La homeopatía y mi familia

Tengo grabada en la memoria la imagen de cuando mi madre me llevó a la clínica para ponerme la vacuna antivariólica. Aquel “raspado” dejó en mi delgada pierna una marca que aún conservo. Mi mamá eligió esa zona porque, según ella, la cicatriz en el brazo (como la suya) era «muy fea». Así comenzó mi relación con la medicina… hasta que todo cambió.
Con el nacimiento de mi hermano Miguel Ángel, mi tío Ernesto Feo Codecido (hermano de mi madre y su partero), quien había estudiado homeopatía, aconsejó a mis padres que no lo vacunaran. Desde ese momento, las vacunas desaparecieron de nuestra casa y los tratamientos homeopáticos tomaron su lugar.
Mi madre, admiradora incondicional de su hermano, quedó fascinada con el principio fundamental de la homeopatía: «lo similar cura lo similar». Si tenías alergia con ojos llorosos y nariz congestionada, ¿qué te hacía llorar? ¡Una cebolla! Entonces, el remedio era Allium Cepa, un preparado homeopático basado en este vegetal. La idea era engañar al cuerpo: hacerle creer que el síntoma era más intenso para que él mismo activara su poder de curación.
Y así crecimos, libres de enfermedades. Sabía que era asmática, pero el asma nunca se manifestaba; si aparecía alguna alergia, desaparecía rápido con los frasquitos de mi tío. Él incluso nos preparó un kit con los remedios más comunes (que, según decía, no vencían) para usarlos bajo su supervisión telefónica. Cuando venía de Caracas, era una fiesta: reponía nuestros medicamentos y llenaba mi casa de alegría con toda su familia.
Mi tío Ernesto Feo fue pionero de la homeopatía en Venezuela. Provenía de una familia de farmacéuticos en Valencia, tradición que pareció extinguirse con la muerte de mi abuelo… hasta que él, con humor, declaró: «Los Feo somos farmacéuticos», y abrió una farmacia homeopática en Caracas.
La homeopatía fue creada por el médico alemán Samuel Hahnemann en 1796. Él criticaba la medicina convencional de su época por ser invasiva y propuso un sistema basado en diluciones extremas: una sustancia que causa síntomas en una persona sana podría curarlos en una enferma, si se administraba en dosis mínimas. Junto a colegas como los doctores Porras, Fernando Rísquez y Barros-St. Pasteur, mi tío se convirtió en un referente de salud en Caracas.
Para el nacimiento de mi hermano Juan Pablo, nos fuimos mi mamá y yo a Caracas el 26 de agosto de 1969, a los fines de prepararnos con tiempo y comprar las cosas que faltaban a la canastilla, pero esa misma madrugada del 27, nació. El partero fue mi tío Ernesto, a quien apenas le dio tiempo de ponerse la bata y los guantes para recibir a mi hermanito. Mi papá y Miguel Ángel se fueron a la capital apenas se enteraron. Todos estábamos de fiesta. El pasillo de la clínica, Centro Médico de San Bernardino, se llenó de flores. Era increíble. Entonces me enteré de que en la habitación de al lado, estaba hospitalizada Carolina Pacanins de Herrera, (hoy Carolina Herrera) por la misma razón, el nacimiento de una de sus hijas. Las flores eran para ella, pero igual se sintieron para nosotros.
Mi tío Ernesto cumplió años el 1° de septiembre, y como mi madre no podía asistir por ser “mamá a dedicación exclusiva”, yo fui con mi papá. Allí, una voz conocida gritó al entrar a la casa: ¡Feliz cumpleaños Ernesto! Era Doris Wells, una de las actrices más famosas de la televisión venezolana de aquella época. Resulta que Doris, casada con William Rísquez Iribarren, quería y admiraba mucho a mi tío porque, tras un tratamiento homeopático, logró embarazarse. Incluso bautizó su casa «Pulsatilla», como el remedio que él le había recetado.
Muchos años más tarde, me casé con Sergio Ramos, un médico alópata (tradicional). Cuando nació nuestro primer hijo, César, él insistió en vacunarlo, pese a mis objeciones. En la clínica, “sin derecho a pataleo”, le pusieron la BCG y luego, el pediatra continuó con sus tratamientos y otras vacunas. Y a César le comenzó el asma. Sergio quería ser otorrinolaringólogo, como su tío Emilio Ramos, así que hizo el postgrado obligatorio inicial en cirugía. Cuando se propuso ir a Caracas a realizar el de otorrino, ya yo estaba embarazada de Isa y César continuaba con el asma. Yo culpaba a las vacunas y Sergio, a la genética. Los tratamientos convencionales no funcionaban, hasta que mi suegra sugirió llevarlo al Dr. Rísquez Harris, un excelente homeópata caraqueño.
Cuando llegamos al consultorio, no podía disimular mi enorme estado de gravidez. Al mencionar que era sobrina de Ernesto Feo, el doctor exclamó: «¡Mi maestro!». Después de una larga conversación, le recetó a César Medorrhinum 30CH y nos pidió volver en dos meses. Para entonces, Isa habría nacido, y el doctor me advirtió: «Cuando vengas, ya tu nuevo bebé habrá nacido. No la envenenes con vacunas; yo la ‘vacuno’ con homeopatía». El asma de César desapareció como por arte de magia, solo con un leve repunte justo cuando Rísquez predijo. Esa experiencia convenció a Sergio de cambiar su especialidad: En lugar de otorrino, como su tío Emilio, estudió homeopatía, como mi tío Ernesto, quien también se convirtió en su guía. De hecho, se hospedaba en su casa cada vez que iba a Caracas a estudiar su postgrado.
Todo esto nos lleva a pensar que la salud no tiene una sola puerta. La homeopatía, con sus principios ancestrales, demostró en mi familia que el cuerpo puede sanarse cuando se le da el estímulo correcto. La tradición y la ciencia pueden coexistir. Lo que comenzó como un consejo de mi tío se convirtió en un legado que cruzó generaciones, uniendo la sabiduría homeopática con la medicina moderna. Porque cada cuerpo es único y lo que funciona para unos puede no servir para otros. Lo importante es buscar opciones con mente abierta y corazón informado.
Anamaría Correa
Fuente de TenemosNoticias.com: www.el-carabobeno.com
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