Los hospitales de Venezuela, sin medios para los heridos del terremoto

La Guaira, epicentro del doble terremoto en Venezuela, exporta sus heridos a una Caracas paralizada. En el hospital Pérez Carreño, las listas de pacientes empapelan las paredes mientras el sistema de salud, ya golpeado por años de crisis, intenta no desmoronarse.
Luis Ríos subió … desde La Guaira con su hermana aferrada a la espalda en una motocicleta. Ella tiene la tibia fracturada. Gime cada vez que la rueda pasa por una grieta en el asfalto. Abajo, en la costa, no quedaba nada abierto. Ni un consultorio, ni una clínica, ni un centro de salud con capacidad para recibirla. Los pocos que funcionaban tenían las camillas ocupadas desde la primera hora. Así que Luis hizo lo que hicieron decenas esa noche: montó a su hermana herida en lo que tenía y subió la montaña hacia Caracas. «No podemos tener a alguien con fractura de tibia sin atención médica, así que la traje para acá», dice ya en la puerta del hospital Pérez Carreño, en el oeste de la capital, con la camisa manchada de tierra seca y los ojos enrojecidos. La hermana no habla. Aprieta los dientes y mira el piso.
No es el único. Las urgencias no han dejado de recibir heridos desde las ocho de la tarde del miércoles. Llegan en ambulancias, coches particulares, motos, a pie… Algunos con fracturas expuestas envueltas en trapos de cocina. Otros con cortes profundos que dejaron de sangrar por la espera. Una señora mayor llega en silla de ruedas empujada por un vecino que ni la conoce. Caracas, a oscuras por los cortes eléctricos, es una ciudad donde nadie duerme. La gente prefiere la calle por miedo a las réplicas. Las sirenas no paran. Cada pocos minutos se escucha otra, acercándose o alejándose, y nadie voltea a mirar. En medio de esa parálisis, este hospital y el periférico de Catia se han convertido en los dos embudos donde desemboca todo lo que La Guaira ya no puede contener.
En las urgencias, voluntarios con cascos amarillos intentan poner orden. Canalizan donaciones: agua, gasas, alimentos… Separan a los que llegan caminando de los que vienen en camilla. Dentro, la sala de espera es una caja de resonancia. Una bulla constante que ensordece. Todos hablan de lo mismo. Del ruido que vino de la tierra. De los 39 segundos entre un terremoto y otro. Del olor a gas que salía de las tuberías rotas en Catia La Mar.
Cada pocos minutos, la puerta doble se abre. Un enfermero sale y grita por encima del murmullo: «Familiar de Pedro Delgado. Familiar de Carolina Fernández. Familiar de la niña Yusleidi Rojas». Los nombres flotan un segundo antes de que alguien levante la mano y corra hacia adentro. Otros nombres no reciben respuesta. El enfermero repite. Nada. Vuelve a entrar.
Las paredes externas son un mapa del desastre. Empapeladas con listas escritas a mano o impresas a la carrera. Nombre, cédula y procedencia del paciente. La mayoría tienen un trazo de marcador fosforescente al lado. Ese trazo significa una sola cosa: vienen de La Guaira. La desesperación se lee en cómo recorren cada línea con el dedo índice, esperando encontrar a su familiar y temiendo, al mismo tiempo, lo que eso implica. Una mujer con bata lleva más de una hora frente a la pared. No ha encontrado el nombre que busca.
En la morgue
Nos acercamos a la morgue del Pérez Carreño buscando una cifra oficial. Un vigilante del hospital me frena antes de llegar. «Aquí ya no caben», dice sin rodeos. «Los están mandando para la morgue de Bello Monte, que es la principal, y para la del Llanito». Le preguntamos cuántos han pasado por aquí. Se encoge de hombros. «Incontable». Un paramédico que lleva trabajando sin descanso confirma lo mismo y calcula que solo por la puerta de emergencias han ingresado unos 700 heridos. «Y eso que muchos ni llegan hasta acá», agrega. «Se quedan en el camino porque no hay cómo transportarlos».
Los hospitales, que ya sufrían graves carencias antes del doble terremoto, están colapsados por los heridos en los derrumbes de edificios, sobre todo en La Guaira, donde no funcionan centros médicos..
(J. Benezra)
El Ministerio de Salud activó ocho hospitales públicos en la Gran Caracas y doce clínicas privadas para triaje. Pero la realidad del sistema venezolano es un paciente crónico. El último informe de la Encuesta Nacional de Hospitales arrojó en 2024 un déficit cercano al 60% en capacidad quirúrgica. De diez quirófanos por hospital, solo cuatro funcionan. En el 91% de los centros, a los pacientes se les pide una lista de suministros para poder operarlos. Esa era la situación antes del terremoto. Lo que ocurre ahora es la saturación de un sistema que ya operaba al límite.
