Descubren un viento cósmico que viaja a 323 millones de kilómetros por hora empujado por un agujero negro

El cosmos alberga motores gravitatorios capaces de acelerar masas colosales a velocidades cercanas a la de la luz. Un nuevo estudio publicado en la prestigiosa revista científica The Astrophysical Journal ha revelado que el cuásar J2318 produce vientos ultravioletas relativistas a una velocidad de 323 millones de kilómetros por hora. Este flujo de gas ionizado, que se desplaza al 30% de la velocidad de la luz, representa un hito en las observaciones espectroscópicas de luz ultravioleta en el universo y abre una ventana para comprender la evolución galáctica.
Los cuásares son los núcleos activos de galaxias distantes y se cuentan entre los objetos más energéticos del universo. Se alimentan de un agujero negro supermasivo central que acumula gas y polvo cósmico en un disco de acreción. A medida que este material gira en espiral hacia el interior debido a la gravedad, la fricción y las fuerzas de marea calientan el disco a millones de grados, provocando que el quásar brille con una luminosidad billones de veces superior a la del Sol y emita una intensa radiación hacia el espacio interestelar.
En el cuásar SDSS J231854.31+243954.2, situado a unos 3.000 millones de años luz en la constelación de Pegaso, la radiación generada por su núcleo activo es tan ingente que empuja el gas circundante hacia el exterior, creando potentes flujos salientes conocidos como vientos de agujero negro. El equipo de investigación liderado por Lucas Seaton, de la York University en Canadá, descubrió que las corrientes ultravioletas del cuásar J2318 superan con creces los límites de velocidad previamente documentados en el rango de luz UV, planteando nuevos retos sobre los límites físicos de la aceleración de materia.
«Esta velocidad es inusual incluso entre los objetos más energéticos del cosmos», explica Patrick Hall, profesor de astronomía en York University.
Un huracán relativista de categoría 79
Para ilustrar la magnitud de la energía desatada por el cuásar J2318, los científicos recurren a analogías que faciliten la traducción de estas cifras extremas. Si trasladáramos este fenómeno cósmico a la escala Saffir-Simpson que mide la fuerza de las tormentas tropicales en la Tierra, el viento relativista del cuásar equivaldría a un huracán de categoría 79. Aunque esta clasificación carece de sustento meteorológico real, sirve para subrayar que estas corrientes de gas viajan lo bastante rápido como para cruzar el espacio de la Tierra a la Luna en cuestión de pocos segundos.
La detección de este flujo extremo fue posible gracias al análisis minucioso de datos espectroscópicos de dos programas de cartografiado celeste: el SDSS-IV Time-Domain Spectroscopic Survey y el SDSS-V Black Hole Mapper. Al descomponer la luz del cuásar en diferentes longitudes de onda, los astrónomos de York identificaron variaciones espectrales ultravioletas que revelaban el desplazamiento rápido del gas ionizado alejándose del agujero negro central hacia el medio intergaláctico.
El análisis determinó que el agujero negro alberga una masa de aproximadamente 1.700 millones de veces la masa del Sol. Aunque este tamaño es extraordinario, entra dentro de los rangos normales esperados para los agujeros negros supermasivos que habitan los centros galácticos. Lo que realmente sorprende a la comunidad científica es cómo el gas denso logra alcanzar velocidades tan extremas en un cuásar con una masa estandarizada sin disiparse o sufrir una ionización completa en las cercanías del disco de acreción.
El motor físico: empujar materia con luz
A diferencia de los vientos terrestres, causados por diferencias de presión en nuestra atmósfera, los vientos de los agujeros negros se rigen por la presión de radiación. En las regiones más internas del cuásar, la luz emitida es tan intensa que los fotones individuales colisionan físicamente contra los átomos de gas circundante. A través de este bombardeo de partículas lumínicas a nivel atómico, los fotones transfieren su momento lineal a los iones de gas de elementos pesados como el carbono y el silicio, acelerándolos de forma constante hacia el exterior de la galaxia.
