Los mundos del Mundial | Mundial 2026 fútbol | elmundo.es

El encuentro España-Argentina, que cerró el Mundial anoche y que tuvo a medio mundo pendiente, me trae el recuerdo del gran Jorge Luis Borges. Era el único argentino que detestaba el fútbol y ha dejado para la posteridad una descalificación inolvidable, como propia de su ingenio: «El fútbol es popular porque la idiotez es popular». Creo que, además, se lo espetó al Flaco Menotti, que fue a visitarlo por cortesía después de ganar el Mundial del 78, el primero de Argentina. Le dijo el escritor al seleccionador al saludarlo: «Usted es muy famoso»; y sin esperar a que el sorprendido campeón del mundo le respondiera, remató con una afirmación muy borgiana: «Es que me ha pedido mi asistenta que le firme un autógrafo». Un picotazo de puro veneno que pasó a formar parte del catecismo de las sagaces ocurrencias de Borges que recitan de coro sus admiradores.
La verdad es que resulta raro que solo viera en el fútbol populacherismo sin valor un escritor hábil como ningún otro para imaginar mundos de ficción inverosímiles, recogidos de sus lecturas o del anecdotario popular, o instalados fuera de las fronteras del espacio y el tiempo. No sé qué acontecimiento ofrece más mundos concurrentes, todos interactuando, que una gran competición de fútbol.
Algunos de esos mundos son más provechosos que otros para la alta cultura, pero todos son fuentes de inspiración. Depende de los aspectos en que se ponga el foco.
La mayor parte de la gente va a los partidos, o los ve por la televisión, porque les gusta el fútbol. Cómo no maravillarse con la belleza del juego de la selección española interpretando una sinfonía deslumbrante en la que todos sus individuos siguen con precisión su partitura, circulando, triangulando, pasando el balón. Algunos han dicho que esa perfección destrona a los equipos asentados sobre el rendimiento de sus estrellas. Pero no creo que sea verdad.
Cómo no aplaudir a los grandes genios en acción: una arrancada de Mbappé buscado como un proyectil la portería o un eslalon de Messi entre sus adversarios con el balón cosido al pie hasta encontrar un hueco para el disparo. Cómo no asombrarse de que una tribu entera de jayanes sea incapaz de bloquear uno de sus envíos de balón dirigido a un jugador situado en mitad del bosque de bigardos. O de los lanzamientos inverosímiles de balón que después de cuarenta metros de vuelo se posan sin estridencias en la bota del destinatario. La perfección técnica y la eficacia de la dominación del adversario, que el público subraya: olé, olé.
Hay otros mundos futboleros que se sitúan fuera de la cancha. El más abominable de todos el de los nacionalismos políticos, que detestan la victoria de las naciones odiadas o exacerban las justificaciones de los autócratas: Menotti, hombre de izquierdas, le hizo un buen favor a Jorge Rafael Videla, ganando el Mundial del 78, en plena dictadura. Quizás por eso el descortés saludo de Borges.
Más cerca del estadio está el fabuloso mundo de las organizaciones internacionales deportivas, de la FIFA en el caso del Mundial. Es una entidad de base privada que tiene un ordenamiento jurídico propio e independiente del de los Estados, que están obligados a acatarlo si quieren que sus instalaciones y selecciones participen en las competiciones: el régimen propio se extiende mucho más allá de las estrictas reglas del juego. Fascinante como materia de ensayo.
En el último tramo de acercamiento al césped sobre el que se juega está el público. Las visiones que ofrece a un estudioso o un literato son caleidoscópicas. La cultura popular ha alimentado siempre a la gran literatura. Empezando por el lenguaje de la gente. Si se mantuviera la afición por coleccionar paremias que tanto apasionó a Horozco, Hernán Nuñez,Mal Lara,Correas o al mismo Cervantes, los escritores tendrían que ir a los estadios con una libreta. Pero basta con observar palabras. La RAE, aprovechando el Mundial, ha hecho un análisis de las diferentes maneras de llamar a las mismas cosas en el universo futbolero hispanohablante. Deslumbrantes resultados. Asombroso universo de perífrasis y metáforas, cuya importancia literaria merece recordarse cuando vamos a empezar a celebrar a Góngora. Las variantes de sentido de las mismas palabras comunes.
Antes, durante y después del partido, se expresa una cultura popular específica: canciones insolentes, himnos vigorosos, masas desinhibidas, disfraces, excesos lúdicos. Se habla de amores, se declaran a gritos odios y venganzas, se transgrede la convivencia de cada día, se usa un vocabulario límite: duelo, venganza, represalia, triunfo, disciplina. Para un número creciente de asistentes al estadio la ocasión es carnavalesca y permite ver, sin freno, el mundo del revés, liberado de las convenciones sociales, dando suelta a los impulsos del cuerpo sin formalidades sociales ordinarias. El filólogo y antropólogo ruso Bajtin describió de un modo insuperado la importancia de esas manifestaciones populares para la gran literatura.
De las grandes batallas libradas en el Mundial ha sido particularmente emocionante la de la lengua. Los estadios empezaron siendo la más compendiosa y explosiva presentación de Babel. Estaban todas las lenguas imaginables representadas. La competición ha dejado solo una, la española. Le habrá sentado muy mal al personaje híbrido de Calibán y Goldfinger que dirige la nación anfitriona, pero quizás pueda interpretarse como muestra de la irresistible expansión de nuestra lengua.
Para mejor fortuna del cosmopolitismo y la cultura me gusta pensar también, que todos esos chicos de la final se comunican en español, pero hablan buen inglés.
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