Crónica desde Berlín: La piscina, lo mejor o lo peor del verano | elperiodico.com

«Está siendo una temporada tranquila. La gente se adaptó a venirse con la fruta cortada de casa. Y no está haciendo tanto calor», explica Max, de 24 años, argentino y en su cuarta temporada como salvavidas en una de las 18 piscinas públicas de verano berlinesas. «Apenas incautamos cuchillos. Solo algún despistado que aún no se enteró de la prohibición», dice Emir, turco-alemán de 20 años, cuyo cometido es registrar cada bolsa, mochila o cochecito de bebé en el acceso del Sommerbad Neukölln. Busca entre toallas y bañadores objetos cortantes, sean navajas o botellas de cristal.
La de Neukölln es una de las trece instalaciones con piscina de 50 metros de Berlín. Ahí, en ese barrio multiétnico, coinciden las ansias de ambiciosos nadadores en pos de su marca personal con adolescentes ligones, jubilados que nadan a su ritmo y familias con niños chapoteantes. Complementa su piscina de dimensiones olímpicas otra «infantil», con su tobogán gigante y una enorme pradera donde tumbarse al sol o bajo un árbol. «Todas sabemos que aquí se viene con la sandía troceada y empaquetada», se ríe Elif, una de tantas madres que se deja registrar pacientemente en el acceso, aunque el cometido básico de su visita sea la intendencia familia.
Es el quinto verano con registro manual en el acceso de cada una de las piscinas públicas de verano de Berlín. También se exige mostrar un documento de identidad. Es una estrategia disuasoria, puesto que en realidad solo se enseña, pero no se toma nota de la identificación. La mayoría de las entradas se adquieren online, de modo que queda constancia de la identidad del visitante, en caso de precisarse.
Con estas normas se han reducido los tumultos que en años precedentes crisparon el verano berlinés. Cualquier empujón en la cola del tobogán podía degenerar en batalla campal entre muchachadas rivales. Lo mismo ocurría en caso de dispararse otras disputas, incluidas entre progenitores “helicóptero” -como se denomina a los padres y madres hiperprotectores- ante cualquier gesto interpretado como hostil. El Senado berlinés, o gobierno regional de la capital y ciudad estado, optó primero por reforzar el personal. Luego introdujo los controles. A ello se sumó la prohibición, vigente ahora en toda Alemania, de llevar cualquier tipo de arma blanca en espacios públicos.
Microcosmos berlinés
La piscina es el refugio climático por excelencia de un verano que empezó siendo tórrido, con máximas diurnas sobre los 41 grados en la última semana de junio, pero que dio paso en julio a una de esas frustrantes temporadas con más nubarrones que días de sol. Atrás quedaron los atascos en los accesos del Prinzenbad, el de mayor superficie de Berlín, con dos piscinas de 50 metros, otra de chapoteo y la de bebés, más pradera arbolada y graderío. La de Prinzenbad es una piscina legendaria, en el asimismo multiétnico Kreuzberg. Su peculiar microcosmos inspiró una película -Prinzessinnenbad (2007) o las Princesas de la Piscina-, centrado en tres muchachas del barrio.
La realidad es bastante parecida a la del filme. Ahí conviven el burkini con la mínima expresión del bañador o incluso nadadoras en top-less. Se necesita cierto valor para practicarlo, puesto que lo habitual es recibir bajo el agua algún manotazo, intencionado o no. Pero el top-less está autorizado en todas las piscinas berlinesas -un total de 68, entre las cubiertas, al aire libre o de doble uso- desde que en 2023 prosperó la demanda ante el Senado de una mujer contra la discriminación que suponía negarle a una bañista lo de nadar a pecho descubierto.
Tarifas reducidas o pasaporte de verano
Los precios no pueden más competitivos. La entrada puntual no es tan popular -7 euros, para las instalaciones de categoría 1, como Prinzenbad-. Pero por 80 euros se adquiere el abono para 20 visitas. Mejor aún, para los más perseverantes, es la tarifa mensual por 38 euros, con una permanencia mínima de tres meses, que permite el acceso diario a cualquiera de las instalaciones públicas. Para los menores de 18 años hay un «pasaporte de verano» válido para todas a cambio de los gastos de emisión de 9 euros.
Mejor oferta, imposible. Incluso bajo riesgo de verse envuelto en batallas campales. El único calvario insalvable es la meteorología o la frustración de haber adquirido el abono mensual y comprobar a diario que no acaba de salir de sol. O que lo hace justo esa semanita en que te ausentaste de Berlín.
Siempre quedará el lago
Más competitivo aún que es el lago, por supuesto gratis y en muchos casos, como en el de Schlachtensee, literalmente a pie de la estación del metro. Tampoco ahí hay «dress code», incluidas opciones nudistas. El desnudo integral sigue siendo posible o prescriptivo en algunos lagos, aunque no está ya tan extendido como en tiempos de la Alemania comunista, cuando fue práctica generalizada.
A orillas del lago natural, en el caso urbano o el extrarradio berlinés, se respira más tranquilidad que la piscina. No hay que competir por un espacio en la sombra, puesto que están rodeados de árboles. Puede haber días de sobresaturación si el calor aprieta. Pero en los de menor afluencia se puede disfrutar del baño en armónica compañía con familias de patos o hasta cisnes.
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En la sección: El Periódico – internacional
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