‘LUX’ de Rosalía es el fruto de una mente musical curiosa e insaciable. Una obra épica, fabulosa, vertiginosa e íntima, donde confluyen un aprendizaje musical amplio, una curiosidad histórica voraz y una sensibilidad única de su tiempo.
El ambicioso proyecto –admirado públicamente por figuras como Madonna y Patti Smith– deambula entre más de diez idiomas y espíritus femeninos férreos y poderosos, uniendo a la Sinfónica de Londres con Yves Tumor y Björk, y construyendo así la banda sonora perfecta de un extraño y caótico 2025.
Rosalía habita el mundo del amor en la música como nadie en habla hispana. En ‘LUX’ lo hace con devoción, furia y fervor. Su voz –que detuvo el corazón de lo urbano y lo dejó sin saber hacia dónde mirar– se alza de nuevo entre el ruido con rebeldía y contundencia, pero ahora acompañada de una paciencia consigo misma que la lleva, otra vez, más allá de los géneros.
Cuando se le pregunta por los beats en ‘LUX’, responde con gentileza que no los hay, lo cual permite concluir que lo urbano fue solo una excusa, un medio para llegar a un fin. Porque, sea cual sea el pulso rítmico en ‘LUX’ –orgánico o digital, una caja, un tambor o un teclado–, estos latidos vuelven a ser únicos, apasionantes e irregulares. Su música cae y se eleva con la fuerza de un cuerpo que rueda por una escalera o de un alud de emociones que parece tener control… hasta que deja de tenerlo. Y entre más infartante, mejor.
Ese sístole y diástole de ‘LUX’ ahora está obsesionado con lo divino visto desde lo femenino. La mística femenina puebla las canciones con un compromiso similar al de portar un hábito: dejar atrás la vida común para responder a un llamado superior. Por eso, Rosalía lleva una toca en la portada: no como provocación, sino como símbolo de vocación, de entrega total a la música.
“No soy una santa, pero estoy blessed”, canta en una de las frases más memorables del disco. ‘LUX’ es un álbum de amor, con todo lo que el amor implica: nostalgia, deseo, melancolía, despecho, decepción, lujuria, miedo e incluso la muerte. Más que buscar la perfección, Rosalía persigue la verdad artística: un camino hacia lo divino que la ayude a entender el caótico zeitgeist (espíritu de la época) que le tocó vivir.
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¿Por dónde empezar? Que no sea por lo abrumado que estoy con esta obra increíble que ha sacado, y lo conmovedor que ha sido escucharla dos veces y sentir cosas completamente distintas cada vez.
¿Sí? Qué interesante. ¿Por qué diferentes?
La primera vez fue un análisis más racional: de dónde está ahora en relación con sus discos anteriores –’Motomami’, ‘El Mal Querer’, ‘Los Ángeles’–. Antes de oír el disco, uno tiene que prepararse, incluso desde lo sónico.
Claro, ¿de dónde venimos, no?
Exacto. Y he dicho a varias personas que esa primera escucha fue como encontrar una combinación de todos sus talentos y curiosidades, consolidados en una obra que nos lleva más allá.
Muchas gracias. Sí, creo que hay conexiones con trabajos anteriores, pero a la vez nunca había hecho un disco orquestal.
Eso me parece clave. ¿Por qué decidió hacerlo orquestal? A la gente le ha sorprendido mucho.
Siempre he tenido curiosidad por la música y mucha ilusión por hacer cosas que no haya hecho antes. Nunca me había embarcado en un proyecto así, por la envergadura y por el tamaño. Cuando empecé a hacer música, ni imaginaba grabar con la Sinfónica de Londres o pasar dos años en un estudio. Es un riesgo, un lujo y una decisión que pude tomar ahora.
En ‘LUX’ participan: Björk, Yves Tumor, Sílvia Pérez Cruz, Carminho, Yahritza y Estrella Morente. Foto:IG Rosalia
¿Esa curiosidad nació de una idea puntual? ¿Una canción, un verso, un concepto?
De un concepto. De la ilusión de hacer algo nuevo con una paleta orquestal. Pensé: “Voy a usar estos sonidos, estos colores, y voy a inspirarme en historias de santas alrededor del mundo”. Eso me permitió escribir desde un lugar distinto, también hacerlo a través de otros idiomas. Todo parte de una inquietud por aprender, por seguir estudiando.
Justamente le iba a preguntar por el aprendizaje. ¿Qué le dejó este proceso, sobre todo a nivel musical?
