Desde la ficción y con varias licencias literarias, el escritor y periodista colombiano Jacobo Solano reconstruyó uno de los hechos criminales más impactantes de los últimos años: la masacre de los cuatro integrantes de la familia Lora, reconocidos pastores cristianos, en un restaurante de Aguachica (Cesar), en diciembre de 2024, y su conexión con el mundo del narcotráfico a través de un personaje conocido como ‘la Diabla’. Su nuevo libro se titula ‘La Diabla del clan’.
Jacobo Solano Cerchiaro vive en Italia. Como periodista y columnista ha publicado ocho libros con diferentes enfoques: la novela ‘La Maldición de Fiorella Moratti’; sobre investigación folclórica están la serie ‘Juglares Contemporáneos I y II’; ‘Diomedes Díaz: el Ídolo’, y ‘Hermanos Zuleta: una historia cantada’. También incursionó en la literatura infantil con los cuentos ‘Los Totumos Mágicos’, y en el campo de la denuncia ambiental con el libro ‘Río Guatapurí: Caudal de Sueños’.
En ‘La Diabla del clan’ «cuento cómo es la relación de los protagonistas con la brujería y la santería, el modus operandi de las bandas del narcotráfico en conexión con estamentos políticos, militares y judiciales. Cómo funciona el clan del Golfo por dentro y quiénes son sus aliados en el exterior. Las rutas del narcotráfico y su salida desde Colombia, y cómo opera la logística desde el laboratorio hasta el puerto de embarque, incluyendo los métodos violentos que usan para lograr sus objetivos”, explica el autor, también documentalista, pintor y diseñador gráfico.
A continuación, reproducimos el primer capítulo de ‘La Diabla del clan’, de Jacobo Solano, que está disponible en su edición física en Amazon.
Portada de la novela ‘La Diabla del clan’. Foto:Cortesía del autor
Capítulo 1- Los sueños rotos de una niña
El sol apenas asomaba su fuego tímido sobre el horizonte del río Magdalena, tiñendo de oro pálido las aguas turbias y eternas del norte de Colombia. En medio de ese paisaje húmedo y ancestral, una pequeña lancha cortaba la calma matutina. A bordo, Jaiber —un hombre de rostro curtido por el viento y los años, de manos ásperas como la corteza del árbol de algarrobillo— regresaba con su hija Paula tras una larga faena de pesca. Era época de subienda, y el río parecía generoso esa mañana: aún se oía el aleteo moribundo de los peces atrapados en la atarraya, que yacía enredada en el fondo de la embarcación, junto a un machete oxidado, un galón de gasolina y una cava blanca de icopor que transpiraba sal y sudor.
—Papá, ¡qué bien nos fue esta mañana! —dijo Paula, con una sonrisa que se abría como flor de mayo. Era una muchacha de mirada clara y cabello liso, casi del color de la miel de abeja del campo. Tenía la frescura de quien apenas empieza a mirar el mundo, y en su voz vibraba una mezcla de ternura y esperanza: esa esperanza ingenua que crece, incluso, en los rincones más olvidados por el país.
—Sí, hija… Hoy es un gran día. Vamos a comprar todo para celebrar tus quince años —respondió Jaiber, mientras giraba el timón y empujaba la lancha río abajo, rumbo al puerto de Gamarra, en el sur del Cesar.
Paula le tomó la mano con cariño. La apretó fuerte, como si con ese gesto pudiera guardar ese momento para siempre. Estaba feliz. Sus padres habían prometido hacerle una pequeña reunión con sus amigas del colegio, en su humilde casa del barrio El Carmen, una zona pobre, de calles polvorientas, donde la gente resistía al olvido con trabajo y dignidad.
En el improvisado puerto, solo cuatro botes descargaban sus cargas. Jaiber amarró su lancha a uno de los postes de madera vieja, recogió la atarraya aún húmeda y guardó, con cuidado casi ritual, los frutos de la pesca: doce bagres robustos, ocho bocachicos y unas cuantas sardinas, que depositó sobre hielo en la cava. Luego, empujó su carreta por un sendero polvoriento que conducía al mercado donde solía vender. De pronto, una camioneta oscura apareció en el camino, avanzando como una sombra en medio del sol. Sus vidrios polarizados ocultaban rostros, intenciones, silencios. El vehículo se detuvo a su lado. El vidrio de una ventanilla descendió con lentitud, y desde el interior lo llamó una voz gruesa, seca:
—¡Jaiber!
—Sí… a la orden —respondió él, desconcertado, sujetando con firmeza su cava.
Entonces, como surgidos de la nada, descendieron cuatro hombres armados hasta los dientes. Lo tomaron sin previo aviso. Jaiber intentó resistirse, más por instinto de conservación, que por valentía.
—¡Un momento, un momento! ¿A dónde me llevan? ¿Qué pasa? —preguntó, con el rostro descompuesto.
—¡Cállese y camine! —gruñó uno de los hombres, encajándole el cañón de una pistola en la sien, mientras otro lo sujetaba por la nuca como a un animal.
—Papá, ¿quiénes son estos hombres? —preguntó Paula, con voz temblorosa, paralizada por el miedo, los ojos abiertos como dos faroles encendidos en plena oscuridad.
—Tranquila, hija… esto es un malentendido. Ya regreso. Anda a casa y avísale a tu mamá.
Sus palabras fueron un susurro de valor en medio del caos. En ese instante, le colocaron una capucha negra en la cabeza y lo empujaron al platón de la camioneta. La escena quedó suspendida, flotando en el aire caliente del mercado. Algunos testigos miraron de reojo, otros bajaron la cabeza. Nadie dijo una sola palabra. Todos sabían: eran los paramilitares. La guerra invisible que se libraba en esa región del país tenía reglas silenciosas, y una de ellas era el miedo. Paula, al ver la camioneta alejarse, soltó un grito que desgarró la mañana: —
¡Papáaaaaaaaaaaaaaaa! ¡No me dejes!
Se arrodilló sobre la arena caliente, como si el cuerpo no le respondiera más, y se cubrió la cabeza con las manos, rota en llanto, mientras la lancha —su lancha— seguía meciéndose en el río, como si el agua también estuviera llorando.
