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Opinión

El chavismo después de Maduro: la ilusión del final

📅 🕐 09 Mar 2026🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 6 min de lectura
El chavismo después de Maduro: la ilusión del final
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Durante años se repitió una idea con la solemnidad de una profecía política: el chavismo terminaría el día en que desapareciera su líder. La frase se repitió tantas veces que terminó funcionando como un consuelo histórico, una especie de mantra tranquilizador para quienes preferían creer que la política obedece a guiones simples. Pero la historia política —esa disciplina incómoda que suele arruinar las ilusiones— tiene la desagradable costumbre de recordarnos que los regímenes rara vez mueren con sus líderes. A veces, incluso, comienzan su verdadera transformación después de ellos. El chavismo, al parecer, no es la excepción.

Durante más de dos décadas, el poder en Venezuela fue interpretado casi exclusivamente desde la lógica del liderazgo personal: primero Hugo Chávez, luego Nicolás Maduro. Dos figuras que dominaron la escena pública con estilos distintos, pero con un mismo objetivo: preservar un proyecto político sostenido por una alianza entre aparato militar, burocracia estatal, redes económicas y un sistema de crimen transnacional que terminó constituyendo algo más que un gobierno. Lo que se configuró fue un sistema de poder. Y los sistemas, a diferencia de los liderazgos, no desaparecen con facilidad: se adaptan, mutan, se reconfiguran.

La caída o desaparición de un líder suele producir un fenómeno curioso en los regímenes políticos: el desplazamiento de la atención pública. Durante años, la discusión se concentra en el liderazgo, en las decisiones del presidente, en la figura que ocupa el centro del escenario. Pero cuando esa figura desaparece, lo que queda al descubierto es la arquitectura del poder. Entonces se revela si el régimen dependía exclusivamente de un individuo o si, por el contrario, había construido una estructura capaz de sobrevivirle.

En Venezuela, esa estructura se consolidó durante más de veinte años. No se trata solamente de un partido político ni de una coalición electoral, sino de un entramado institucional, militar, económico y criminal que reorganizó la distribución del poder en el país. Las Fuerzas Armadas dejaron de ser un actor subordinado al poder civil para convertirse en un componente central del sistema político. La administración pública fue reconfigurada como un mecanismo de control político y social. Paralelamente, se desarrolló una red económica híbrida en la que confluyen intereses estatales, militares y privados vinculados al propio aparato de poder.

Por esa razón, la pregunta que hoy debería ocupar el debate público no es si el chavismo ha terminado, sino qué forma está adoptando en su nueva etapa. Los regímenes políticos rara vez desaparecen de forma súbita; lo habitual es que se transformen. La historia latinoamericana está llena de ejemplos. El PRI mexicano sobrevivió a generaciones de presidentes y a múltiples crisis internas sin dejar de ser el eje del sistema político durante décadas. El peronismo argentino atravesó proscripciones, dictaduras y fracturas internas sin desaparecer como fuerza estructurante de la política nacional. Incluso movimientos profundamente personalistas lograron institucionalizarse después de la desaparición de sus líderes.

El chavismo parece encontrarse hoy en ese punto de inflexión. Durante años funcionó bajo la lógica del liderazgo carismático heredado de Hugo Chávez y, posteriormente, bajo el control más pragmático de Nicolás Maduro. Pero el verdadero legado del chavismo no fue solo un liderazgo, sino una transformación profunda del sistema político y cultural de la sociedad venezolana. La centralización del poder, la subordinación de instituciones, la expansión del control estatal sobre la economía, el control social y la redefinición del papel de las Fuerzas Armadas configuraron una estructura que difícilmente desaparecerá de la noche a la mañana.

En ese contexto, hablar del “fin del chavismo” puede resultar políticamente seductor, pero analíticamente ingenuo. Lo que probablemente estamos presenciando es otra cosa: la transición de un movimiento político basado en el liderazgo hacia un sistema que intenta sobrevivir sin él. Y esa transición suele ser mucho más compleja que la simple caída de un gobierno. Implica renegociaciones internas, disputas por el control del aparato estatal y redefiniciones ideológicas que, en ocasiones, terminan produciendo nuevas formas de autoritarismo o híbridos institucionales difíciles de clasificar.

La oposición venezolana, por su parte, enfrenta un desafío que va más allá de la disputa electoral. Durante años estructuró su discurso alrededor de la figura del adversario principal. Pero cuando el conflicto político se desplaza del liderazgo hacia el sistema, las estrategias también deben transformarse. No basta con esperar el desgaste de una figura; es necesario comprender las lógicas de poder que siguen operando en la estructura del Estado y, en el caso venezolano, dentro de un sistema con fuertes rasgos criminales. De lo contrario, el riesgo es confundir un cambio de rostro con una verdadera transformación política.

La experiencia histórica muestra que las transiciones políticas exitosas no ocurren únicamente por el debilitamiento de los regímenes, sino por la capacidad de las sociedades para reconstruir instituciones que limiten el poder y restablezcan el equilibrio entre Estado y ciudadanía. Ese proceso suele ser largo, conflictivo y profundamente incierto. Pero es precisamente en ese terreno donde se decide el destino de los países después de las grandes crisis políticas.

Venezuela se encuentra hoy en uno de esos momentos en los que las narrativas simples dejan de ser suficientes. El problema ya no es solamente quién ocupa el poder, sino qué tipo de sistema político emerge de esta nueva etapa. Pensar que el chavismo terminó porque su líder dejó el escenario sería repetir uno de los errores más frecuentes de la historia política: confundir el final de una figura con el final de una estructura.

Tal vez la verdadera pregunta no sea cuándo terminó el chavismo, sino qué responsabilidades tiene ahora la sociedad venezolana frente a un sistema que, después de más de dos décadas, forma parte de su propia realidad política. Porque la reconstrucción de un país no comienza cuando cae un líder, sino cuando una sociedad decide enfrentar con honestidad las consecuencias de su propia historia. Y esa es, probablemente, la tarea más difícil de todas.

  • @NixonDominguez | Historiador – Universidad de Los Andes / Magister en Gestión de Gobierno – Universidad Autónoma de Chile. / Instagram: Nixonjds

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

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