Gilmer Mesa es un autor que no hace concesiones. En su nueva novela, una mujer agarra la cabeza decapitada de su esposo, no puede con la tristeza y la mete en un frasco de laboratorio, lo llena de licor, se lo bebe y le canta. Hay una madre que busca los huesos de sus muchachos en una ciudad de muertos y una que alcahuetea sin reparos los asesinatos que comete su hijo. Los espantos de mamá habla sobre la violencia que se ha vivido en Colombia desde la masacre de las bananeras hasta el sicariato barrial y las matanzas entre pandillas.
El protagonista es un borracho que consigue un trabajo en el Cementerio General de Medellín y en algún momento se pone en la tarea de encontrar los restos de las víctimas de ‘falsos positivos’. El hombre empieza a caer en un mundo de historias de terror sin solución, y las comparte con su mamá en sus comidas familiares, en sus ‘desatrasadas de cuaderno’, cuando repasan lo que ha pasado y pasa en Aranjuez, el barrio que eternamente atraviesa la obra de Mesa.
Gilmer nació en la comuna 4 de Medellín, creció en un Aranjuez en el que los problemas se podían solucionar a bala o con partidos de basquet y fútbol en la esquina. Ese es el mundo que ha contado en sus novelas. Tiene 47 años. Hace 15 años dejó de beber y lleva 15 años recayendo; estudió filosofía, no se cansa de citar a pensadores y filósofos y recuerda tramos de algunos libros al pie de la letra con el típico parlache: ‘parce’, ‘chimba’, ‘hijueputismo’. Escucha música todo el tiempo, creció con los miembros de la banda Alcolirykoz y es fanático de Rubén Blades; pero para la escritura y para la lectura necesita silencio. Fue basquetbolista y ganó una beca como deportista. Odió ser profesor de colegio y ahora es profesor universitario. Ha publicado cuatro libros, uno cada dos años, y en cada uno está su dicho favorito: ‘Una cosa es llamar al diablo y otra es verlo venir’.
Uno de los puntos principales donde transcurre el libro es el Cementerio General. A usted le gustan mucho los cementerios, ¿por qué?
La muerte hizo presencia en mi vida muy rápido con la partida de mi hermano mayor. Incluso, dos años antes de que se muriera. Cuando empezó a meterse en malas cosas, yo sentía todos los días que lo iban a matar. Fueron dos años muy hijueputas. Cada que veía que iba a salir de la casa pensaba: “Este marica no va a volver”. Fue una situación muy tensa, hasta que lo mataron. Durante los cuatro años que estuvo enterrado en el cementerio San Pedro (Medellín), mi papá, mi mamá, mi abuela, mi hermanito y yo íbamos cada ocho días a limpiar la tumba. A veces me sentía tan mal que me iba a recorrer el cementerio. Ahí empecé a sentir algo parecido a tranquilidad, aún no logro describirlo. Cuando iba entre semana, pasaba por la tumba de él y le hablaba cualquier cosa. Era para sentir su compañía. Eso hizo que empezara a mirar las estatuas y así empezó la gran fascinación. De ahí empecé a pensar: “Eh, que chimba la historia de los cementerios” y a visitar otras ciudades de muertos en Medellín y fui creando afinidad con eso. Al punto de que, cuando voy a los pueblos, lo que más me gusta visitar son las iglesias y los cementerios.
¿Cuáles son las diferencias de los cementerios según la clase social?
El primer cementerio registrado de Medellín es el San Lorenzo, en Niquitao. Eso sí era una gono… Se sentían cosas muy malucas. Era un lugar en que se metían a meter vicio. Después está el San Pedro, que tiene puntos de mucha claridad y tranquilidad, pero otros muy oscuros. Ese pabellón de los niños, por ejemplo, es muy volado. Ahí uno se siente incómodo, a mí me da como un dolor en el cuello y todo. Ver las lápidas y que dicen “hijo de fulana, hija de mengana”, las cartas, los juguetes y los dulces que les ponen son impresionantes. Yo he querido escribir algo sobre quien se roba los dulces de las tumbas de los niños. El Universal, que es en el que se inspira la novela, es muy jodido. Hay escuelas de brujería en el Universal. Y Campos de Paz ya es muy traquetoide.
