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¿Juega Dios a los dados?

📅 🕐 02 Abr 2026🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 6 min de lectura
¿Juega Dios a los dados?
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Albert Einstein murió en 1955 y Niels Bohr, siete años después. El tiempo transcurrido desde entonces equivale a tres generaciones, pero la polémica que mantuvieron a lo largo de su vida no sólo sigue abierta, sino que también carece de respuesta. La noche antes de morir, Bohr dibujó en una pizarra un diagrama que pretendía contradecir las tesis de Einstein. Ambos mantenían interpretaciones opuestas e incompatibles sobre las leyes de la física y la estructura de la materia. Su desacuerdo estaba centrado en si vivimos en un universo regido por leyes en el que el azar no juega ningún papel o si, por el contrario, los procesos físicos están sometidos a la incertidumbre y son, por tanto, imprevisibles. Einstein, el padre de la teoría de la relatividad, sostenía que «Dios no juega a los dados». Afirmaba que el espacio, el tiempo y la materia, tres magnitudes íntimamente vinculadas, están regidas por leyes comprensibles por la razón y formulables matemáticamente, tal y como había hecho Newton.

El físico danés Niels Bohr, hijo de un pastor luterano, recibió en 1922 el premio Nobel por sus trabajos sobre la estructura de los átomos. Bohr, junto a Planck y Heisenberg, sentó las bases de la física cuántica, cuya atención se centra sobre las partículas más elementales de la materia. Sin entrar en las complejidades de esta revolución científica, lo esencial es que el comportamiento de las partículas subatómicas no sólo no es previsible, sino que además está regido por la indeterminación y el azar.

El desarrollo de la física cuántica supuso la existencia de dos metodologías incompatibles y excluyentes para interpretar la materia. La puerta abierta por Einstein servía para predecir los fenómenos a gran escala del Universo, pero no era capaz de explicar el comportamiento de partículas como los quarks. El modelo de Bohr ofrecía respuestas a nivel del reino de lo invisible, de las estructuras atómicas, en contradicción con los postulados de la física clásica. Por ello, la ciencia entró en un callejón sin salida que todavía hoy nos desconcierta.

Si Einstein tenía razón y el Universo opera según leyes predecibles, Dios efectivamente no juega a los dados. Todo está regido por un orden en perpetua evolución, con reglas inmutables. Responde a la concepción de Leibniz de que el mundo cosmológico funciona como el mecanismo preciso de un reloj. Y si existe un reloj, es razonable suponer que hay un relojero que lo ha creado y lo ha dado cuerda. Einstein, que afirmó que creía en el Dios de Spinoza, no se habría sentido incomodo con esta idea.

Ello resulta incompatible con la física cuántica, que afirma que sólo es posible predecir los fenómenos físicos en término de probabilidades, jamás de certeza. Por lo tanto, el Universo está, al menos en parte, sometido al azar. Para comprenderlo, podemos recurrir al gato de Schrödinger, que está vivo y muerto dentro de la caja. Sólo al abrir la tapa se materializa uno de los dos estados. Lo que la física cuántica establece es que hay en la naturaleza una superposición de estados que sólo se decanta mediante el acto de la observación.

Esto tiene muchas implicaciones, pero la primera es que el comportamiento de los átomos derriba la filosofía de Descartes, vigente hasta el siglo pasado, que establecía la separación entre el espíritu o res cogitans y la materia o res extensa, separadas por un muro infranqueable. Descartes llegó a sostener que las propiedades secundarias de los objetos como el color son puramente subjetivas, que sólo existen en nuestra mente. La física cuántica abole toda distinción entre el observador y el fenómeno, entre la materia y el entendimiento.

«Por ahora no hay ocasión ni motivo para hablar de causalidad en la naturaleza», concluyó Von Neumann. Algo que concuerda con la afirmación de Bertrand Russell, que en su debate sobre Dios con un jesuita inglés señaló que carece de sentido pensar que el Universo tiene una causa.

Aquí hemos llegado al núcleo esencial de la cuestión: si todo lo que existe no tiene una primera causa, si lo que sucede está sometido al azar y si no es posible predecir el futuro porque estamos regidos por la incertidumbre, la idea de un Dios creador y previsor se derrumba. La existencia de un Hacedor exige unas leyes que excluyen el azar. Pero eso contradice la física de las partículas, que llevaría a la conclusión, según Bohr y Planck, de que la materia es algo indeterminado. Para resolver esta contradicción, Wolfgang Smith, físico y matemático austriaco, sostiene que el Universo funciona de una manera similar al hilemorfismo de Aristóteles. El sabio griego distinguía entre la materia y la forma, entre el mármol y la figura que labra el escultor. La materia, el sustento de todo lo que existe, tiene diferentes potencialidades que se expresan en la forma. Podemos suponer, por tanto, que la materia es moldeable dentro de un limitado número de posibilidades.

Lo que afirma Smith devuelve la posibilidad no ya de un Ser Supremo relojero y previsor, sino de un Dios que ha dejado abiertas una serie de puertas que pueden ser cruzadas o no. Según esta teoría, la evolución de las especies sobre el planeta habría sido una combinación del azar con la necesidad. No estaba prevista como tal, pero tampoco excluida por las leyes de la física cuántica.

Todo esto nos lleva al terreno de la metafísica en la medida en que el asunto no puede zanjarse de una manera científica. No olvidemos que los modelos de la física expresan de una forma matemática el comportamiento de los cuerpos, los mayúsculos y los infinitamente pequeños, pero no dejan de resultar un lenguaje, digamos una simulación teórica de lo real. En última instancia, la física no es la realidad, es sólo un instrumento para comprender el mundo. Y es cierto que todavía no sabemos lo que no sabemos. Por eso carece de respuesta concluyente cualquier pregunta sobre Dios.

La conclusión es que el ateísmo, la fe y el agnosticismo son elecciones personales. La ciencia no se inclina hacia ninguna de las opciones porque la física mantiene abiertas importantes preguntas sobre la naturaleza de la materia. Si, como aseguraba Stephen Hawking, el origen de la materia es una leve oscilación de la nada, poco podemos avanzar porque nadie puede explicar qué es la nada. Dios es un enigma sin respuesta.

Artículo publicado en el diario ABC de España

Fuente de TenemosNoticias.com: www.elnacional.com

En la sección: EL NACIONAL

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Etiquetas:dadosDiosjuega

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