Una mujer que vendía arepas de huevo en un improvisado puesto frente al mercado soltó, sobresaltada, el trinche en el caldero de aceite hirviendo. El vapor le empañó el rostro mientras se limpiaba las manos con el delantal manchado de masa. Sin dudarlo, se acercó a la adolescente que, apenas al día siguiente, cumpliría quince años. La tomó suavemente del brazo, como quien recoge una flor caída, y le dijo con voz firme pero compasiva:
—Levántate, hija… Vamos a tu casa. Paula, todavía en estado de shock, caminaba como arrastrada por el viento. Durante el trayecto, le preguntaba una y otra vez a aquella mujer por qué se habían llevado a su padre. No obtuvo respuesta, solo el apretón silencioso de una mano que temblaba. Al llegar a casa, vio a su madre en la puerta. No necesitó decir nada. Rompió en llanto como si se le rompiera el alma.
—¿Paula? ¿Qué te pasó, hija? —preguntó Gloria, la madre, con el rostro demudado.
Paula no podía hablar. El cuerpo no le respondía. Fue la señora del puesto de arepas quien se atrevió a dar la noticia. Madre e hija se fundieron en un abrazo inconsolable, una sola fuerza de dolor apretado por la ausencia del hombre de la casa.
A Jaiber lo sacaron del pueblo por trochas que parecían heridas abiertas en la tierra. Después de más de una hora de recorrido entre saltos, polvo y silencio, llegaron a un campamento paramilitar en las laderas ocultas de la Serranía del Perijá. Allí, en una tienda improvisada entre la maleza y los árboles, lo esperaba un hombre conocido en la zona como “Comandante Jhon 45”, quien, al tenerlo enfrente, le arrancó la capucha negra con un gesto de desdén.
—¿Usted sabe por qué está aquí?
Jaiber tragó saliva, tenía el corazón desbocado. Los ojos se le salían de las órbitas y su mente estaba nublada por los sucesos. Con voz temblorosa respondió:
—No… no sé qué está pasando.
—Ah, ¿no sabe? Pues le recuerdo: usted transportó en el último mes a enemigos nuestros. Y tenemos información de que trabaja para ellos. Además, mucha gente en el pueblo dice que usted le pasa datos a la guerrilla para que extorsionen. ¿Entonces?
—No, señor… Yo solo transporto gente en el río para ganarme la vida. No paso información a nadie.
—¿Usted cree que yo tengo los dientes de leche? —expresó Jhon 45 con ironía—.
Llévenselo y le dan una lección. —¡Por favor, señor! ¡Le juro que digo la verdad! Tengo familia… ¿Qué me van a hacer?
Dos paramilitares, vestidos de camuflado y con los fusiles terciados a la espalda, lo sujetaron sin mirarlo a los ojos. Lo subieron a una camioneta blanca con platón, rumbo a un destino desconocido. Al día siguiente, Paula despertó sin haber dormido. Tenía los ojos enrojecidos, los pensamientos revueltos. Su madre entró temprano a la habitación con una sonrisa forzada.
—Feliz cumpleaños, mi amor… Pero Paula ni siquiera respondió. Se incorporó como empujada por una urgencia invisible, se bañó, se vistió y salió al comedor donde su madre asaba arepas sobre una paila caliente.
—¿A dónde vas, hija? —preguntó Gloria.
—Mamá… necesito buscar ayuda. Tengo que saber dónde está papá. —Pero, hija, cálmate… No podemos hacer nada. Ayer ya buscamos por todas partes.
—Lo sé, pero tengo que volver. ¡Algo tiene que saberse! ¡Adiós!
—¡Paula, no te vayas a meter en más líos! ¡Por lo menos desayuna!
Paula tiró la puerta tras de sí. Su vínculo más profundo siempre había sido con su padre. Su madre, endurecida por los años y los maltratos, rara vez mostraba ternura. Paula se dirigió a la estación de Policía. Le dijeron que estaban “investigando”, pero el desinterés era evidente. En el pueblo no había oficina de la Defensoría del Pueblo ni de la Procuraduría. Denunciar era casi imposible. Las horas pasaban. El sol caía a pedazos sobre las calles desoladas. La zozobra la consumía. Al salir de la estación, con el alma hecha polvo, se le acercó un joven que trabajaba como mototaxista, un viejo amigo del colegio.
—Oiga, Paula… supo que por allá en la curva del Oso, bien arriba, apareció un hombre muerto. Paula se le quedó mirando, petrificada.
—¿Cómo así? ¿Es mi papá?
—¡No, no! Yo no he dicho eso. Solo que… allá arriba en la trocha hay un muerto. No sé si quiera ir a ver…
—¿Sabe qué? Llévame a la Fiscalía. Quiero saber si ellos van a hacer el levantamiento.
Montada en la moto, llegaron hasta la sede local de la Fiscalía. Tuvieron que esperar. Los funcionarios estaban almorzando. Cuando por fin una fiscal la atendió, Paula entró a una oficina sofocante, sin ventilación, donde el aire acondicionado llevaba meses dañado. La funcionaria, abrumada por una montaña de carpetas, apenas levantó la vista mientras escuchaba su súplica. —Mire, niña… en esa zona no podemos subir. Hay enfrentamientos muy fuertes. Cuando la situación esté bajo control, iremos.
—Señora, por favor… ¡Ayúdeme! ¡Se lo pido por Dios!
La fiscal la miró con fastidio, mientras organizaba las carpetas en un viejo estante que parecía desarmarse.
—Le digo que no. Cuando sea posible, se hará. Mientras tanto, retírese de mi despacho.
—¡Usted no está cumpliendo con su trabajo! ¡La voy a denunciar! Dijo Paula y alzó la voz:
—Haga lo que quiera. Y me hace el favor… ¡salga ya!
Paula salió con las lágrimas brotando, como si la vida se le derramara por los ojos. Estaba desesperada. El presentimiento de que aquel cuerpo en la trocha era el de su padre se volvía más fuerte. Corrió hacia su amigo mototaxista.
—¡Llévame a la curva del Oso! ¡Por favor! ¡Los del CTI no quieren hacer el levantamiento y yo… yo necesito saber si ese cadáver es mi papá!
—Hasta la curva del Oso no entro. Eso está caliente. Mucho plomo por allá. Pero te dejo en el Cañón de la Llorona… De ahí caminas media hora.
—¡Hágale, vamos! —dijo Paula, y se montó en la moto con el corazón latiéndole como una locomotora a vapor.
Subieron por las laderas que serpenteaban entre la Serranía, donde la guerra entre paramilitares y guerrilleros seguía brotando como una herida abierta en el monte.
