La ciencia tiene menos de cinco años para nombrar el fondo del Pacífico antes de que la minería lo cambie para siempre

Hay un principio en derecho ambiental internacional que suena razonable hasta que lo aplicas al fondo del océano: no puedes proteger lo que no puedes nombrar. Sin nombre científico formal, una especie no puede incluirse en estrategias de conservación, no puede citarse en evaluaciones de impacto y no existe, a efectos legales, como entidad que merezca protección.
En la Zona Clarion-Clipperton, una llanura abisal de seis millones de kilómetros cuadrados situada entre Hawái y México a una profundidad de entre 4.000 y 5.500 metros, se estima que habitan unas 5.600 especies conocidas. El 90% de ellas carece todavía de nombre científico oficial, lo que significa que, a efectos prácticos, no existen para el sistema que debería regularlas.
Ese vacío documental convierte la taxonomía de fondos marinos en algo más que una disciplina académica. La convierte en una carrera contrarreloj. Y para entender por qué el tiempo importa, hay que mirar lo que hay en el fondo de la CCZ, además de criaturas sin nombre: los nódulos polimetálicos más codiciados del planeta.
Qué hay en el fondo y por qué importa ahora
El suelo de la CCZ está sembrado de nódulos polimetálicos, concreciones del tamaño de una patata que acumulan manganeso, níquel, cobalto y cobre durante millones de años. La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos estima que la región contiene más de 21.000 millones de toneladas de ellos. Son los mismos materiales que necesita la industria de baterías para vehículos eléctricos y turbinas eólicas. La transición energética, en parte, mira al fondo del Pacífico.
Sin nombre científico formal, una especie no puede incluirse en evaluaciones de impacto. A efectos legales, no existe.
El problema estructural es que hasta un tercio de la vida conocida en la CCZ depende directamente de esos nódulos como sustrato duro en un entorno de sedimento blando. Estudios previos han estimado que las máquinas mineras industriales pueden reducir la riqueza de especies en más de un 30% en las zonas de extracción. Pero esa cifra solo puede calcularse con precisión si se sabe qué especies hay. Y en la CCZ, mayoritariamente, no se sabe.

En enero de 2026, la administración Trump aceleró el proceso de permisos para la minería en la CCZ a través de la NOAA, permitiendo que las empresas soliciten simultáneamente licencias de exploración y permisos de extracción comercial. La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos, el organismo de la ONU que gobierna internacionalmente estos fondos, condenó la medida. Lo que ninguno de los dos organismos puede hacer todavía es vincular legalmente el avance de los catálogos taxonómicos con el avance de los permisos mineros. No existe ese mecanismo.
La respuesta: una campaña con nombre y fecha límite
En 2022, la Autoridad Internacional de los Fondos Marinos lanzó la campaña One Thousand Reasons, enmarcada en su Iniciativa de Conocimiento Sostenible de los Fondos Marinos. El objetivo es concreto: describir formalmente al menos 1.000 nuevas especies de aguas profundas en áreas fuera de jurisdicción nacional antes de que acabe 2030. Para lograrlo, la campaña financia proyectos taxonómicos con hasta 20.000 dólares cada uno y promueve un modelo de trabajo que ha demostrado ser más eficiente que el tradicional: los talleres intensivos de descripción colaborativa.
El taller celebrado en febrero de 2024 en la Universidad de Łódź es el ejemplo más claro de ese modelo en acción. Dieciséis especialistas, entre expertos consolidados y científicos en formación, trabajaron durante una semana ininterrumpida con muestras de anfípodos recogidas en años de expediciones a la CCZ. El resultado: 14 manuscritos científicos, 24 nuevas especies descritas, dos nuevos géneros, una nueva familia y una nueva superfamilia, Mirabestioidea, un animal tan distinto de todo lo conocido que requirió crear una categoría taxonómica completamente nueva. Antes de ese taller, la ciencia conocía 13 especies de anfípodos de la CCZ. Después, conoce 37.
«Este proceso ha sido, en verdad, colaborativo, lo que nos permitió alcanzar el ambicioso objetivo de describir más de 20 especies nuevas en un año, algo que habría sido imposible trabajando por separado.»
Así lo describía Anna Jażdżewska, profesora de la Universidad de Łódź y codirectora del proyecto. El modelo funciona porque concentra en días lo que en el sistema académico convencional llevaría años: cada taxonomista trabaja en solitario sobre su grupo de organismos durante meses, publica de forma independiente y rara vez coincide en el tiempo y el lugar con colegas que trabajan en grupos adyacentes. El taller colapsa ese proceso.
Lo que el ritmo actual no garantiza
Eso sí, revisemos los números con precisión. Al ritmo de unas 25 nuevas especies de anfípodos por año que este proyecto ha demostrado ser posible, los anfípodos de la CCZ oriental podrían estar casi completamente catalogados en una década. Pero los anfípodos son un grupo entre decenas. La biodiversidad de la CCZ incluye poliquetos, equinodermos, esponjas, nemátodos, foraminíferos y un largo etcétera de grupos que requieren especialistas distintos, financiación distinta y tiempo distinto.
La campaña One Thousand Reasons tiene como meta 1.000 especies en ocho años. Es una cifra ambiciosa, pero acotada frente a las estimaciones de lo que queda por describir en los fondos oceánicos internacionales. Y no existe, por el momento, ningún mecanismo legal que exija que esa meta se alcance antes de que las licencias de extracción comercial se activen.
Lo que sí existe es la lógica del pasaporte que mencionaba Jażdżewska: hasta que una especie no tiene nombre, no es comunicable, no puede ser discutida, no puede ser conservada. Las 24 descritas en Łódź tienen ahora ese pasaporte. Las que están en las bandejas de sedimento que llevan años esperando análisis en laboratorios de todo el mundo, todavía no.
El modelo que podría escalar
La buena noticia, si es que hay una, es que el taller de Łódź ha demostrado que el cuello de botella no es la falta de muestras. Es la falta de recursos para analizarlas. Durante décadas, las expediciones científicas a la CCZ han recogido miles de muestras que permanecen sin procesar en museos de historia natural y centros de investigación. El material existe. Lo que falta es el tiempo y el dinero para que especialistas se sienten a describirlo.
El modelo de talleres intensivos financiados es una respuesta directa a ese problema, y los resultados del grupo de Łódź sugieren que puede replicarse. La segunda convocatoria de One Thousand Reasons, lanzada en 2025, ya ha ampliado el alcance a investigadores de países en desarrollo miembros de la Autoridad Internacional. Si el modelo escala, la velocidad de descripción podría aumentar significativamente antes de que acabe la década.
Si no escala, o si los permisos mineros avanzan más rápido que los catálogos, la pregunta que los investigadores del taller de Łódź llevan meses intentando responder tendrá una respuesta incómoda: cuánta vida marina habremos alterado antes de saber que existía.
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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