Hace 1.000 años, la humanidad hablaba decenas de miles de lenguas; hoy solo quedan unas 7.500

Si hoy recorriéramos el planeta de un extremo a otro, encontraríamos alrededor de 7.500 lenguas vivas. La cifra sigue siendo extraordinaria y basta para imaginar un patrimonio cultural de enorme riqueza.
Sin embargo, un estudio publicado en Science sostiene que ese repertorio constituye apenas una fracción de cuanto llegó a existir. Lejos de señalar la cumbre de la pluralidad lingüística, el panorama actual sería consecuencia de un prolongado retroceso iniciado mucho antes de lo que suponíamos.
La conclusión resulta tan curiosa como contraintuitiva. Solemos asociar las épocas más antiguas con una población reducida y, por extensión, con escasas maneras de comunicarse. Según esa premisa, la complejidad habría aumentado gradualmente hasta desembocar en el escenario contemporáneo. Pero la nueva reconstrucción plantea una trayectoria muy distinta: durante milenios, la riqueza idiomática aumentó de forma sostenida hasta alcanzar su cénit entre hace 1.000 y 3.000 años, y solo entonces comenzó un declive que todavía perdura.
Las lenguas también cambian
Antes de comprender cómo los investigadores alcanzaron esa tesis, conviene detenerse en una cuestión fundamental: ¿por qué existen tantos idiomas? El origen no reside en decisiones conscientes ni en la creación deliberada de nuevos códigos comunicativos. Se trata de un fenómeno lento, imperceptible a escala individual y acumulativo entre generaciones.
La suma de incontables alteraciones en pronunciación, vocabulario o gramática a lo largo de los siglos acaba originando diferencias profundas y, cuando dos grupos humanos permanecen separados mucho tiempo, dejan de compartir esas novedades.
Cada generación introduce leves variaciones en la pronunciación, el vocabulario o la gramática. La suma de incontables alteraciones a lo largo de los siglos acaba originando diferencias profundas. Cuando dos grupos humanos permanecen separados durante periodos extensos dejan de compartir esas novedades. De manera gradual, cada uno sigue un camino propio hasta perder la comprensión mutua. Lo que en otro tiempo formaba una única lengua termina convertido en dos sistemas distintos.
Esa deriva convierte las hablas en un extraordinario archivo del pasado. Migraciones, aislamientos geográficos, contactos entre poblaciones, influjos culturales o la fundación de asentamientos dejan una huella duradera en la comunicación humana. Examinar tales modificaciones permite reconstruir episodios esenciales de la evolución social, incluso allí donde jamás quedaron testimonios escritos.
Un viaje de 12.000 años sin necesidad de textos antiguos
Averiguar cuántos idiomas existían hace milenios parece, a primera vista, una tarea imposible. La inmensa mayoría desapareció sin legar documentos y muchas se extinguieron mucho antes del nacimiento de la escritura. Precisamente por eso, los autores recurrieron a otra estrategia.
La simulación combina reconstrucciones demográficas, información procedente de 171 sociedades cazadoras-recolectoras actuales e históricas y cálculos matemáticos sobre la dinámica poblacional. Con ese amplio conjunto de evidencias, fue posible estimar cuántas comunidades lingüísticas pudieron coexistir durante los últimos 12.000 años y cómo osciló la cifra conforme se reorganizaba la vida colectiva.
Contra toda intuición: el mundo llegó a hablar decenas de miles de idiomas
A partir de esa base, el equipo afrontó una incógnita que parecía muy difícil de resolver mediante las fuentes tradicionales, los registros escritos. Para recrear aquel pasado, los especialistas no rastrearon documentos inexistentes, sino indicios capaces de relacionar el crecimiento demográfico con el número de comunidades lingüísticas que podían coexistir al mismo tiempo.
Las estimaciones dibujan una realidad muy distinta de la que solemos imaginar. En lugar de partir de una enorme diversidad que habría disminuido desde los primeros compases de la historia, la simulación indica que hace unos 12.000 años probablemente existían menos idiomas que en la actualidad.
El aumento de habitantes, la ocupación de nuevos territorios y la aparición de colectivos relativamente independientes favorecieron una expansión constante de las distintas formas de hablar.
Conforme transcurrieron los milenios, el aumento de habitantes, la ocupación de nuevos territorios y la aparición de colectivos relativamente independientes favorecieron una expansión constante de las distintas formas de hablar.
El momento de máxima abundancia lingüística llegó mucho más tarde de lo esperado. Según los cálculos, entre hace aproximadamente 1.000 y 3.000 años el planeta pudo albergar decenas de miles de idiomas, varias veces más que los conservados hoy. Expresado de otro modo, el punto culminante de la diversidad idiomática no correspondería a los primeros tiempos de nuestra especie, sino a una etapa relativamente reciente, inmediatamente anterior al comienzo de una prolongada concentración.