Al llegar al Cañón de la Llorona, Paula descendió de la moto y se despidió con un gesto de su amigo mototaxista. Empezó a caminar monte adentro, con los nervios crispados y el corazón latiendo con más fuerza. No había un alma en el lugar, solo el canto lejano de los pájaros y los sonidos profundos del monte la acompañaban en ese ascenso a lo desconocido. Rezaba en silencio, suplicando que el cadáver del que hablaban no fuera el de su padre. Cada paso era una punzada de angustia.
De pronto, un campesino apareció montado en una mula. Se detuvo al verla. —Señorita, ¿qué hace por aquí? Esta zona es muy peligrosa —le advirtió con preocupación. Paula, sin contener las lágrimas, le explicó la razón de su presencia. El campesino la miró con compasión y le dijo que subiera a la mula, que la arrimaría un poco más. Ella, con dificultad, aceptó la ayuda. El trayecto se acortó gracias al trote lento del animal.
A lo lejos, comenzaron a divisar una bandada de gallinazos revoloteando en círculo. El campesino se detuvo y Paula bajó de un salto. Echó a correr, desesperada por ver el rostro del cuerpo que yacía boca abajo sobre la tierra reseca. Los gallinazos alzaron vuelo al percibir su presencia. Paula volteó el cadáver con manos temblorosas. Sobre una mancha seca de sangre, reconoció la camisa amarilla, el pantalón marrón… y el rostro hinchado de su padre.
—¡Papá noooooo! ¡No me dejes sola! —gritó con un dolor tan profundo que pareció partir el silencio del monte en mil pedazos.
Era Jaiber. Tenía un ojo abierto, el otro cerrado; su cabello mezclado con sangre y tierra. Le habían disparado dos veces en la cabeza y tres en el pecho. No hubo misericordia. El campesino, con el sombrero en la mano, se acercó con cautela.
—Tranquila, joven… son los designios de Dios.
—¡No! ¡Esto no fue Dios! ¡Fueron unos malditos asesinos! ¡Mi papá era un hombre bueno!
—Lo sé, señorita. Pero lo mejor es que regrese al pueblo para que hagan el levantamiento del cadáver.
—La Fiscalía no quiere subir… por favor, ayúdeme a enterrarlo, se lo imploro. Mire cómo ya los gallinazos se lo quieren comer…
—Señorita, entiéndame, no puedo. Aquí el monte tiene ojos. Si me ven enterrando ese cuerpo, vienen por mí. Esta zona está muy caliente —dijo con voz temblorosa, atrapado entre la compasión y el miedo.
—¡Por favor, se lo ruego! —Paula se arrodilló ante él.
—Levántese… yo no soy Dios. Ya le dije, no quiero meterme en problemas —respondió el hombre, endurecido por años de sobrevivir en tierra de nadie.
—Entonces présteme el pico y la pala que lleva ahí. Yo misma cubriré a mi papá —dijo con la voz rota.
‘La Diabla del clan’ está disponible a través de Amazon. Foto:Cortesía del autor
El campesino, vencido por la conciencia, le entregó las herramientas y una soga. Luego se alejó en silencio, sin mirar atrás para no conmoverse. Paula, con el alma desgarrada, comenzó a arrastrar el cuerpo entre los matorrales. Sabía que no podía dejarlo a merced de las aves de rapiña porqué seguro le sacarían los ojos. Caminó unos cien metros hasta encontrar una hondonada. Allí, con manos débiles y el corazón roto, comenzó a cavar. Cada palada era un lamento. Cada golpe del pico, una herida más en su espíritu.
—Papá… sé que querías celebrar mis quince… se fueron todos nuestros planes… pero aquí estoy, contigo, dándote sepultura… porque te amo. Te amaré siempre —le decía entre sollozos mientras echaba tierra sobre su cuerpo.
Estaba terminando de cubrir el cadáver cuando escuchó pasos. Al voltear, vio al campesino que regresaba.
—Señorita… déjeme ayudarla —dijo, conmovido por el valor de la joven. No alcanzó a dar más de tres pasos cuando la tierra bajo sus pies estalló. Una mina antipersona lo lanzó por el aire. Paula gritó, paralizada. El campesino yacía en el suelo, su pierna derecha arrancada de tajo, la otra colgando de un hilo de carne.
—¡Ayúdeme! ¡No me deje morir! —gritaba él, ahogado en dolor.
Paula, temblando, comprendió que estaba en un campo minado. No podía moverse con libertad. El campesino comenzó a desangrarse, su voz se apagaba. No había nada que hacer. Ella debía salir de allí antes de convertirse en la siguiente víctima. Con lágrimas en los ojos, le dio la última palada a la tumba improvisada, hizo una cruz con dos palos que ató con la soga, la clavó sobre la tierra y comenzó a caminar con extremo cuidado. Al llegar de nuevo a la trocha, miró atrás. Se detuvo un momento, talló una marca en un árbol para recordar dónde había enterrado a su padre y siguió su camino hacia el pueblo.
Nadie quiso ayudarla. Nadie se atrevía a subir hasta la zona. Volvió a casa, deshecha.
—Paula, ¡usted es muy inconsciente! —le reclamó su madre al escuchar la historia.
—¡Pero mamá, era el cadáver de mi papá!
—Deje que las autoridades resuelvan eso —respondió Gloria, con una frialdad que heló el alma de su hija.
—Usted es una desalmada —dijo Paula, y corrió a encerrarse en su cuarto. En el fondo, Gloria se había quitado un peso de encima.
Jaiber, cada vez que bebía, la golpeaba. Le guardaba un rencor silencioso, como una espina enterrada en la carne. Tres días después, cuando cesaron los enfrentamientos y el Ejército aseguró el paso, la Fiscalía entró al monte. Paula los acompañó y guió a los funcionarios. Ya no había un solo cadáver, sino dos: el de su padre y el del campesino. Un equipo especializado en explosivos los desenterró con sumo cuidado.
El cuerpo de Jaiber fue depositado en una bandeja metálica y llevado en una camioneta rumbo al pueblo. Allí lo esperaban sus compañeros pescadores, que le hicieron una calle de honor con atarrayas y cañas. Fue sepultado con honores humildes, en el cementerio del pueblo.
Durante el sepelio, Paula solo tenía una palabra repitiéndosele en la mente: venganza. Aunque sabía, muy en el fondo, que enfrentarse a un ejército armado era una utopía… por ahora. Pasaron los días, y Paula volvió a la escuela. Estaba cursando undécimo grado, con el sueño de graduarse de bachiller, un logro que siempre quiso celebrar con su padre. Pero él ya no estaba. Su ausencia se había convertido en una herida que no cerraba, una sombra constante en su andar.