La presidenta interina, Delcy Rodríguez, reconoció en mayo que el sistema está «golpeado», atribuyéndolo a las sanciones internacionales. Hoy, ese sistema tiene que absorber dos seísmos. La Organización Panamericana de la Salud informó que al menos veinte centros de salud estuvieron expuestos a intensidades sísmicas de siete o más en la escala de Mercalli, lo que significa que podrían haber sufrido daños estructurales graves. Ciro Ugarte, director de Emergencias en Salud de la OPS, lo resumió así: «Las primeras horas son críticas para salvar vidas, en un momento de baja disponibilidad de trabajadores de salud, instalaciones sanitarias y suministros».
«Las primeras horas son críticas para salvar vidas, en un momento de baja disponibilidad de trabajadores de salud, instalaciones sanitarias y suministros»
Ciro Ugarte
Director de Emergencias en Salud de la OPS
En medio del caos, la fe busca su espacio. Pastores evangélicos llegan a la sala de espera. No traen gasas ni suero, traen palabras. «Levanten sus manos quien pueda y digan: Dios, te necesitamos», proclaman. Algunos levantan las manos. Otros siguen mirando las listas. Nadie los echa. Nadie les pide que se vayan. En una esquina, un hombre reza solo, de rodillas, con la frente pegada a la pared.
«Ayúdenme»
Lady Jaragua es una de las que espera. Su familia vivía en un edificio que se vino abajo. «Los demás se salvaron, pero en el piso uno se encuentra mi hermana Jordi, su hija, su papá y su perrito», cuenta. Su voz se quiebra. «Hay gente que grita abajo, se escuchan ecos. Se escucha donde dicen ‘ayúdenme’. Que nos encuentren, vivos o muertos, pero que nos encuentren». Lady no sabe si está esperando una noticia del hospital o del edificio. Las dos cosas se le mezclan.
«Hay gente que grita abajo, se escuchan ecos. Se escucha donde dicen ‘ayúdenme’. Que nos encuentren, vivos o muertos, pero que nos encuentren»
Lady Jaragua
Superviviente de un edificio derruido
Jesús Contado, bombero voluntario, lleva horas ingresando lesionados que suben desde La Guaira. «Lo más grave son las personas afectadas por las estructuras», explica. Advierte sobre lo que viene después del rescate. «Esto genera un impacto psicológico. Muchas personas van a quedar afectadas. Ya hay gente que no puede hablar. Se quedan mirando un punto fijo».
Clementina Venegas, otra voluntaria, canaliza donaciones del exterior. Una amiga en Miami le envió dinero para comprar insumos. «Sé que en Estados Unidos están recolectando cosas, pero eso no llega rápido», dice. Su consejo a la diáspora: enviar dinero a personas de confianza en el terreno. «Lo que se necesita es efectivo aquí, ahora. Gasas, agua, comida… No contenedores que tardan semanas».
«Lo que se necesita es efectivo aquí, ahora. Gasas, agua, comida. No contenedores que tardan semanas»
Clementina Venegas
Voluntaria
Dentro, en pediatría, la licenciada Andrea Torres no ha parado. «Hemos llegado a tener 26 pacientes. Dos ya salieron de alta», relata. Tiene suministros médicos por ahora, pero la urgencia es otra. «Necesitamos productos de higiene personal. Estamos bañando a los niños, quitándoles la tierra». Algunos llegaron solos. Sin un adulto que los acompañe. Torres no dice la palabra huérfano, pero la implicación flota en el aire del pasillo.
El Gobierno anunció el despliegue de 11.500 funcionarios de seguridad en La Guaira para «garantizar la paz» y más de cien equipos de maquinaria pesada. Mientras tanto, Tom Fletcher, el subsecretario general de Asuntos Humanitarios de la ONU, ha declarado que más de 50.000 personas permanecen desaparecidas. «Se trata de una operación de rescate extremadamente compleja», dijo desde Ginebra. «Es evidente que la cifra de fallecidos aumentará considerablemente». La ONU liberó quince millones de dólares del Fondo Central para la Acción en Casos de Emergencia y activó veinticinco equipos internacionales de búsqueda con más de mil especialistas.
Pero aquí, en la puerta del Pérez Carreño, la macrocifra pierde sentido. Lo que importa es el nombre en la lista, el grito del enfermero, la moto que llega cubierta de polvo. La OMS advierte que los efectos de un terremoto no terminan con los rescates. La interrupción de la atención para enfermos crónicos es la réplica silenciosa que mata meses después. Los hipertensos sin pastillas. Los diabéticos sin insulina. Los pacientes renales sin diálisis.
Por ahora, en Caracas, la urgencia es el presente inmediato. Quitarle la tierra a los niños. Encontrar a los que gritan bajo los escombros. Y esperar que el nombre que buscas aparezca en la pared, subrayado en fosforescente. Afuera, la noche sigue sin terminar.
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Fuente de TenemosNoticias.com: www.abc.es
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