Los espantos de mamá, de Gilmer Mesa Foto:Archivo particular
¿Qué tanto influyó el basquetbol en su vida?
Salí muy joven del bachillerato, de 15 años. Coincidió con que estaba jugando baloncesto y era bueno. Me ofrecieron una beca en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín. Lo único que medio me gustó en el colegio fue la química. Cuando vi que allá había Ingeniería Química, me matriculé en esa carrera. Estudié cinco semestres y repetí casi cinco veces las clases del primer semestre. Me echaron. Me salí como un año a estudiar inglés. Eso fue una maravilla y es un tip muy práctico, se lo recomiendo a todos los que no quieran hacer nada o no saben a dónde agarrar: estudien inglés. En la casa no lo joden a uno, porque el niño está estudiando inglés. Uno no aprende un carajo, pero en la casa no se azaran tanto. Luego volvieron a ofrecerme la beca. Miré otras posibilidades, aunque lo que quería era jugar baloncesto, pero tenía que estudiar para jugar en la universidad. Pensé en Psicología, después en Derecho, pero sentía que era una carrera muy pícara. A punto de abdicar vi que había Literatura y Lingüística. No había leído nada, pensé que literatura era para leer y pues creí que era capaz de hacerlo. Cuando fui a matricularme, la muchacha que recibía el formulario me dijo que las inscripciones las abrían a inicio de cada año. Estábamos en junio. “Estudie Filosofía, que eso es parecido”, dijo la muchacha. “Bueno, hágale”, le respondí. Fue un accidente. Si no hubiera estado ella en esa taquilla, seguramente no estudio.
¿Ahí llegó la literatura a su vida?
A los 19 años empecé a conocer el mundo de los libros. Jugué basquetbol hasta los 21, estuve en la plantilla profesional dos años y vi que no era una opción. Ahí sí me pregunté: “Bueno, y yo qué mierda es lo que estoy estudiando”. No tenía ni idea de para qué servía. Me di cuenta de que era para ser profesor y mi reacción fue decir: “No. Nunca jamás en la vida. ¿Yo qué voy a enseñar?”. Igual terminé todas las materias, sin hacer la tesis. Salí con dos compañeros de la universidad y montamos dos bares y nos los bebimos durante tres años. Quedé en la calle, en la chanda, entonces volví a hacer la tesis, graduarme y empezar a dar clase. Fue muy traumático porque en realidad yo no creía que tuviera ninguna oportunidad. Terminé trabajando en un colegio como ocho meses y fue muy difícil. ¿Cómo me iban a poner a cuidar que los muchachos no entraran a fumar al baño si yo me fumo 40 cigarrillos diarios?
Usted y el narrador de Los espantos de mamá tienen muchas cosas en común…
La literatura es una suerte de esquizofrenia controlada. Eso me permite llegar a puntos de maldad, de bondad, situaciones que yo no tengo en la vida real, pero exploro en la literatura. Nunca van a conocer a través del libro al Gilmer real. El narrador del libro llega a puntos a los que yo no puedo llegar.
Parte del toque de sus libros es que están escritos en paisa… Leer palabras como manga, parva, hijueputismo, taco, es diferente. ¿Cómo ha plasmado lo antioqueño en letras?
¿Podés creer que al lapicero le dicen esfero en Bogotá? Qué cosa más rara. Algo chévere que pasará por primera vez con Penguin Random House es que el audiolibro de Los espantos de mamá tendrá mi voz.
¿Cuándo empezó a inquietarle el tema de los desaparecidos?
