Miedo, angustia y frustración cuando estás a 7.000 kilómetros de tu casa en Caracas

Me despierto y mi teléfono está inundado de mensajes. Ese siempre es el preludio de las malas noticias. «¿Tu familia está bien?», «¿Cómo está tu gente en Venezuela?», me preguntan. Espero que sí, no lo sé. ¿Qué carajo ha pasado? Parece que la tierra se … sacudió violentamente. Hay varios muertos.
La última mañana que recuerdo así fue la del 3 de enero. Toda la ciudad se había levantado con los misiles y las detonaciones de los helicópteros estadounidenses que acababan de entrar en Caracas. Todos menos mis familiares, que no me contestaban los mensajes.
Aún no se sabía que habían capturado a Maduro, pero estaba claro que era una operación militar contra la dictadura. Reinaba la desinformación y yo quería celebrarlo, pero tenía miedo de que uno de esos misiles hubiese caído sobre mi gente. Más tarde, cuando mis padres se despertaron, me dijeron con toda la tranquilidad del mundo que no se habían levantado porque pensaron que las explosiones eran los fuegos artificiales de Nochevieja que le habían sobrado a algún trasnochado.
Ahora esa es una anécdota que se cuenta rápido, pero para mí fueron horas largas y angustiantes, como para los casi ocho millones de exiliados que como yo, están a miles de kilómetros de casa. Porque, si verse forzado a emigrar y tener que crear una nueva vida lejos de los tuyos es deplorable, que nos separen tantos husos horarios lo complica todo aún más; cuando yo me despierto ellos duermen, y cuando yo me duermo, a ellos aún les queda toda una tarde por delante. Y ese desfase de vidas es el que me mantiene en vilo mientras comienzo a escribir esta crónica.
Esta mañana, entre todos los wasaps, busqué alguno de mi familia. Y solo encontré un escueto mensaje de mi padre: «Hubo un terremoto, pero estamos bien. Mala señal de teléfono». Eso es todo lo que tengo. Aún estoy esperando que me conteste y me dé más información, antes de que las líneas de teléfono, como no es extraño que suceda, colapsen por completo.
La Guaira, al este de Caracas, fue una de las zonas más afectadas por los terremotos.
(Reuters)
En cambio, en los grupos que tengo con amigos, la información era más copiosa. Hay intercambios de experiencias. De miedo. De terror. Cada uno cuenta cómo lo vivió. Uno de mis mejores amigos, que no ha podido pegar un ojo por la adrenalina que todavía corre por su sangre, pensó que se iba a morir en su casa, porque la violencia con la que se sacudía era tal que el edificio quedó desnudo de paredes.
Entro en X y se me ponen los pelos de punta. Parece que tuvo que suceder esta tragedia para que la censura levantara el bloqueo al que estaba sometida la plataforma en el país y más o menos pudiera fluir la información. En las imágenes que circulan, esa ciudad que ya recuerdo como golpeada y deteriorada está ahora devastada. Allí donde había edificios, ahora hay escombros. Y el golpe es doble, porque no son calles cualesquiera; esas eran las rutas que yo hacía a diario. Esos edificios en los que antes había fachadas sólidas, ahora están abiertos por la mitad y se puede ver su intimidad, los salones y las vidas que sucedían ahí dentro.
Una tragedia anunciada
Pero la verdad es que esto era una tragedia anunciada. El último evento sísmico de esta magnitud sucedió en 1967, el recordado terremoto cuatricentenario que también golpeó fuertemente a Los Palos Grandes, una de las zonas más afectadas hoy. Caracas es una ciudad que cada 50 años revive un episodio similar. Se preveía que una crisis de esta naturaleza sucedería en estos años, pero nadie tomó medidas.
Por la información que ha trascendido, leo que hasta ahora hay 32 muertos confirmados. Pero tiene que haber más. Siempre hay más. Veo personas atrapadas entre las ruinas. ¿Cuántas personas estarán aún vivas bajo los escombros, con ese pánico claustrofóbico, sabiendo que morirán asfixiadas? Y al poco tiempo leo que el Servicio Geológico de Estados Unidos estima entre 10.000 y 100.000 muertos en Venezuela por el doble terremoto. Maldita sea. Uno se acostumbra a ver este tipo de catástrofes en las noticias asumiendo que siempre le pasan a otros, en otros países. Hasta que un día la tragedia lleva el nombre de tu ciudad y los que están bajo los escombros son los tuyos.

Un cuerpo yace atrapado bajo los escombros de un edificio derrumbado en La Guaira.
(AFP)
Todo sigue siendo incierto porque nadie se hace cargo. No hay gente competente al mando; si no pueden garantizar el agua corriente o la electricidad, ¿van a responder ágilmente ante una tragedia de esta magnitud? A través de internet noto que la información es escasa y todavía no se sabe la dimensión real del desastre. En la radio hablan mucho, pero dicen poco. La autocensura sigue vigente; nadie se atreve a decir demasiado, no vaya a ser que los acusen de terroristas.
Pero la gente, que no espera que el Estado responda, se pone manos a la obra. Debido a esa iniciativa civil, comienzan a florecer páginas web para reportar desaparecidos, en las que se pueden poner nombres, fotos, documentos de identidad y último lugar visto, además de los datos de contacto del denunciante. A ver si alguien en otro sitio puede verlo, encontrarlo y avisar. Al momento de escribir esto, veo en una de esas páginas que hay más de 11.000 desaparecidos, pero han sido encontrados más de 400.
Revisar esas interminables listas de nombres desde el otro lado del océano me recuerda la absoluta impotencia de la distancia. Ya me sentía culpable por emigrar, por sentir que había traicionado a mi país en la lucha. Y en episodios como estos me frustra no poder estar ahí, viendo cómo ayudo o, al menos, estando al lado de los míos. Me siento culpable porque, al terminar de escribir esta crónica, me iré al trabajo con total normalidad, mientras allá, en el que fue mi nido, siguen aumentando las muertes.
Hasta que, por fin, la pantalla del teléfono se ilumina de nuevo con la notificación que tanto esperaba. Es mi padre que me llama. Primero escucho a mi madre, que me confirma que están bien. El edificio en el que viven tiene grietas, pero no son estructurales. Dentro del piso, todo se vino abajo y todo lo que se podía romper se rompió. Después mi viejo me confirma que la desinformación en las calles es total y me cuenta que hay gente que no ha querido regresar a sus apartamentos, montando tiendas de campaña frente a módulos de la Policía. Ellos corrieron con suerte. Sin embargo, mientras escribo este final, veo que la cifra de muertos ya ha aumentado a 188. Y la verdad es que estoy harto de las tragedias en Venezuela; ya va siendo hora de que nos alcance una buena noticia. Despertar un día repleto de mensajes de celebración.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.abc.es
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