Recordaba sus palabras: “Haré todo lo posible para que seas profesional, para que salgas adelante, hija”. Pero el destino se lo arrebató justo en la edad más vulnerable, cuando una mujer apenas empieza a entender el mundo y más necesita el cobijo de su padre. Paula pasaba largas horas en la casa de su abuela Irasema, una mujer enigmática que se dedicaba a las ciencias ocultas: leía las cartas, el tabaco, hacía trabajos esotéricos y era temida y respetada en el pueblo. Pero ni los conjuros de la vieja podían aplacar el odio que Paula llevaba en el pecho. La idea de vengarse no dejaba de rondar su cabeza.
Por las noches lloraba a escondidas, abrazada a su hermano menor, Javier, mientras el recuerdo de su padre la enternecía con una mezcla de ternura y rabia.
Un día, mientras lloraba en su cuarto, su madre entró furiosa.
—¡Ya, Paula, deje esa lloradera! Han pasado más de dos meses y usted sigue con esa cantaleta. Se va a enfermar. Paula se levantó como una fiera herida.
—¿Sabe qué pienso, mamá? Que usted no quería a mi papá —dijo con la voz temblorosa pero firme.
—¡Niña insolente, cállese! —gritó Gloria mientras le lanzó un trinche caliente, recién sacado del caldero de los patacones.
Paula logró esquivarlo y salió corriendo, entre lágrimas, rumbo al colegio. Ya no era la misma. Y su madre no podía —o no quería— comprenderla. Aquella mañana fue dura; encontró algo de consuelo en una profesora que se había convertido en su refugio, pero la fractura con su madre era cada día más profunda.
Cuando regresó a casa al mediodía, se encontró con una escena que le revolvió el estómago: Gloria estaba en el patio tomando trago con un hombre extraño.
—Mamá, ¿qué hace ese señor aquí? —preguntó Paula, molesta.
—¡Cálmese! Yo hago con mi vida lo que me da la gana —respondió su madre con tono desafiante.
—¡Así se habla, mi amor! —dijo el tipo, ebrio, con una sonrisa torpe.
—¡Usted cállese, viejo imbécil! —Paula estaba al límite.
—Paula, respete a Julián. Él es mi novio —dijo Gloria, abrazando al tipo como si fuera un trofeo.
—¿Sabe qué, mamá? Usted no tiene alma. Mi papá murió engañado por usted.
—¡No le voy a permitir escenas en mi casa! Si no le gusta, ya sabe lo que tiene que hacer.
Paula se fue llorando a su cuarto. La casa le quedaba grande, o quizá demasiado chica para tanto dolor. No quería seguir viviendo bajo ese techo donde la indiferencia y el vicio gobernaban. Aquella noche fue de perros. La fiesta siguió, con música, alcohol y hasta marihuana. El hombre de su madre fumaba porros entre risas mientras la joven se abrazaba con su hermano en el estrecho cuarto que compartían. Solo tenían el uno al otro. Los días pasaron y Paula empezó a comportarse con rebeldía. Perdió interés en estudiar y se juntó con muchachos de mala fama. Fue uno de ellos quien la llevó, sin saberlo, a una encrucijada. La condujo a las afueras del pueblo, donde conoció a un hombre de mirada dura y pistola sobre la mesa. Era un guerrillero.
—Sabemos lo que los paracos le hicieron a tu padre —le dijo sin rodeos, moviendo la pistola con la mano.
Paula lo miró, entre asombro y rabia.
—Tú debes vengar su muerte. Y la única forma de hacerlo es uniéndote a nosotros. Aquí te podemos dar todo el apoyo. Ese hombre había leído sus pensamientos más oscuros.
Paula le pidió tiempo para pensarlo y salió de allí como quien huye de un destino anunciado. Recordó el rostro de su padre ensangrentado, el cadáver del campesino, la cruz hecha con sogas en medio del monte. Pero también sabía que no estaba preparada. Tenía apenas pocos años, y el odio la estaba empujando a un abismo.
Una semana después, tras noches sin dormir y días sin paz, volvió sola al lugar. El sol era despiadado, y el camino largo, pero sus pasos eran decididos. Al llegar, lo encontró en la misma silla, esperando.
—Acepto la propuesta —dijo sin vacilar. El hombre se levantó, le estrechó la mano con fuerza.
—Has tomado la mejor decisión. Vas a luchar por tu país. Vamos, te llevaré al campamento para que empieces el entrenamiento.
—Un momento. No vine para quedarme ya. Necesito recoger unas cosas y hablar con mi madre.
—Entiendo. No traigas nada. Allá te daremos lo necesario. Te espero mañana, después del mediodía.
Paula regresó con el alma hecha trizas. Debía enfrentar a su madre y contarle todo. Gloria la esperaba con el almuerzo servido. Al verla tan rara, le preguntó qué le pasaba. Paula tomó agua de un vaso plástico reusado de margarina Mavesa, apartó el plato y le soltó la verdad.
—¡¿Quéeee?! ¿Te volviste loca? ¿Cómo se te ocurre eso?
—Mamá, estoy cansada. Ya mi papá no está. No tengo futuro en este pueblo. Quiero que esos asesinos paguen.
—¡No digas estupideces! Yo no quiero tener una hija guerrillera. ¿Quieres que nos maten a todos?
—¡Pero mamá! —gritó Paula, manoteando la mesa.
—¡Nada de “pero mamá”! Y a mí no me manoteas. No quiero más problemas. Apenas se enteren los paracos, me matan a mí también. ¿Eso es lo que quieres?
Paula se fue al patio a llorar, lejos de la mirada de su hermano. Minutos después, Gloria salió a buscarla.
—Hija, sé que te he tratado mal. Pero también entiéndeme, todo esto ha sido muy duro. Me siento sola. Pero prométeme que no te vas a ir con esa gente.
Paula, por primera vez, vio a su madre con ojos distintos. Le creyó. Y aunque el corazón le pedía otra cosa, le prometió que no se iría. No fue una decisión fácil. Pero quizás fue la más sensata. Y con ese acto, madre e hija, tan heridas y distintas, comenzaron a tender los primeros puentes de una reconciliación que ambas necesitaban. Cuando amaneció, el sol apenas se asomaba entre las tejas caladas del barrio, filtrando su luz tímida por la ventana de madera desvencijada. Paula, desvelada y con los ojos hinchados por la vigilia, se asomó en silencio, buscando respuestas que no estaban ni en el cielo ni en la tierra. La noche anterior le había robado el sueño con la angustia de decidir si asistir a la cita con el comandante o no volver jamás. Su madre, que la observaba desde el fogón, notó la duda dibujada en su rostro.
