los arqueólogos aún no saben por qué

La ciudad francesa de Dijon, conocida por su patrimonio arquitectónico y su célebre mostaza, acaba de sumar un capítulo inesperado a su historia milenaria. En el corazón de esta urbe de la región de Borgoña, un equipo del Instituto Nacional de Investigaciones Arqueológicas Preventivas de Francia (INRAP) ha descubierto un cementerio gaélico del segundo siglo antes de nuestra era con una particularidad inquietante: todos los cuerpos estaban enterrados en posición sentada y orientados hacia el oeste. Este hallazgo, realizado durante las obras de renovación del grupo escolar Joséphine Baker, ha desconcertado incluso a los arqueólogos más experimentados, reabriendo viejos debates sobre las prácticas rituales y el simbolismo funerario de los pueblos celtas.
La excavación, que se llevó a cabo entre octubre y diciembre de 2024 bajo prescripción del Estado francés, se localizó en lo que fue el jardín del antiguo convento de los Cordeliers. Un espacio que, a lo largo de los siglos, pasó de ser terreno sagrado a agrícola y, más tarde, educativo. En apenas 1.000 metros cuadrados, los arqueólogos sacaron a la luz trece tumbas circulares perfectamente alineadas, formando una franja rectilínea de unos 25 metros. En su interior, los restos de trece adultos —presumiblemente hombres— estaban dispuestos con las piernas fuertemente flexionadas, la espalda apoyada contra la pared oriental de la fosa, y la mirada fija hacia el oeste. Una imagen tan desconcertante como evocadora.
Una disposición ritual poco común
El fenómeno de las inhumaciones en posición sedente no es nuevo en la arqueología europea, pero sí extremadamente escaso. Se han documentado apenas una docena de sitios similares en toda Francia y Suiza, todos fechados entre el final de la Edad del Hierro y el principio del Imperio Romano. Lo que distingue al descubrimiento de Dijon es la cantidad de individuos hallados —trece— y el estado de conservación de los esqueletos, que ha permitido analizar con detalle sus posiciones, orientaciones y posibles vínculos entre ellos.
Las fosas, de apenas un metro de diámetro, estaban distribuidas de forma equidistante. No se encontraron ajuares funerarios, salvo un brazalete de piedra negra fechado entre los años 300 y 200 a.C., lo que refuerza la datación de las sepulturas en plena época de La Tène, una de las fases más avanzadas de la cultura celta. Aunque la ausencia de objetos puede parecer indicio de una falta de estatus, en este contexto adquiere un matiz opuesto. La uniformidad, el cuidado en la disposición de los cuerpos y su localización en un espacio separado de las necrópolis convencionales sugieren un tratamiento funerario especial, reservado a individuos que ocupaban un rol singular dentro de su comunidad.

¿Sacerdotes, guerreros o ancestros venerados?
Las hipótesis sobre la identidad y función social de estos difuntos se multiplican. Algunos arqueólogos proponen que podrían haber sido miembros de una élite guerrera, ancestros venerados o incluso figuras religiosas. La orientación hacia el oeste, asociada en muchas culturas con el ocaso, la muerte o el más allá, refuerza la idea de una carga simbólica potente. La disposición cuidadosamente repetida, con las manos apoyadas cerca del torso y las piernas flexionadas de forma asimétrica, recuerda a estatuillas rituales halladas en otros yacimientos, representaciones humanas que aparecen sentadas en actitud meditativa o ceremonial.
Este tipo de entierros no solo se encuentran fuera de las necrópolis comunes, sino que a menudo aparecen en los márgenes de antiguos asentamientos aristocráticos o junto a santuarios. Tal vez, como sugieren algunos investigadores, estos hombres fueron guardianes de algún culto, chamanes, jueces o líderes con funciones sagradas. O tal vez el acto de sentarlos y colocarlos mirando al oeste formaba parte de un rito de tránsito, una forma de preparar al fallecido para observar la puesta de sol eterna.
Una necrópolis infantil y un paisaje cambiante
El yacimiento de Dijon no se limita a estas trece sepulturas excepcionales. En el mismo terreno, los arqueólogos encontraron una necrópolis infantil datada ya en época romana, en torno al siglo I d.C. Veintidós tumbas, todas correspondientes a niños que murieron antes de cumplir el año de edad, estaban dispuestas en pequeños grupos y alineaciones. A diferencia de los adultos sentados, estos pequeños cuerpos fueron depositados en decúbito supino o lateral, en ataúdes de madera hoy desaparecidos, pero cuya existencia se deduce por la presencia de clavos y restos de cajas de piedra.
Algunas tumbas infantiles contenían monedas o cerámicas, señales de un ritual más convencional dentro del mundo romano. Sin embargo, la exclusividad de esta zona para lactantes plantea interrogantes sobre la percepción de la infancia en aquella época: ¿eran estos niños considerados aún liminares, no plenamente integrados en la comunidad de los vivos? ¿O se trataba de un espacio ritual especial dedicado a los más vulnerables?
Lo cierto es que, con el paso del tiempo, este terreno fue transformado. Primero, en época altoimperial, se convirtió en un área agrícola: se hallaron alineaciones de fosas de plantación, posiblemente destinadas a cultivos arbustivos o viñedos, similares a los identificados en Gevrey-Chambertin. Después, durante los siglos XVI y XVII, fue lugar de actividades carniceras, como evidencian los numerosos cráneos de bueyes encontrados junto a capas de residuos orgánicos. Finalmente, en 1877, el terreno fue parcialmente ocupado por el edificio de la escuela Turgot, ahora sustituido por el moderno centro Joséphine Baker.

Reescribiendo la historia funeraria de la Galia
El hallazgo de las sepulturas sentadas en Dijon no es solo una rareza arqueológica: es una invitación a repensar el mosaico de prácticas funerarias en la Europa prerromana. Durante mucho tiempo, la imagen de los galos ha estado marcada por estereotipos heredados de las fuentes romanas: salvajes, supersticiosos, desorganizados. Sin embargo, descubrimientos como este apuntan a una estructura social compleja, con códigos simbólicos precisos y rituales codificados, cuya lógica aún estamos lejos de comprender del todo.
En un contexto europeo donde las fosas comunes, las cremaciones y las inhumaciones tradicionales eran la norma, encontrar cuerpos cuidadosamente sentados, repetidos con exactitud matemática y enfrentando al poniente, es una señal de un mundo espiritual y político tan sofisticado como desconocido. Los análisis de ADN y dataciones radiocarbónicas que se esperan en los próximos meses podrían arrojar luz sobre los orígenes de estos individuos, sus relaciones genéticas, su dieta o incluso sus desplazamientos en vida.
Por ahora, el cementerio secreto bajo una escuela en Dijon se convierte en un nuevo y fascinante capítulo en la historia de los pueblos celtas, un legado que, más de dos mil años después, aún sigue hablando a través de los huesos.
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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