La hipótesis obliga a revisar una imagen profundamente arraigada. Estamos acostumbrados a vincular el progreso histórico con un incremento continuo de la variedad cultural. Este planteamiento, por el contrario, describe una secuencia inversa: durante milenios fueron apareciendo nuevas lenguas y solo después comenzó una reducción sostenida que todavía caracteriza el mapa mundial.

La explicación no descansa en una supuesta capacidad humana para inventar idiomas de manera deliberada, sino en las transformaciones experimentadas por las propias sociedades.
Cuando la agricultura permitió sostener poblaciones más numerosas, surgieron nuevos asentamientos y distintos colectivos ocuparon regiones donde antes apenas existía presencia permanente. A partir de entonces, cada comunidad siguió un itinerario condicionado por el entorno y por la intensidad de sus relaciones con otros pueblos.
Cordilleras, desiertos, selvas o grandes distancias propiciaron el aislamiento de numerosos grupos durante generaciones. En ese contexto, pequeñas divergencias acumuladas con el paso del tiempo acabaron diferenciando unas formas de hablar de otras. Al mismo tiempo, los contactos esporádicos conservaron determinados vínculos sin impedir que cada colectividad desarrollara rasgos propios. Ese equilibrio entre separación e interacción resultó decisivo para alimentar una extraordinaria multiplicidad idiomática.
Una comparación cotidiana ayuda a visualizar el mecanismo. Pensemos en una receta familiar transmitida de padres a hijos. Cada generación modifica un ingrediente, altera una proporción o añade un detalle aparentemente insignificante. Ninguno de esos retoques transforma por completo el plato, pero su acumulación a lo largo de los siglos puede producir un resultado casi irreconocible respecto al original. Con los idiomas ocurre algo semejante: innumerables ajustes diminutos terminan configurando sistemas completamente distintos.
¿Por qué empezó a reducirse el número de lenguas?
La segunda gran aportación de la investigación consiste en esclarecer por qué aquella tendencia terminó invirtiéndose. Durante décadas, la pérdida de diversidad idiomática se atribuyó principalmente a la expansión colonial de los últimos siglos. Sin restar importancia al enorme impacto de ese fenómeno, la simulación sugiere que la concentración había comenzado bastante antes.
La consolidación de grandes reinos, imperios y estructuras estatales cada vez más complejas incrementó la necesidad de compartir códigos comunes de comunicación. Gobernar territorios extensos, recaudar tributos, impartir justicia, organizar ejércitos o facilitar los intercambios comerciales favoreció la adopción de determinadas lenguas frente a otras restringidas al ámbito local. Poco a poco, algunas adquirieron una influencia política, económica y administrativa muy superior a la de sus vecinas.
La consolidación de grandes reinos, imperios y estructuras estatales cada vez más complejas incrementó la necesidad de compartir códigos comunes de comunicación.
Ese trasvase no requería necesariamente prohibiciones explícitas. En numerosos casos, bastaba con que un idioma ofreciera mejores oportunidades para que las generaciones posteriores lo adoptaran de manera preferente. La lengua heredada de los antepasados iba perdiendo hablantes de forma gradual hasta quedar circunscrita a un colectivo cada vez más reducido, un proceso que podía desembocar en su desaparición definitiva.
La expansión colonial aceleró esa dinámica al reorganizar amplias regiones, implantar nuevas instituciones y reforzar el predominio de unas pocas lenguas sobre territorios enteros. Aun así, las simulaciones apuntan a que esa contracción ya estaba en marcha antes de la llegada de los europeos a buena parte del planeta. Desde esa perspectiva, el colonialismo habría intensificado una tendencia previa, más que desencadenarla.
Lo que los idiomas cuentan sobre nuestro pasado
Más allá de la cifra exacta de lenguas que pudieron existir en épocas anteriores, la principal aportación del trabajo reside en lo que revela acerca del recorrido de nuestra especie. Cada idioma conserva el rastro de migraciones, aislamientos, alianzas, tratos comerciales y transformaciones sociales acumuladas durante miles de años. Examinar esas huellas permite recomponer episodios para los que nunca quedaron testimonios escritos.
Por ese motivo, la lingüística histórica se ha convertido en una herramienta complementaria para disciplinas como la arqueología, la genética o la antropología. Contrastar semejanzas y divergencias entre distintas lenguas permite identificar antiguos contactos entre poblaciones, seguir los desplazamientos de determinados grupos humanos e incluso deducir vínculos desaparecidos mucho antes de la aparición de los primeros documentos.
Este enfoque incorpora, además, otra perspectiva a ese campo: la evolución de la diversidad idiomática también refleja la manera en que fue reorganizándose la estructura de las sociedades a lo largo del tiempo.
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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