Un Trump desconocido se sincera con la prensa en su regreso a la cena de corresponsales

Donald Trump pasó años llamando a la prensa «enemiga del pueblo». Pero este viernes, delante de cientos de periodistas, acabó confesando algo muy distinto: que espera sus llamadas, que se impacienta cuando no llegan y que incluso reparte su número de teléfono para intentar influir … sobre las noticias antes de que se publiquen.
«A veces sí me gusta hablar con la prensa», admitió el presidente.
Fue uno de los momentos más reveladores de la cena de la Asociación de Corresponsales de la Casa Blanca, reanudada después de que la edición de abril terminara entre disparos, agentes del Servicio Secreto corriendo por el salón y asistentes refugiados bajo las mesas. La cita se celebró esta vez en el Waldorf Astoria de Washington, el antiguo Trump International Hotel, un edificio de mármoles, molduras y abundantes dorados que encaja con la estética del presidente y donde se le vio especialmente cómodo.
Trump regresó para cerrar aquella noche interrumpida y terminó ofreciendo un retrato poco habitual de sí mismo: un presidente que alterna el insulto con el halago, que disfruta de la atención de los medios y que, por mucho que los critique, necesita mantener abierta la conversación con ellos.
Contó que, tras volver a la Casa Blanca, preguntaba una y otra vez a sus colaboradores si algún reportero había llamado.
«¿Ha llamado la prensa?».
«No, señor».
Así durante más de una semana, hasta que decidió entregar personalmente su número de teléfono a los periodistas.
«Fue la cosa más estúpida que he hecho», bromeó.
Su relación con la prensa
Desde entonces, aseguró, el teléfono suena «cada 3,7 minutos». Ya no pregunta si han llamado; ahora decide él mismo si descuelga. A veces reconoce el nombre y responde. Otras descubre al otro lado a un pequeño periódico local. «¿Se da cuenta de que está hablando con el presidente de Estados Unidos?», contó entre risas.
Melania, añadió, nunca ha entendido esa costumbre. «Mi mujer dice: ‘No puedo creer que hagas esto’». Él tampoco parece demasiado convencido. «Es una forma infernal de vivir».
Pero detrás del chiste llegó una confesión poco habitual en Trump. «A veces puedo corregir historias que iban a ser falsas y convertir una noticia falsa en una buena». Después resumió su filosofía sobre los medios con una frase sorprendentemente pragmática: «Cuando no hablas con la prensa, siempre vas a tener una mala historia. Cuando hablas con la prensa, al menos tienes una oportunidad».
Incluso concedió Trump que existen «muchos grandes reporteros» y que, cuando tienen la versión directa del protagonista, el resultado suele ser mejor. Es una sinceridad poco frecuente en un presidente que ha hecho del enfrentamiento con los medios una de sus principales señas de identidad.
La otra gran confesión de la noche tuvo que ver con uno de los episodios más conocidos de su biografía política: la cena de corresponsales de 2011. Trump negó que decidiera presentarse a la Presidencia después de que Barack Obama se burlara de él ante toda la élite política y mediática de Washington.
Aquella noche Obama proyectó una imagen de la Casa Blanca transformada en un hotel Trump, coronada por un enorme rótulo con su apellido y decorada con el exceso de dorados característico de sus edificios. Quince años después, Trump recordó la escena entre risas y aseguró que aquella versión «no era tan distinta de la realidad», provocando una de las mayores carcajadas del salón.

Obama, junto a la imagen de la Casa Blanca convertida en un hotel Trump.
«He visto ese vídeo doce mil veces», dijo. «Todo el mundo dice que aquella noche decidí presentarme. No fue así».
Según Trump, disfrutó del espectáculo. «Miré a Melania y le dije: «¿Te das cuenta? Toda esta gente está hablando de mí. Me encanta esta cena»». Incluso sostuvo que Obama «golpeó fuerte, pero con respeto» y que quien realmente se molestó fue la modelo Brooklyn Decker, sentada cerca de su mesa.
La velada comenzó con un tono solemne. «Esta noche retomamos las cosas donde las dejamos», dijo al recordar el atentado que obligó a cancelar la edición anterior. Agradeció al Servicio Secreto, elogió a quienes mantuvieron la calma y proclamó que «ningún perturbado con un arma cambiará nunca» la democracia estadounidense.
La solemnidad duró poco. Trump volvió enseguida a las anécdotas, los ataques y las bromas. Aseguró que los medios perderán audiencia cuando él abandone la política porque «nadie se preocupa por los demás» y presumió de ser el político más transparente de la historia reciente.
«Trump 2028»
El broche llegó cuando anunció que iba a ofrecer a la sala «la exclusiva del siglo». Ante la sorpresa de los asistentes, afirmó que tenía intención de presentarse a un cuarto mandato presidencial. Acto seguido se colocó una gorra roja con el lema «Trump 2028», desatando las carcajadas del salón.
La Constitución estadounidense impide que un presidente sea elegido más de dos veces, por lo que el anuncio era una broma. O, al menos, una broma al estilo Trump: lo bastante exagerada para provocar la risa y lo suficientemente ambigua para convertirse en un titular.
Fue, en definitiva, el Trump de siempre, pero también uno poco conocido. Menos interesado en ajustar cuentas que en contar historias, más dispuesto a reírse de sí mismo y, sobre todo, más sincero de lo habitual al admitir que, por mucho que ataque a diario a la prensa, sigue esperando que el teléfono vuelva a sonar para dar su versión.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.abc.es
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