—Hija, fue la mejor decisión que tomaste —le dijo con una serenidad nueva en la voz—. Más bien acompáñame al mercado, tengo que comprar unas cosas.
Paula aceptó. Salir de casa, cambiar de ambiente, distraerse. Quizá así las sombras que la acosaban desde dentro se disiparían. Caminaron por las calles polvorientas, compraron frutas, verduras y luego fueron al puerto, donde los pescadores ofrecían bocachico fresco recién sacado del río. Allí, entre los botes amarrados y el olor a agua estancada, Paula no pudo contener el llanto: recordaba a su padre, al pescador de manos ásperas que tantas veces la llevó a ese mismo sitio. Gloria, queriendo consolarla, le preparó su plato preferido: una viuda de bocachico con yuca y limón. Fue un día diferente, de esos en los que la vida parece dar tregua.
Pero la calma en tierras violentas es siempre el preludio de una tormenta. Una semana después, ya cuando Paula comenzaba a sentirse más tranquila, llegaron dos hombres en moto. Se detuvieron frente a la casa al anochecer, con los cascos colgando del manubrio y la mirada fija. Paula los vio desde la ventana y, sin pensar, le hizo una seña a su madre para que dijera que no estaba. Gloria salió con el corazón agitado. —Dígale a Paula que nos dejó esperando. El comandante la espera mañana a la misma hora —dijo uno de los hombres sin bajarse de la moto.
Gloria quiso responder algo más, pero ellos ya arrancaban con un rugido que dejaba polvo en el aire. Paula, en shock, comprendió que no cumplir con su palabra había sido un error. Aquella gente no era de las que se olvidan. Su rostro palideció.
—Mamá… debo hablar con ellos. Decirles que ya no voy a ir —susurró. —¡No seas boba! Esa gente es muy peligrosa. Si vas, te pueden secuestrar. Yo los conozco —dijo Gloria, temblando.
—¿Entonces qué hacemos?
—Vamos donde la policía.
—¡Eso es peor! —respondió Paula. Su voz se quebró.
No había salida fácil. Al amanecer siguiente, Gloria decidió llevarla donde Irasema, su madre, la mujer sabia del pueblo. Al verla, Paula se le lanzó al cuello, llorando como una niña.
—¿Qué pasa, mija? ¿Qué le hicieron?
—Ay, mamá —dijo Gloria—. Paula lo único que me da es problemas. Quiero que le leas las cartas.
—Siéntate, hija. Parte la baraja.
Paula lo hizo con manos temblorosas. Irasema colocó una a una las cartas sobre la mesa. Primero apareció el tres de bastos. Luego el cuatro de espadas. Ni una sola carta de oro. El ceño de la anciana se frunció.
—Esta niña tiene cartas muy peligrosas. Mira este caballero de espadas… la desea, pero no tiene buenas intenciones.
—Lo sabía… —dijo Gloria, clavando las uñas en la palma.
—Debes llevarla donde Gertrudis, en Aguachica. Mira estas cartas… esta gente viene en camino.
—Nos vamos mañana —sentenció Gloria.
—Déjame asegurarla —dijo la vieja Irasema, encendiendo una vela sobre el mantel de hule. Murmuró oraciones en voz baja, trazó signos con aguardiente y le ató una cuerda al tobillo con una piedrita de cornelina. Antes de regresar a casa, pasaron donde Silvio, el hermano de Gloria, para ver si conocía a alguien en la guerrilla que intercediera. Pero el hombre negó con la cabeza.
—Es mejor que esta noche me quede con ustedes. Esto se puso feo. Al caer la tarde, el comandante urbano, que ya había esperado dos veces en vano, dio la orden con los ojos plagados de rabia.
—¡Me la traen como sea! ¿Acaso cree que somos idiotas?
Esa noche, Paula sintió de nuevo el rugido de las motos. El corazón le dio un salto. No esperó. Corrió al patio y se zambulló en la alberca, aferrándose a un tubo de PVC para respirar bajo el agua. Las motos se detuvieron frente a la casa. Tres hombres armados irrumpieron rompiendo la puerta de una patada.
—¿Dónde está Paula? —gritó uno, apuntando con un revólver.
—No está. Se fue a la capital —mintió Silvio.
—¡Cállese, viejo hijueputa! —le respondió el hombre, y con el cañón de la pistola le partió la cabeza de un golpe seco.
Gloria gritó. Los hombres comenzaron a revolcarlo todo: camas, escaparates, la alacena. Uno fue al patio con una linterna, pero Paula, sumergida, apenas respiraba a través del tubo, con el alma hecha trizas. No la encontraron.
—Dígale que no se esconda. Tarde o temprano la vamos a encontrar. Tiene que cumplir.
Se fueron dejando una casa destrozada. Paula salió empapada, llorando, muerta de frío y de miedo. Al ver a su tío ensangrentado, se arrodilló y dijo:
—Mañana voy y les doy la cara. Me toca irme con esa gente.
—¡Ni lo sueñes! —gritó Gloria con una fuerza de madre desesperada. ¡No te vas con ellos!
—Sí, hija, mire lo que me hicieron. Esa gente es mala —dijo Silvio, apretando una bolsa con hielo sobre su cabeza.
—Mañana te vas para donde Gertrudis. Prefiero verte lejos, que muerta.
A la medianoche, empacaron lo necesario en un pequeño maletín. Salieron por el patio sin hacer ruido y se fueron a dormir donde la vieja Irasema. Ella, sin hacer preguntas, les preparó una oración, un baño con hojas, chirrinche, alcanfor y hierbas que Paula no reconoció. Al poco rato, cayó en un sueño profundo, como si por fin el cuerpo agotado encontrara un poco de tregua. A eso de las cinco de la mañana, Paula y su madre salieron de Gamarra en el viejo carro de don Fabio, un hombre curtido por los años y los viajes, que hacía recorridos a la ciudad de Aguachica. Paula iba cubierta con una mantilla negra que apenas dejaba entrever sus ojos. El silencio espeso de la madrugada las envolvía. Iban tensas, como dos fugitivas del destino, sabiendo que en cualquier momento podían toparse con un retén de la guerrilla. Mientras tanto, Fabio buscaba una emisora que le complaciera con uno de esos vallenatos viejos que lo hacían sentir vivo.
