La peste más antigua del mundo: el hallazgo de una cepa mortal de Y. pestis de 5.500 años en Siberia desmonta la historia oficial de la epidemia

En las orillas siberianas del lago Baikal, los muertos de hace más de cinco milenios guardaban un secreto que la ciencia moderna acaba de desvelar. Un equipo internacional de investigadores ha identificado en los restos óseos de 18 cazadores-recolectores prehistóricos el ADN de Yersinia pestis, la bacteria responsable de la peste. Se trata de la evidencia más antigua jamás documentada de brotes de esta enfermedad en comunidades humanas. El hallazgo, que se ha publicado en la revista Nature, reescribe por completo nuestra comprensión del origen de una de las enfermedades más letales de la historia.
Los brotes se remontan a entre 5.520 y 4.235 años antes del presente (cal AP), varios siglos antes de que se tuviera constancia de infecciones similares en poblaciones neolíticas de Europa. Lo más sorprendente es que estas comunidades estaban formadas por pequeños grupos familiares de cazadores-recolectores y no por grandes aglomeraciones agrícolas. Eso desafía una de las creencias más asentadas en la historia de la medicina: que las epidemias de peste, para propagarse, precisaban de una alta densidad de población propia de la revolución agrícola.
Un equipo de estudio ha confirmado la evidencia más antigua jamás documentada de brotes de Yersinia pestis en comunidades humanas.

42 individuos, 18 infectados y dos oleadas de muerte
El estudio es fruto del trabajo del Baikal Archaeology Project (BAP), un consorcio multidisciplinar de la Universidad de Alberta que reúne a expertos en arqueología, bioarqueología, genética y paleoambiente para reconstruir los modos de vida de los cazadores-recolectores prehistóricos del noreste de Asia. El equipo, liderado por Ruairidh Macleod y Eske Willerslev, analizó el ADN antiguo de 42 cazadores-recolectores enterrados en cuatro cementerios cercanos al lago Baikal. En 18 de ellos se detectó la presencia de Yersinia pestis a niveles superiores a los de cualquier otro patógeno. Esa proporción apuntaba inequívocamente a brotes epidémicos activos.
En concreto, los investigadores identificaron dos episodios de infección distintos: el primero, datado entre 5.520 y 5.265 cal AP; el segundo, entre 5.315 y 4.235 cal AP. La reconstrucción de los lazos de parentesco entre los individuos reveló, además, que los principales afectados fueron los pequeños grupos familiares. Este patrón es coherente con la transmisión de la enfermedad de persona a persona.
Uno de los detalles más inquietantes del estudio es que las infecciones más agudas parecen haberse cebado con los niños de entre 8 y 11 años. Esta vulnerabilidad diferencial podría estar relacionada con la menor inmunidad adquirida en esa edad o con una mayor exposición al agente infeccioso durante las actividades propias de esa franja etaria. El equipo sostiene que las marmotas, portadoras de la letal bacteria incluso hoy en día, podrían haber sido el principal reservorio de Y. pestis entre estas comunidades.
En 18 individuos de los 42 analizados, los investigadores detectaron la presencia de Yersinia pestis a niveles superiores a los de cualquier otro patógeno. Esa proporción apuntaba a brotes epidémicos activos.

Una cepa sin parangón: anterior a todo lo conocido
Esta nueva investigación no solo ha ampliado el registro cronológico de la peste, sino que también ha revelado que los genomas de Y. pestis asociados a estos dos brotes difieren de todas las cepas antiguas y modernas conocidas hasta la fecha. Los autores proponen que esta variante emergió hace al menos 5.700 años. Esta datación la convierte en el linaje de peste más antiguo identificado genéticamente.
Algunas investigaciones previas ya habían localizado Y. pestis en poblaciones prehistóricas de Europa, con algunos de los linajes más antiguos datados en torno a 5.300 años cal AP. Sin embargo, esas cepas europeas carecían de ciertos genes de virulencia clásicos, lo que generaba dudas sobre su capacidad para provocar epidemias en el sentido clínico moderno. El descubrimiento siberiano antecede a esos hallazgos europeos y abre la posibilidad de que el entorno del lago Baikal fuese uno de los focos originales desde los que la bacteria se dispersó hacia el oeste. «Esta es la primera evidencia de una mortandad masiva provocada por la peste en las comunidades prehistóricas de cazadores-recolectores», declaró el paleogenetista Ruairidh Macleod durante la rueda de prensa celebrada el 16 de junio de 2026.
Los autores proponen que esta variante emergió hace al menos 5.700 años. Esta datación la convierte en el linaje de peste más antiguo identificado genéticamente.

El mito se derrumba: la peste antes de las ciudades
Hasta ahora, el modelo explicativo dominante vinculaba la aparición de las primeras epidemias de peste a la transición neolítica, es decir, al momento en que las sociedades humanas adoptaron la agricultura, crearon asentamientos estables y alcanzaron densidades de población suficientes para sostener la propagación de enfermedades infecciosas. Los hallazgos del lago Baikal quiebran ese esquema de raíz.
Los 18 individuos infectados pertenecían a comunidades nómadas o seminómadas. Ello demuestra que la peste podía propagarse en grupos pequeños y móviles, centenares de años antes de la revolución agrícola. Los autores del estudio apuntan, además, que el mecanismo principal de propagación en la Prehistoria pudo haber sido la transmisión entre personas, sin necesidad de las ratas o las pulgas popularmente asociadas a la Peste Negra medieval.
Este hallazgo obliga a replantear los modelos epidemiológicos aplicados a la Prehistoria y sugiere que la historia evolutiva de Y. pestis es más compleja de lo que se creía. La bacteria habría circulado durante milenios entre poblaciones humanas dispersas antes de alcanzar la virulencia que la convertiría, siglos más tarde, en el agente de algunas de las mayores catástrofes demográficas de la humanidad.
El descubrimiento siberiano antecede a esos hallazgos europeos y abre la posibilidad de que el entorno del lago Baikal fuese uno de los focos originales desde los que la bacteria se dispersó hacia el oeste.

El ADN antiguo como máquina del tiempo epidemiológica
El estudio es un ejemplo paradigmático del poder de la paleogenómica para reconstruir la historia de las enfermedades. El análisis del ADN antiguo permite no solo identificar patógenos en restos esqueléticos milenarios, sino también reconstruir árboles genealógicos, establecer cronologías de contagio y comparar cepas a escala continental.
El Baikal Archaeology Project, que coordina a especialistas en arqueología, bioarqueología, genética, geoquímica y estudios paleambientales, aplica lo que denomina el «enfoque de las historias de vida individuales»: un conjunto de metodologías orientadas a reconstruir la edad, el sexo, la dieta, la movilidad y el estado de salud de personas concretas a partir de sus restos óseos. Es precisamente ese enfoque integral el que ha permitido desentrañar la dinámica familiar de estos brotes que azotaron una pequeña comunidad hace más de 5.000 años.
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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