Grandiosidad y gigantismo | Mundial 2026 fútbol | elmundo.es

La FIFA promociona este Mundial como la apoteosis de la democrática universalidad del fútbol. Una categoría casi ética, basada en cifras nunca antes alcanzadas. Recordémoslas por última vez antes de que, con el discurrir de los días, la mena se vaya separando de la ganga: tres países,12 grupos, 16 sedes, 39 días, 48 equipos, 104 partidos y 1.248 jugadores.
Pero, como tantas veces en política, se trata de una democracia más formal que real. La paridad por decreto no garantiza el equilibrio. Lo universal sólo es sinónimo de grande, no de igualitario. Éste es un Mundial de cuota y no de escalafón. Premia lo plural en detrimento de lo meritorio. El triunfalista y satisfecho Infantino nos vende al por mayor y en bruto el producto. Aquí Brasil, aquí Haití. Aquí Alemania, aquí Curaçao. Aquí Francia, aquí Irak. Aquí Inglaterra, aquí Panamá. Aquí Bélgica, aquí Nueva Zelanda. Aquí Portugal, aquí Uzbekistán. Aquí España, aquí Cabo Verde… El aficionado glotón se felicita. Come al peso. El «gourmet» se lamenta. Come al gusto.
Aunque sea sin desbastar y con relleno, para la FIFA, por razones económicas, el tamaño importa y seguirá importando en creciente revoltijo. El Mundial está inflado de grandiosidad y enfermo de gigantismo. Lo grandioso es una exageración. El gigantismo, una deformidad. Mezclados lo mollar y lo superfluo, lo apetecible a la carta y lo soportable a la fuerza en un magma descompensado, el fútbol hace hoy de la Tierra un inmenso balón y una inmensa burbuja.
Aquello que sobra
Es un Mundial de excesos, incrementados por unos precios estipulados o consentidos por una caterva de atracadores en los palcos. Una clase alta, secundada por una multitud de tribus de oportunistas rateros subalternos. Faltan facilidades y ventajas para los aficionados. Y, volvemos al principio, sobran grupos, sedes, días, partidos, equipos y jugadores. ¿Hubo alguna vez 11.000 vírgenes?, se interrogaba Jardiel Poncela. ¿Hay 48 países y 1.248 jugadores dignos de jugar este Mundial?, nos interrogamos los demás.
Por su propia naturaleza, la pregunta flota en el aire. Por su propio peso, la respuesta cae al suelo.
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