Después de un trayecto breve pero agitado, arribaron a Aguachica, una ciudad de tránsito intenso y comercio frenético. Era un enclave estratégico: punto neurálgico por donde circulaban toneladas de cocaína provenientes del Catatumbo y de paso obligado hacia la costa Atlántica. En aquella ciudad vivía Gertrudis, la hermana mayor de Gloria, una mujer trabajadora y recia. Al verlas llegar sin aviso previo, Gertrudis no pudo ocultar su sorpresa. Gloria no tardó en explicarle la situación.
—Tranquila, aquí nadie la va a encontrar… aunque espero que no me cause problemas ahora a mí —dijo la tía, con media sonrisa.
La tía y la sobrina se fundieron en un abrazo largo, silencioso, que marcaba el inicio de un nuevo capítulo. Paula sintió cómo la melancolía se le anudaba en la garganta: abandonar su tierra así, de golpe, sin poder visitar la tumba de su padre como solía hacerlo cada domingo, era una herida más en el costado. Pero era eso o marcharse a la guerrilla a morir joven. Gloria pidió ayuda para que Paula pudiera terminar el bachillerato. Solo le faltaban seis meses. Gertrudis, siempre resolutiva, le comentó que tenía un amigo profesor en el colegio Guillermo León Valencia.
—Ya escuchó a su tía —le dijo Gloria a su hija—. Póngase a estudiar. Y nada de problemas, ¿oyó?
—Tranquila, mija —intervino Gertrudis—. Aquí va a iniciar un nuevo camino.
Paula asintió, aunque en el fondo no quería volver a la escuela, y menos a una donde no conocía a nadie. Por la mañana fueron al colegio. El profesor, reticente al principio, accedió a inscribirla por la confianza que tenía con Gertrudis. Le consiguieron uniforme, cuadernos, y al día siguiente Paula ya estaba en clase.
Una semana después, Gloria tuvo que regresar al pueblo. No podía dejar su casa sola por más tiempo. Silvio, su hermano, había accedido a cuidarla por unos días, pero la responsabilidad no era poca. La despedida fue dura. Paula sintió que todas sus fuerzas se iban con su madre.
—Pórtese bien, hija —le dijo Gloria al abrazarla—. Hágale caso a su tía. Yo vendré pronto a visitarla.
—¿Y si le hacen algo a usted, mamá?
—No, mija, esa gente no se mete con una vieja como yo. A usted era a la que querían. No se preocupe.
Paula, con solo dieciséis años, tenía ahora que enfrentarse sola a la vida, en una ciudad extraña, con recuerdos que aún la mordían por dentro. Pero debía seguir. Tenía que hacerlo. Sorprendentemente, se adaptó rápido a la escuela. Tal vez fue su necesidad de pertenecer, o ese instinto de supervivencia que le hervía en la sangre. Pronto se unió a un grupo de estudiantes con mala fama, conocidos por sus líos con pandillas y consumo de drogas. Fue en ese entorno donde por primera vez vio marihuana.
—Venga, Paula, pruebe. Esta vaina es buenísima —le ofreció Breiner, el líder del grupo.
—No, gracias. Déjeme sana —respondió ella, con un dejo de desconfianza.
Algo en su interior todavía le decía que había líneas que no debía cruzar. Pero no tardó en caer. A las pocas semanas, tras el timbre del recreo, salió del salón con Breiner y Liceth, otra amiga con la que había hecho buena conexión. Entraron a una oficina vacía y hurtaron dos celulares de un escritorio administrativo. Nadie los vio. Al mediodía, ya estaban en el parque del Morrocoy vendiéndolos. Con el dinero, compraron trago y Paula se tomó sus primeros aguardientes, regresando a casa tarde, algo mareada, aunque sin levantar sospechas.
Al día siguiente, apenas en la segunda hora de clase, el coordinador llegó al salón y la llamó, junto a Breiner y Liceth. En la oficina del rector, los enfrentaron con la prueba irrefutable: un video de seguridad que los mostraba cometiendo el hurto. No hubo excusas. Los tres fueron expulsados. Fue un golpe duro para Paula. Había perdido la oportunidad de terminar su bachillerato. Y lo peor, le falló a Gertrudis, la tía que la había recibido con las puertas abiertas. Continuó saliendo de la casa en uniforme todas las mañanas para que no se diera cuenta, pero solo pasaron 15 días cuando la tía se encontró con el profesor en la calle quién le contó todo.
—Usted me falló, Paula —le dijo con tristeza—. Nunca me imaginé esto.
—Tía, perdóneme. Me dejé llevar. Por favor, no le diga nada a mi mamá. Usted sabe cómo es ella, es capaz de venirse con un cable.
Gertrudis suspiró.
—Déjeme pensarlo. Pero mientras tanto, se me pone a trabajar en el puesto de fritos. Para que aprenda la lección. Uno no puede andar cogiendo lo que no es de uno.
Los días siguientes fueron de nostalgia y culpa. Paula se aferraba a su almohada por las noches, repasando cada error, cada pérdida, cada desvío. Se sentía una intrusa en una casa que no era la suya. Pero poco a poco fue reconociendo la fuerza en Gertrudis, una mujer que había sacado adelante a sus hijos desde un humilde puesto de arepas en la terminal de buses. Cada madrugada, la veía levantarse a hacer a mezclar masa con esperanza y pundonor.
Unos días después, llegó Astrid, una clienta habitual del puesto. Era una mujer adinerada que trabajaba en la alcaldía. Mientras esperaba su pedido, observó a Paula con atención.
—¿Y esa muchachita? ¿No le gustaría trabajar cuidando a mis hijos? Gertrudis no dudó.
—Claro que sí, doña Astrid. Le agradezco mucho. Paula es muy responsable. Mañana sin falta estará allá.
Paula, sin muchas opciones, aceptó. Le parecía una buena oportunidad para ganar dinero y, con el tiempo, ahorrar para estudiar, como le había prometido a su padre aquel día en el entierro. Esa noche, los nervios no la dejaban dormir. A las once, por fin cerró los ojos. Soñó que su padre venía en una canoa por el río Magdalena. Él se acercaba sonriente, pero no descendía de la embarcación. Movía la mano derecha con un gesto extraño, como advirtiéndola.
—Papá, ¿qué quieres decirme? ¡Háblame, por favor! Pero el motor de la canoa rugió y él se alejó con la corriente, desapareciendo entre la espuma.
—¡Papá, no me dejes! —gritó Paula, despertando sobresaltada.
Gertrudis corrió al cuarto.
—Tranquila, hija, tranquila. Tu papá siempre estará contigo. Vente a dormir conmigo. Y esa noche, la tía se convirtió en el refugio que Paula tanto necesitaba.
