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Economía y Finanzas

cuando los gigantes se financian a sí mismos

📅 🕐 18 Nov 2025🔗 Fuente: eleconomista.es🕑 6 min de lectura
cuando los gigantes se financian a sí mismos
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Hay algo casi hipnótico en observar cómo circula el dinero dentro del ecosistema de la inteligencia artificial. Sale de los bolsillos de las grandes tecnológicas, pasa por startups que prometen revolucionar el mundo y, antes de que uno se dé cuenta, regresa al punto de partida.

A este fenómeno se le ha bautizado como «financiación circular», y está en el centro del debate sobre la sostenibilidad económica de la actual fiebre por la IA generativa.

No se trata de un concepto teórico, sino de un sistema real que empieza a mostrar sus luces y sus sombras y siembra dudas.

El triángulo perfecto: OpenAI, Microsoft y Nvidia

Si hay un nombre que simboliza este movimiento es OpenAI, la compañía detrás de ChatGPT. Según publicaron medios especializados, Nvidia estaría dispuesta a financiar hasta 100.000 millones de dólares para impulsar a la empresa de Sam Altman. Y lo paradójico es que ese dinero volvería a Nvidia, porque OpenAI lo usaría para comprarle sus propios chips.

Nada nuevo bajo el sol: es el viejo truco del vendor financing, aquel por el que un proveedor presta al cliente para que el cliente le compre más.

En paralelo, Microsoft actúa como socio, cliente y proveedor. Invirtió miles de millones en OpenAI, pero buena parte de ese capital regresó rápidamente a sus cuentas gracias al uso intensivo de Azure, su servicio de computación en la nube. En otras palabras: Microsoft financia a su aliado, y su aliado le devuelve el favor en forma de facturación. Este año ambas compañías han revisado su acuerdo para permitir a OpenAI contratar potencia de cálculo fuera de Azure, una decisión que suena más a necesidad que a cortesía entre socios.

El tercer actor de esta historia es CoreWeave, una empresa poco conocida hasta hace poco, especializada en infraestructura para IA. Ha crecido a velocidad de vértigo gracias a una deuda respaldada por GPUs de Nvidia, que alquila a terceros como OpenAI. Sin embargo, Bloomberg destapó en verano incumplimientos técnicos en préstamos por valor de 7.600 millones de dólares, lo que obligó a renegociar con los inversores. Nadie se arruinó, pero el episodio sirvió para recordar que la maquinaria financiera de la IA también se recalienta.

A otro nivel, y frente a todo esto, el acuerdo entre Google y Anthropic ofrece una versión más ortodoxa: acceso a los chips TPU de Google a cambio de compromisos de uso a largo plazo. Sin préstamos cruzados ni retornos en bucle. El dinero, en este caso, va y viene por una autopista más directa.

Cuando todos ganan… en el papel

El atractivo de esta fórmula es evidente. Nvidia vende más chips. Microsoft factura más horas de nube. OpenAI mantiene su ritmo de desarrollo sin necesidad de diluir capital. Todos parecen ganar.

Pero no todo es de color verde….o rosa. Si uno rasca un poco, descubre que parte del crecimiento es circular, casi contable: el dinero no siempre nace del mercado, sino que se mueve dentro del propio ecosistema, generando la sensación de un mercado que se expande sin parar. Algunos dicen que es un globo que se va hinchando…¿y cómo acaba eso?

No es un engaño, ni mucho menos. Es, sencillamente, una ingeniería financiera de «alto» nivel, parecida a la que ya se vio durante la burbuja de las dot-com o, antes, en el sector de las telecomunicaciones. Entonces fueron los proveedores de equipos quienes financiaban a sus clientes; hoy son los fabricantes de chips y las nubes de datos quienes impulsan la rueda.

La diferencia es que, esta vez, la demanda de IA es real y creciente, con aplicaciones tangibles en banca, seguros o inversión. Igual es aventurado afirmarlo, pero es lo que parece.

Lo que está por ver es si esa demanda será suficiente para justificar las cifras colosales que se están moviendo.

Tres indicadores para mantener los pies en la tierra

Sin necesidad de ser analista financiero, hay tres señales que conviene tener en cuenta:

Dependencia de pocos clientes. Cuando una empresa como CoreWeave basa gran parte de su negocio en uno o dos clientes ( en este caso, OpenAI y Microsoft) , un simple cambio de contrato puede hacer temblar su estructura.

Ventas financiadas por el propio proveedor. Es un círculo virtuoso mientras el mercado crece, pero puede volverse frágil si la demanda se frena.

Renegociaciones tempranas. Que Microsoft y OpenAI hayan tenido que revisar su acuerdo tan pronto demuestra que el modelo necesita adaptarse antes de romperse.

Y llega la gran tentación, la «burbuja»

Hablar de «burbuja» en el contexto de la IA es tentador, pero simplificaría demasiado una realidad más compleja. La expansión actual es innegable: los grandes del sector están invirtiendo cantidades inéditas en centros de datos, chips y energía. Esa infraestructura seguirá teniendo valor aunque los modelos cambien o se modere el entusiasmo. Y, a día de hoy, no parece que pueda pasar.

El verdadero riesgo no es el colapso, sino que una parte del crecimiento actual esté basada en ingresos adelantados, es decir, en consumo financiado por los propios proveedores. Si los precios de utilizar esta capacidad de cómputo bajan (el sentido común indica que lo harán) , algunas compañías podrían quedarse con exceso de capacidad….. y con márgenes reducidos.

Pero como nadie tiene una bola de cristal, también puede ocurrir lo contrario: que la IA se consolide como gasto operativo habitual en bancos, aseguradoras o fondos de inversión, igual que hoy lo es el software de gestión o la nube. Si eso sucede, la rueda debería encontrar un equilibrio, un nuevo equilibrio.

Más que una moda, una advertencia

En un ecosistema donde los mismos gigantes financian, compran y se venden entre sí, conviene mirar las cifras con lupa. No por desconfianza, sino por prudencia. La IA está transformando la economía, sí, pero la forma en que se financia puede distorsionar la percepción de su verdadero ritmo de adopción.

El dinero, como la energía, ni se crea ni se destruye: se transforma. Y en la economía de la inteligencia artificial, da muchas vueltas antes de asentarse.

La gran incógnita de 2025 será si esa energía se convierte, por fin, en valor real fuera del circuito cerrado de las tecnológicas, o si seguiremos contemplando cómo el dinero, una vez más, vuelve a los mismos bolsillos.

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Fuente de TenemosNoticias.com: www.eleconomista.es

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