La desaparición forzada me parece, de toda esa colección de crímenes que tenemos en este de país, la más jodida. Alberga una cosa siniestra que es un sentimiento positivo, en principio: la esperanza, pero al que busca una persona desaparecida esto le juega en contra. Con la muerte se destruye una perspectiva. Llevo 30 años leyendo historia de Colombia. Leí el Informe final de la Comisión de la Verdad. También he trabajado mucho por ahí afuera y conozco casos muy de mierda. En el libro aparece una mujer de Urabá, que retraté literariamente, pero conocía a una mujer en Apartadó que vio cómo le mocharon la cabeza al marido, ¿cómo queda uno después de eso? En el libro la enloquecí, intenté hacer una locura poética. En el papel, ella habla con la cabeza, le canta. En la vida real, la señora está en otra realidad, no de locura. Le tocó seguir viviendo, aunque enloquecerse en ese panorama parece lo más racional. Ella quedó con una serenidad muy dolorosa. Cuando hablé con ella, decía: “Qué país tan demencial”.
Aranjuez es el escenario de sus libros, ¿cómo ve el barrio hoy?
Es una micro-Colombia. Ha cambiado al ritmo al que ha cambiado el país. Dejó de ser periférico hace mucho tiempo, es más central, el corazón de la comuna nororiental o la comuna 4. La gente va a rumbear allá. Es muy loco porque yo que me crié en un barrio de casas solo con primeros pisos, ya no hay. Sí ha cambiado, pero en el fondo seguimos muy jodidos, lo que cambia son las dinámicas. Que pesar de las nuevas generaciones que nunca van a conocer lo que es el concepto de la ‘esquina’. Los que lo conocen lo hacen de una forma muy deforme porque ya tienen internet. Usted antes no podía coger el celular para ver qué hacer en el día. Lo que se hacía era ir para la esquina y ver cuál era el parche. En mi época las esquinas eran las redes sociales. Uno se vestía para ir a la esquina, convivía con el que fuera. Ese concepto ya no existe en los barrios. Problemas que eran muy típicos de Aranjuez, por ejemplo, también los veo ahora, se han trasladado a los barrios más periféricos, que es lo que lleva, por supuesto, la marginalidad.
¿Cómo ha influido el alcoholismo en su escritura?
Me pegué la primera borrachera a los 5 años. Mi papá se descuidó y me tomé un guaro y casi me mata. No volví a tomar hasta los 12 y bebí más o menos hasta los 20. Yo no sé qué mierdas pasa en la vida, porque yo me acuerdo de que nosotros adolescentes comprábamos media de guaro y duraba toda la noche. Nos entrábamos todos, prendíamos un combo grandísimo y quedaba un poquito de la media. Ahora media de guaro no dura. En ese lapso tuve una bebedera normal. Empieza a volverse una cosa muy jodida cuando monté los bares. Estuve tres años borracho. Era otro alcoholismo, borrachera de noche y de parche. Después de los bares tuve que trabajar en muchas cosas, cuando terminé la tesis ya tenía un alcoholismo duro, ya llegaba borracho al trabajo. Hubo muchas alertas. Una que puedo contar fue a los 30. Por estar borracho se me despertó la epilepsia, me rodé por unas escaleras y me quebré el humero. En la novela digo que hace 15 años dejé de beber y llevo 15 años recayendo. No bebo, pero cuando lo hago paso 30 días bebiendo.
En el libro se recorren varias tragedias nacionales…
Alguien por ahí me dijo que si era un memorial de agravios.
En su obra habla mucho del nepotismo, ¿cuáles cree que son sus síntomas?
Todo está atado. Aunque cuando hablamos del nepotismo, hay que esculcar la definición de la palabra, en el fondo todos somos nepotistas. Lo que pasa es que está muy mal aplicado. Si yo soy el presidente de un país, obvio que voy a querer trabajar con mis amigos, porque es en ellos en quien confío y en quienes reconozco capacidades. Como dice Rubén Blades, “hasta para ser maleante hay que estudiar”, entonces, para ser nepotista hay que saberlo hacer. ¿A quién más voy a querer favorecer que a mis amigos? No para que roben, para que estén a mi lado y me ayuden a gobernar esta vaina. Lo que no puedo hacer es ponerla de ministra de Salud porque usted es amiga mía y ya. Porque se me caga en el puesto, se caga en usted y se caga en mí. Y eso es lo que pasa aquí. A veces no se trata de nepotismo, se trata de la ineptitud, enchufismo o hijueputismo.
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