«¿Alfombra roja para un criminal de guerra?» | elperiodico.com

«Que se la quede (Ucrania). Si es lo que quiere. Lo acepto. Si es el precio que debo pagar por la vida de mis hijos», expresa tajante Inna, mientras cobra un par de botellas de agua potable en un modesto establecimiento de Kiev. «¿Cómo? ¿en serio cederías nuestra tierra e identidad a un matón como Putin?», irrumpe Yure en la conversación, al tiempo en que Inna le cobra un blíster de Kovbasa ucraniana. En apenas unos metros cuadrados, conviven las dos posturas que ahora mismo dividen a la sociedad ucraniana, ante lo que parece ya algo inevitable.
Se confirmaron, pues, las sospechas. La gran cumbre de Alaska fue lo que fue. Una pomposísima puesta en escena, maqueada con suma precisión, que Donald Trump aprovechó para reditar su estatus internacional, casi como en sus buenos tiempos de banquetes y ‘late shows’ en el ‘prime time’ americano, allá por los 90. Bohdan se revuelve en su habitáculo del metro al recordar «el bochornoso espectáculo» del viernes en Anchorage: «Lamentable. Fue una humillación para el pueblo ucraniano. ¿Alfombra roja para un criminal de guerra?». Y es que Putin fue recibido con honores por un amigable y sonriente Donald Trump para una reunión de negocios (no de paz) al más alto nivel, en la que el líder ruso siempre jugó con ventaja, gracias a su meditado coqueteo con el republicano. Según había avanzado el Kremlin, uno de los objetivos de Moscú en esta cumbre era reactivar la cooperación económica entre ambas potencias.
Fueron importantes también los símbolos y referencias a la Rusia más nostálgica. Primero, con Alaska, que EEUU compró al Imperio ruso en el siglo XIX. Una transacción. Este hecho desató el entusiasmo propagandístico prorruso, que no tardó en remover, incluso desde la televisión, pretensiones expansionistas. Vino después el guiño del ministro de Exteriores ruso, Sergéi Lavrov, que se dejó caer en la cumbre vestido con una sudadera con las siglas de URSS. Revelador fue también el propio equipo negociador. En las filas del Kremlin: Kirill Dimitriev, al que en Ucrania llaman «el susurrador de Trump», ya sugirió que en la agenda no solo figuraba el pacto por el fin de la guerra, sino también futuros acuerdos económicos entre EEUU y Rusia, en los que quizá el país eslavo, de nuevo, no salga bien parada.
Y así lo fue. Trump y Putin asestaron un golpe de gracia que terminó por noquear las pocas esperanzas de Ucrania por alcanzar un acuerdo justo y beneficioso. El agarre se presumía ya resbaladizo. Volodímir Zelenski, a pesar del apoyo europeo, está contra las cuerdas. Trump ha decidido dar un volantazo de los suyos, posicionándose al lado de Putin y comprometiendo al presidente ucraniano, quien deberá tomar una difícil decisión que cambiará el rumbo y la vida de millones de personas. ¿Qué hará Zelenski? Trump ya marcó terreno: «Tendrás que ceder».
¿Alto el fuego o paz?
Empieza a desvelarse un plan que era un secreto a voces. Rusia exige que Ucrania se repliegue de Donetsk y Lugansk, parcialmente controladas por Moscú, y así quedarse con toda la región de Donbás. También hay fuentes que aseguran que Putin habría pedido que el ruso volviera a considerarse idioma oficial de Ucrania, lo que coartaría parte de su identidad. Todo está en el aire, pero, en principio, parece que son algunas de las condiciones del Kremlin para terminar la guerra. De aceptarse, congelaría de inmediato la ofensiva bajo un pacto de no agresión futura. A Trump le parece bien. Lo considera la mejor opción para alcanzar «una paz rápida» que gozará de «robustas garantías«, pues a Ucrania, según el pacto ruso-estadounidense, se le concedería un estatus de protección similar a si fuese miembro de la OTAN. Aunque sin serlo.
Una vez más, el nerviosismo se apodera de Ucrania ante el cara a cara entre Trump y Zelenski en el Despacho Oval. No solo por el contenido en sí de la reunión, sino también porque hay expectación acerca del trato que Trump y su Administración le dará al presidente ucraniano. En el país eslavo todavía escuece esa histórica humillación durante su última visita a la Casa Blanca en febrero. La calle tiene miedo. Y aún muchas preguntas. «¿Todo esto nos llevará realmente a un alto el fuego o a una paz definitiva?», se pregunta Katia, mientras deposita unas flores en la plaza de Maidán, donde veneran a los caídos. Hay confusión. Es un enjambre conceptual «porque nadie está siendo realmente claro«, matiza. Hay muchas cláusulas y teorías sobre la mesa, pero nada resulta certero todavía. No, al menos, para los ucranianos. Porque Ucrania, dicen, sí, recibe el respaldo de Europa, pero el paraguas europeo no alivia lo que parece estar por venir.
Por el momento, Putin ha conseguido librarse de las sanciones con las que tanto le amenazó Trump y convencerle sobre la cesión territorial como principal moneda de cambio. Si EEUU acaba plegándose a los anhelos de Moscú, supondría un peligroso precedente para el derecho internacional, porque podrían legitimarse las anexiones de tierra mediante la fuerza militar.
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