El empuje de la luz en el cuásar J2318 alcanza una eficiencia tan alta que acelera el gas denso hasta convertirlo en un chorro relativista de plasma de escala intergaláctica.
El mecanismo de aceleración por línea espectral (line-driven acceleration) es muy eficiente en longitudes de onda ultravioleta, donde los átomos tienen una gran sección eficaz para absorber los fotones. Sin embargo, para que el flujo alcance el 30% de la velocidad de la luz, el cuásar J2318 debe mantener un equilibrio muy preciso entre la radiación ionizante y el volumen de gas disponible. Si la radiación es demasiado intensa, despoja a los átomos de todos sus electrones, impidiendo que los fotones sigan empujando y deteniendo el proceso de aceleración.

La física del plasma en condiciones de gravedad extrema y alta densidad energética sigue siendo una de las fronteras de la astrofísica teórica. La colisión continua de fotones con los átomos de gas no solo acelera el material, sino que también genera intensas turbulencias magnéticas. Estos factores combinados sugieren que las fuerzas físicas del cuásar J2318 esculpen el gas en filamentos y nubes de alta densidad que logran sobrevivir al destructivo flujo de radiación y viajar a velocidades relativistas hacia los confines del espacio exterior.
El impacto en el destino de la galaxia
El descubrimiento de este viento récord aporta pistas fundamentales para responder a una de las grandes preguntas de la cosmología moderna: cómo influyen los agujeros negros en el crecimiento de sus galaxias anfitrionas. Cuando un agujero negro emite vientos a velocidades relativistas, el cuásar expulsa el gas frío necesario para la formación estelar, un proceso conocido en astrofísica como retroalimentación negativa de cuásares o quasar feedback. Sin este gas primordial, la galaxia anfitriona pierde la capacidad de engendrar nuevas estrellas, lo que detiene su crecimiento de forma definitiva.
Este mecanismo explica por qué muchas de las galaxias elípticas gigantes del universo maduro se encuentran «apagadas» o inactivas en la actualidad. Al evacuar las nubes de hidrógeno molecular de las zonas centrales de la galaxia hacia el espacio intergaláctico, los vientos de J2318 regulan la tasa de natalidad estelar, actuando como un termostato cósmico que controla el tamaño final de la estructura galáctica y evita que crezca de manera ilimitada a partir del material circundante.
«Estos flujos relativistas actúan como excavadoras cósmicas que limpian el corazón de las galaxias, alterando su destino para siempre», comenta Paola Rodríguez Hidalgo, de la Universidad de Washington Bothell.
Los límites del modelo y las preguntas abiertas
A pesar del hito observacional que representa el cuásar J2318, el estudio publicado por Seaton y su equipo plantea importantes interrogantes teóricos. La principal inconsistencia radica en que, según las simulaciones de transferencia de radiación, el gas ultravioleta relativista debería haberse ionizado por completo antes de alcanzar el 30% de la velocidad de la luz. Cuando el gas pierde sus electrones, pierde su capacidad de interactuar con la luz UV, lo que teóricamente debería limitar la velocidad máxima que estas corrientes de gas ionizado pueden alcanzar.
Para resolver este enigma, los astrofísicos plantean que el gas expulsado podría estar protegido de la radiación ionizante directa por una pantalla densa de material intermedio situada cerca del disco de acreción, o bien que los campos magnéticos del agujero negro juegan un papel de confinamiento mucho mayor de lo estimado. Por tanto, el estudio del cuásar J2318 obliga a revisar las simulaciones de evolución galáctica e invita a profundizar en el análisis espectroscópico de cuásares variables. El equipo de investigadores continuará buscando objetos extremos para determinar si J2318 es la punta del iceberg de una nueva familia de cuásares relativistas variables.
Referencias
- Seaton, L. M., Hall, P. B., Rodríguez Hidalgo, P., et al. (2026). A New Member of the Fast and Furious Family: A Relativistic and Time-Variable UV Outflow in a Luminous Quasar. The Astrophysical Journal, 1004(1). DOI: 10.3847/1538-4357/ae5f94
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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