Analizar desde el resentimiento – Runrun.es: En defensa de tus derechos humanos

La relación entre las ciencias sociales y el activismo ha sido un asunto de discusión tan antiguo como la mismísima noción de “ciencia social”. Creo que es un debate ineludible, producto de que la humanidad sea al mismo tiempo sujeto y objeto de la observación empírica. Hay una tensión constante entre el científico y el Homo moralis devenido en zoon politikon. Entre lo que se observa como naturaleza humana y lo que uno quisiera ver porque lo considera éticamente correcto.
Como la política es el terreno en el que idearios e intereses compiten por el establecimiento de un orden social que se cree correcto, entre más cercana sea la ciencia social a la política, mayor será la tensión entre el observador empírico y el Homo moralis. Así, para un economista la tensión es mayor que para un antropólogo, pero menor que para un politólogo. Y, sin embargo, la expectativa es que ambas esferas se mantengan separadas. Bien lo indicó Max Weber con dos ensayos, uno para la vocación científica y otro para la vocación política. Su caso es dramático porque este mismo hombre, uno de los titanes de las ciencias sociales, cayó en la tentación de lanzar un intento de carrera política, el cual fracasó rotundamente. ¡Qué quedará para el resto!
Ahora bien, la razón por la que se espera que las esferas del científico y el Homo moralis devenido en zoon politikon se mantengan separadas es que, naturalmente, hay un rechazo a las conclusiones de la observación empírica que se han visto contaminadas por sesgos ideológicos. Aunque como humanos inherentemente imperfectos nunca podemos eliminar del todo esos sesgos, lo ideal es que los mantengamos a raya tanto como podamos. Es un combate constante y agotador, pero imprescindible. Necesitamos que las conclusiones describan la realidad lo mejor posible para entender dónde estamos parados y cómo proceder. Solo en el ámbito prescriptivo, y nunca en el descriptivo, es admisible que demos rienda suelta a nuestras inclinaciones personales. De manera que la objetividad en el estudio no está reñida con la subjetividad en la proposición, sino a su servicio franco. Una información errada o espuria más bien puede mostrar posibilidades que en realidad son inviables y por lo tanto condenan las aspiraciones al estancamiento o, peor, al abismo.
Entonces, un estudioso de la política que en su trabajo se deja llevar constantemente por sus sesgos siempre termina siendo un mediocre. Su piratería hace palidecer la de Edward “Barbanegra” Teach. No es recomendable que quienes se dedican profesionalmente a esto tengan ataduras de las que dificultan inmensamente la contención de sesgos. No deberían tener una militancia ideológica inflexible. No deberían ser fanáticos de políticos individuales. Y lo que aplica para los amores aplica también para los odios. El observador que condiciona sus observaciones a la antipatía que profesa hacia un actor político no es menos desafortunado que el que las condiciona a alguna simpatía. Cuando la antipatía se coagula en resentimiento, todo está perdido. Será muy difícil o imposible que el estudioso observe al objeto de su rencor manteniendo los sesgos confinados.
Suficientes abstracciones. Es momento de aterrizar este artículo. En Venezuela, la política es tóxica las más de las veces, por razones que no tengo que precisar. Las aversiones entre actores políticos a menudo son viscerales. No me refiero solamente a las relaciones entre la elite gobernante y todo lo ajeno a ella. Pasa también con el cosmos de lo que se hace llamar “oposición”, hagan sus elementos oposición real o no (siempre me veo obligado a hacer esta aclaratoria, puesto que en una simulación de democracia hay actores políticos que dicen ser opositores, pero ni siquiera intentan hacer algo efectivo para oponerse al gobierno).
Hay, pues, mucho resentimiento. Lamentablemente, se extiende a veces a politólogos, periodistas de estudiosos de la política. Escogen tribus y dirigen con saña sus aversiones hacia las demás tribus, aunque vaya en detrimento del ejercicio de su profesión. Huyan de “analistas políticos” que incurren en semejante conducta. No importa si es alguien perteneciente a la tendencia con la que usted se identifica. Más bien, en ese caso métale presión a sus piernas y huya más rápido, puesto que, como con una droga adictiva, sus propios sesgos lo harán especialmente proclive a caer en la trampa de un estudio errado.
Estas malas mañas están presentes en todas las corrientes de opinión política nacional. No obstante, me quiero detener en los “analistas” cuyo resentimiento está dirigido al liderazgo opositor actual, aunque ellos mismos dicen ser opositores. Vienen de diferentes fuentes. Los hay que están casados con dirigentes opositores cuyo liderazgo se extinguió por su insistencia en métodos fracasados. Nunca aceptaron que las masas les dieran la espalda a sus predilectos y no soportan que otros actores políticos hayan tomado su lugar. Otros no se identifican con ningún dirigente específico. A todos los detestan, por creer que, como no han podido hasta ahora producir los cambios políticos que le urgen al país, son “traidores” u “opositores falsos”; o por haber abrazado idearios de extrema derecha que no se reflejan en ningún político venezolano relevante.
En fin, motivados por este resentimiento, se les ve difundir bulos o información tergiversada que haga ver al liderazgo opositor como incompetente, estúpido, mendaz o corrupto. Sobre la base de estas informaciones hacen sus propios “análisis”, que desde luego terminan siendo pésimos. Pero además en ellos se manifiesta un deseo inequívoco de que la dirigencia opositora fracase. Dado que esta ha sido la iteración del liderazgo opositor que más lejos ha llegado y que por lo tanto es el factor político nacional con mayor probabilidad de conseguir una transición democrática (aunque esa probabilidad es difícil de estimar y quizás no esté para nada cerca de lo seguro), solo se puede colegir que los señores de marras prefieren que el país se quede como está a que haya una transición lograda por la dirigencia opositora. Prefieren que sea truncada la posibilidad de un país mejor. De nuevo: por puro resentimiento.
Varios párrafos más arriba advertí que un estudio condicionado al odio es tan defectuoso como uno condicionado a la pasión opuesta. No avalo el fanatismo hacia ningún político, incluyendo los del liderazgo opositor venezolano. Hay igualmente “analistas” que, más que otra cosa, hacen propaganda en pro de esa dirigencia. El producto me resulta, también, bastante chimbo. Por mi parte, procuro reconocerle a la dirigencia sus aciertos, cuando los hay, y criticar sus pifias y vicios, cuando se manifiestan. No sé si tendrá éxito en sus planes. Si me parece que no lo está teniendo, lo voy a decir. Lo he hecho antes, pese a los insultos que sus partidarios más firmes me han lanzado entonces. Pero eso no implica que desee verla fracasar. Repito: son el factor político nacional con mayor probabilidad de impulsar una transición democrática. Para mí, el país está por encima de cualquier animadversión personal a un político. Así que a los “análisis” hechos desde el resentimiento los desecho por su desatino técnico, pero también por su ruina moral.
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