de Cetamura con el de variedades modernas en las bases de datos, así como con el de semillas arqueológicas de otros puntos de Europa. Los resultados confirman que el comercio romano de la vid tejió una red mucho más amplia de lo que se había documentado hasta ahora.
Una semilla del periodo de transición etrusco-romana resultó tener un parentesco muy estrecho con dos semillas procedentes de una granja romana del siglo I d.C. en Mont Ferrier, en el sur de Francia. Esa misma variedad de Cetamura también mostró afinidad genética con la moderna Baratcsuha szurke, que actualmente se cultiva en Hungría y está emparentada, además, con la variedad eslovena Žametovka. Estas conexiones revelan que los romanos no solo transportaban ánforas de vino por el Mediterráneo, sino que también trasladaban esquejes vivos mediante los que propagaban linajes concretos de vid a través de las fronteras.
Referencias
- Inanli, O., Bouby, L., Bonhomme, V., de Grummond, N., González Carretero, L., Bacilieri, R., Schroeder, H., Ramos-Madrigal, J. y Wales, N. 2026. «Grapevine cultivation at Cetamura del Chianti: multiproxy evidence for centuries of continuity from the Etruscans to the Romans». Journal of Archaeological Science. DOI: https://doi.org/10.1016/j.jas.2026.106605
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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