Al día siguiente, Paula llegó puntual a la casa de Astrid. Era un conjunto cerrado en las afueras de Aguachica, donde vivía con su esposo, Carlos Javier, un médico, y sus dos hijos pequeños. Paula debía encargarse de los quehaceres del hogar y del cuidado de los niños. Astrid la fue guiando poco a poco. La rutina se volvió predecible. Los niños al colegio, Carlos Javier al consultorio, Astrid a la alcaldía. Paula se quedaba sola casi todo el día. Con el tiempo, comenzó a sentirse útil. Empezaba a sanar. Decidió enviarle un regalo a su madre: un mercado y una carta, con algo de dinero.
—Don Fabio, llévele esto a mi mamá. Y este sobre. Con cuidado, por favor.
El viejo Fabio asintió, como un padre protector. Al llegar a Gamarra, encontró a Gloria en plena parranda. Le entregó el mercado. Los borrachos se abalanzaron para hacer un sancocho. Pero cuando le dio el sobre, uno de los hombres lo arrebató y comenzó a leer la carta en voz alta, entre burlas. Las palabras de Paula, escritas con nostalgia y amor, fueron despedazadas por aquellas bocas podridas de licor y desprecio. Fabio, con el corazón encogido, pensó mientras se alejaba en su viejo carro: Qué mujer tan despiadada. Ya con seis meses en Aguachica, Paula se movía con mayor soltura. Había ganado la confianza de Astrid, y los niños la adoraban. Se habían acoplado tan bien a su niñera que parecía que llevaban años juntos. Jugaban en el patio, veían televisión, y ella les leía cuentos con una dulzura maternal que desarmaba. Pero, a pesar de todo, Paula extrañaba a su madre. Apenas hablaban por teléfono, en parte por la mala señal en el pueblo, pero también porque, sin saberlo, su madre no la pensaba ni un poco. Seguía atrapada en una vida de vicios, placeres y lujuria, hundiéndose cada vez más.
Poco después, la familia para la que trabajaba programó un viaje a la playa. Carlos Javier, el médico, tenía unos días libres y quería descansar. Astrid le preguntó a Paula si estaría dispuesta a acompañarlos. El viaje no hacía parte de sus funciones, pero Paula aceptó de inmediato: no conocía el mar y aquello era una oportunidad única. El día anterior a la partida, Astrid le entregó un vestido de baño nuevo, sencillo, juvenil. Intuía que Paula no tenía uno. Fue un gesto que la conmovió profundamente. Al probárselo, sintió vergüenza al principio, pero al mirarse en el espejo, descubrió una belleza que hasta entonces había ignorado.
El día del viaje partieron temprano en la camioneta. Carlos Javier conducía, su esposa a su lado, y atrás iban Paula con los niños, quienes no paraban de hablar. Paula se sentía en familia. Por primera vez en mucho tiempo, las sombras del pasado parecían disiparse. Imaginaba un futuro con ellos, con estabilidad. Tomaron la ruta por Plato, cruzaron el río Magdalena, almorzaron en El Carmen de Bolívar y compraron Chepacorinas (galleta típica del pueblo). Pasaron por San Jacinto donde compraron algunas artesanías, y al final de la tarde llegaron a Cartagena. Antes de instalarse en el hotel en Bocagrande, se detuvieron a observar el atardecer frente a las murallas. Paula, al ver el mar por primera vez, quedó sin palabras. Esa vastedad azul la hipnotizó.
Los primeros dos días fueron mágicos. Visitaron la ciudad amurallada, probaron platos que Paula ni siquiera sabía nombrar, y cada noche caía rendida de tanta emoción. El tercer día salieron temprano hacia las islas del Rosario. El paseo en lancha fue inolvidable, salvo para Astrid, que no soportó el vaivén del mar y terminó mareada. Paula intentó ayudarla con los consejos de su padre —beber agua, comer un dulce, cerrar los ojos—, pero nada funcionó.
Al llegar, Astrid fue directo al baño a vomitar. Su esposo le dio un medicamento y le aconsejó quedarse en la habitación. Paula, entonces, se quedó con él y los niños. En la playa, los niños insistieron en que Paula se metiera al agua. Ella dudó, pero finalmente accedió. Estrenó el vestido de baño y caminó por la arena con la naturalidad de una adolescente de diecisiete años. Su cuerpo, esculpido por la juventud y la necesidad, atrajo miradas que la incomodaban sin saber por qué. Carlos Javier, en particular, no le quitaba los ojos de encima mientras tomaba cerveza tras cerveza, ya ansioso, ya ausente.
Paula jugó con los niños, practicaron snorkel, visitaron un pequeño acuario. Al caer la tarde, Astrid, ya recuperada, se unió a ellos. Pero su esposo, ebrio y desinhibido, no dejaba de beber. Esa noche, cenaron cerca de la playa. Carlos Javier estaba completamente fuera de sí. Astrid, molesta, decidió subir con los niños a las habitaciones.
—Carlos Javier, deja que los niños duerman en su cuarto —le pidió.
—No, quiero dormir con ellos —insistió, Carlos Javier con la voz arrastrada.
—Está bien. Pero no te vayas a quedar hasta tarde. Mira cómo estás.
Ella, que lo conocía bien, prefirió evitar una confrontación y se llevó a los niños. Paula también se retiró a descansar, exhausta. Pero cerca de las once de la noche, alguien tocó su puerta. Sobresaltada, preguntó quién era.
—Soy yo, Carlos Javier. Los niños no pueden dormir. Te los traigo.
Paula, aún adormilada, abrió la puerta sin sospechar. En cuanto lo hizo, el hombre se le abalanzó. Le tapó la boca con una mano y cerró la puerta con la otra. La arrastró hasta la cama, la sofocaba con su mano, y solo cuando notó que le faltaba el aire, se la quitó.
—Como grites, te mato —le advirtió con voz de borracho frío.
Paula no podía creer lo que pasaba. El hombre que la había tratado con aparente respeto por meses, ahora la acorralaba como un depredador.
—Si no te resistes, será más fácil.
Ella, paralizada por el miedo, lloraba en silencio. Él comenzó a desnudarla, le susurró:
—No llores, que nada te va a pasar. Disfruta. El asco era más fuerte que el miedo.
La tocaba con manos sucias de alcohol y lujuria. Le acariciaba los senos, le besaba el cuello, le repetía:
—Esto es normal. No digas nada. Entonces la penetró.