Es difícil enumerar porque la lista es larga. Me hizo crecer como compositora y escritora. Dedicar un año solo a escribir letras me enseñó paciencia, me hizo leer mucho, revisar estructuras, crecer como arreglista y productora. También fue un reto escribir en idiomas que no domino. No hay una hoja de ruta, así que fue ensayo y error, como armar un rompecabezas interminable. A veces escribía en español y buscaba ayuda para traducirlo; otras veces estudiaba el idioma. Fue complejo, pero muy gratificante.
¿Cómo escogió los idiomas?
Cada lengua viene de una inspiración distinta. Por ejemplo, cuando canto en árabe, lo hago por Rabia al-Adawiyya, una mujer sufí de la rama más mística del islam. La inspiración era ella y sus ideas. Lo mismo ocurre con las demás. A excepción del catalán y el latín, cada idioma responde a una figura femenina o espiritual diferente.
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Hábleme de las santas.
Ellas son la inspiración central. La mística femenina es la gran guía del proyecto. Me fascinó ver cómo cada religión entiende la santidad de manera distinta. En el cristianismo hay procesos concretos de canonización, pero en otras culturas hay equivalentes: los rishis en el hinduismo, los tzadikim en el judaísmo, los xian en el taoísmo, los aulia Allah en el Islam… Cada una interpreta la divinidad de forma diferente.
En ‘LUX’, la santidad y lo profano parecen convivir. La santidad no se presenta como rectitud o pureza, sino como algo profundamente humano.
Exacto. Todo lo humano es imperfecto. No quise eliminar ese componente mundano. Hay santas que mandaron a hombres a ser asesinados –como Santa Olga de Kiev; por eso canto en ucraniano. Hay historias increíbles que tienen que ver con lo mundano, antes de entrar en un terreno de divinidad.
La cantante española Rosalía, durante su concierto en Bogotá en 2022, en el Movistar Arena. Foto:Bryant Mauricio Roa
Hablemos de lo divino. En el disco hay varias referencias a Dios. En ‘Dios es un stalker’ parece haber una voz divina, mientras que Björk dice: “The only way to save us is through divine intervention”. ¿Quién es Dios en ‘LUX’?
Es algo que cada quien entenderá distinto. En ‘Dios es un stalker’, por ejemplo, hay un ejercicio absurdo: escribir desde la primera persona de Dios. No tiene sentido, es imposible, y por eso está hecho con humor. A lo largo del disco hay varios intentos de acercarme a ese tema desde distintos lugares.
Eso es fascinante porque cada cierto tiempo aparece una obra –literaria o musical– que explora la idea de Dios desde un lugar nuevo. Escuchándola, recordé un libro de 1962, ‘Forastero en tierra extraña’, de Robert A. Heinlein, donde el autor dice que todos somos Dios. Y pensé: cada cierto tiempo, alguien nos obliga a repensar esa pregunta.
Es una gran pregunta. Y no creo tener la respuesta. Este proyecto lanza más preguntas que certezas. Me gusta la ficción que no dice las cosas de manera evidente, sino que propone, que deja al oyente construir su propio recorrido.
Y será un recorrido muy intenso. Quiero hablarle del ritmo. ¿Diría que hay beats en el disco?
No, no hay loops. Hay repeticiones melódicas o de patrones, pero todo está ejecutado por humanos, con su respiración e imperfección. No hay copia y pega, sino implicación constante.
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Pensaba en lo percutivo, en su educación dentro de lo urbano.
Claro, ese fondo sigue ahí, se puede entrever en canciones como ‘Porcelana’ o ‘Novia Robot’. Está, pero transformado.
También quería preguntarle por Noah Goldstein.
Es un gran colaborador. Empezamos a trabajar en el tramo final de ‘Motomami’. Me ayudó a cerrar el disco, y desde entonces seguimos colaborando. Igual que Dylan: son personas en las que confío, con quienes disfruto y que entienden mi visión.
‘LUX’ coincide con una tendencia pospandémica entre los jóvenes hacia lo espiritual e incluso lo conservador. ¿Qué piensa de eso?
No sé si es conservador, pero sí siento una necesidad personal de estar más cerca de lo divino que antes. Siempre he tenido una conexión espiritual, pero en los últimos años se ha vuelto más palpable. Tal vez sea una reacción a la época: todo es tan incierto, tan saturado de información, de ‘fake news’, de inteligencia artificial, que cuesta saber qué es verdad. Al final, lo único que te queda es tu verdad. Y quizá para encontrarla tengas que acceder a lo intangible: la fe o lo que te resulta certero dentro de ti.