Paula lloraba mientras sentía cómo su cuerpo se desgarraba, cómo la sangre manchaba las sábanas. Su virginidad era arrancada en un acto brutal que sellaría una herida profunda en su alma. Después de veinte minutos de violencia, el hombre se vistió y, antes de salir, le lanzó una última amenaza:
—Como hables, te mato. No sabes de lo que soy capaz.
Cuando se cerró la puerta, Paula rompió en llanto. Se metió al baño y se restregó la piel con desesperación. Quería borrar el olor, el asco, la humillación. Quiso gritar, pero no tenía a quién. Estaba sola en una isla, sin dinero ni protección. Esa noche no durmió. Las pesadillas la acosaron hasta que el cansancio venció al dolor.
A la mañana siguiente, tocaron a su puerta. Paula tembló. Pensó que era él de nuevo. Pero al escuchar la voz de Astrid con los niños, se tranquilizó.
—Paula, abra. Le traigo a los niños. Salimos a las nueve, así que arréglese rápido.
Abrió sin decir nada. Los niños la abrazaron con cariño, ajenos a lo que había ocurrido. Paula pensó en ellos, en la clase de padre que tenían. Los bañó, los vistió, y bajó a desayunar. Al ver a Carlos Javier en la mesa, con esa cara de hombre común, casi sonriente, sintió náuseas. Él actuaba como si nada hubiera pasado. Paula lo evitó con la mirada. Guardó silencio. Entendió que debía esperar. No era el momento. El viaje de regreso fue un calvario. En la carretera, pararon a almorzar. Paula no probó bocado. Astrid, al notar su retraimiento, le preguntó qué le pasaba.
—Nada, señora. Creo que me cayó mal el viaje.
En realidad, Paula ardía por dentro. Miraba al hombre que la había violado y sentía un odio profundo. Juró que algún día se lo haría pagar. Recordó entonces el sueño que tuvo antes de empezar a trabajar: su padre, en una canoa sobre el Magdalena, levantando el dedo índice en señal de advertencia. Una lágrima rodó por su mejilla, pero se la tragó. No le daría el gusto de verla llorar.
Al llegar a Aguachica, se encerró en su cuarto. Quería dormir y no despertar jamás. No tenía a quién contarle su tragedia. Le tocaba sola, y eso lo hacía más difícil. Temía que el depredador regresara. Pasadas las dos de la mañana, después de darle mil vueltas al dolor y ya sin lágrimas, por fin se durmió. Al día siguiente, que era domingo, todos se levantaron tarde, agotados por el largo viaje. Todos, menos Paula. Desde que despuntó el sol, estuvo despierta, esperando ansiosa que sus patrones se levantaran. Apenas escuchó a la señora Astrid moverse en la cocina, se armó de valor, se peinó con rapidez y bajó decidida. Ya no podía seguir callando.
—Paula, ¿cómo amaneció? La veo ojerosa, nerviosa… —dijo Astrid, con la voz cargada de extrañeza.
—Es que quiero contarle algo grave que me pasó. Su esposo me violó en esa isla, señora.
Astrid se quedó paralizada. Los platos temblaron en sus manos antes de soltarlos sobre la mesa. Tragó saliva, incrédula.
—¿Pero qué dice? ¿Acaso se ha vuelto loca?
—Llámelo. Llámelo ahora mismo y pregúntele. Que me lo niegue en la cara.
La mujer, tambaleando entre la furia y el miedo, fue hasta el cuarto matrimonial. Empujó la puerta y encaró a su esposo con el rostro desencajado.
—¿Qué te pasa? ¿Te has vuelto loca? ¿Cómo le vas a creer a una sirvienta?
—¡Claro que le creo! Porque te conozco. ¡Volviste a tus andanzas, Carlos Javier! Eres de lo peor… estás enfermo.
—Sabes qué, mejor habla con esa muchacha. Dale un dinero y que se largue. Dile que no arme escándalo.
—¡Eres despreciable! Si no fuera por nuestros hijos, te juro que yo misma…
Cuando Astrid volvió al comedor, Paula ya estaba de pie, con los puños cerrados.
—¿Y entonces, señora Astrid? ¿Le va a creer?
—Le creo, porque conozco a mi esposo —respondió con frialdad—. Escuche, Paula, lo mejor es que tome este dinero y se marche. Después de lo que ha pasado, no puede seguir aquí.
—¿Y usted cree que voy a recibirle ese dinero? ¿Usted está apoyando a su esposo? Señora, usted es peor que él.
Paula le arrebató los billetes y se los tiró a la cara con desprecio.
—¡Respete, india asquerosa! —gritó Astrid, completamente fuera de sí.
—¡Más asquerosa es usted y su marido! ¡Desgraciada! ¡Y sabe qué! Voy a denunciarlo.
—¡Lárguese de aquí, levantada y mentirosa!
Los gritos despertaron a los niños. Corrieron a la sala confundidos.
—¿Qué pasa, mamá?
—Nada, hijos. Es que Paula se va de la casa.
—¿Cómo así, mamá? ¡Queremos que ella se quede!
—Adiós, niños —dijo Paula, con la voz quebrada—. Me tengo que ir… Los quiero mucho.
Volvió a su cuarto, recogió sus pocas pertenencias y salió con paso firme. A pesar del temblor en las piernas, iba determinada. Se dirigió directamente a la Fiscalía. Iba a denunciar. Ya no estaba dispuesta a tragarse más silencios. Al llegar a la Fiscalía, el portón estaba cerrado y un vigilante le bloqueó el paso.
—¿A dónde va?
—Vengo a poner una denuncia.
—¿Denuncia de qué?
—Eso no tiene por qué saberlo usted. Déjeme entrar, es un asunto personal.
—El fiscal no está. Hoy es domingo, solo atienden casos graves. Y eso si llega… Salió a una diligencia.
Era falso, el Fiscal solo aparecía por algo urgente y cuando lo llamaban.
—Pero lo mío es grave.
—Entonces venga mañana. Desde las ocho ya están trabajando.
Paula se alejó con el alma hecha trizas. Ni en la entidad que debía proteger sus derechos la escuchaban. Caminó sin rumbo fijo, cargando el peso de su dignidad rota. No sabía a dónde ir. ¿Volver al pueblo? ¿Contarle a su tía? ¿Seguir sola? “Sentía que no pertenecía a ningún lugar. Que el mundo me había desechado como una basura indeseable. Quise morirme. Pero no. No me iba a rendir. Algo me decía que la historia aún no terminaba para mí”.