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Una investigación forense revela cómo murió realmente el Niño del cerro El Plomo, una de las momias incas mejor conservadas del mundo

📅 🕐 hace 1 min🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 9 min de lectura
Una investigación forense revela cómo murió realmente el Niño del cerro El Plomo, una de las momias incas mejor conservadas del mundo
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Durante décadas, una imagen ha permanecido casi intacta en la historia de la arqueología andina. Un niño asciende lentamente por las montañas de los Andes, alcanza una cumbre sagrada, se sienta envuelto en sus mantos y muere mientras el frío extremo lo vence poco a poco. Era la explicación aceptada para el célebre Niño del cerro El Plomo, una de las momias incas mejor conservadas del mundo. Sin embargo, esa historia acaba de cambiar.

Un equipo internacional de investigadores ha vuelto a estudiar tres de las momias más importantes relacionadas con la ceremonia inca de la Capacocha utilizando herramientas que hace apenas unas décadas eran impensables en arqueología. Tomografías computarizadas de alta resolución, análisis isotópicos del cabello, estudios dermatológicos, histología y dataciones por radiocarbono han permitido reconstruir con un nivel de detalle sin precedentes los últimos meses de vida de estos niños. Tal y como ha revelado el estudio publicado en Science Advances, no solo cambia la forma en que murieron algunos de ellos, sino también la comprensión de todo el ritual.

La investigación se centra en tres individuos hallados en Chile: el conocido Niño del cerro El Plomo, encontrado en 1954 a más de 5.400 metros de altitud; y dos mujeres jóvenes descubiertas en Cerro Esmeralda en 1976, una niña de unos nueve años y una adolescente de aproximadamente dieciocho. Todos ellos fueron víctimas de la Capacocha, una de las ceremonias religiosas más importantes del Imperio inca.

Pero antes de entender por qué este descubrimiento resulta tan relevante conviene responder a una pregunta fundamental: ¿qué era realmente la Capacocha?

Mucho más que un sacrificio en la cima de una montaña

Cuando se habla de sacrificios humanos en el mundo inca suele imaginarse únicamente el momento final, el instante en el que un niño era depositado en una montaña considerada sagrada. Sin embargo, la realidad era mucho más compleja.

La Capacocha era un enorme ritual político y religioso que podía prolongarse durante meses. Los niños elegidos eran considerados puros y especiales. Lejos de interpretarse como una condena, su selección suponía un inmenso honor tanto para ellos como para sus familias, porque se creía que, tras la muerte, pasarían a convertirse en intermediarios entre los dioses, las montañas sagradas —los llamados apus— y las comunidades humanas.

Puede resultar difícil comprender hoy esa lógica religiosa. Una comparación ayuda a entenderlo. Si imaginamos una gran peregrinación medieval hacia Santiago de Compostela o Jerusalén, en la que el propio viaje tenía tanto valor espiritual como el destino final, estaremos mucho más cerca de comprender cómo funcionaba la Capacocha. El recorrido, las ceremonias celebradas durante el trayecto y la participación de numerosas comunidades eran parte esencial del ritual.

Precisamente ese aspecto, el viaje, es uno de los grandes protagonistas del nuevo estudio.

Vista de la Pirca del Inca, en el cerro El Plomo, muy cerca del lugar donde apareció la célebre momia del Niño del Plomo
Vista de la Pirca del Inca, en el cerro El Plomo, muy cerca del lugar donde apareció la célebre momia del Niño del Plomo. Foto: Wikimedia

La Capacocha no comenzaba en la cima de una montaña: el sacrificio era el último paso de un ritual que podía prolongarse durante meses.

El cabello guardó el mapa de sus últimos meses de vida

Uno de los elementos más sorprendentes de la investigación es el uso del cabello como una especie de archivo biológico.

Cada centímetro de pelo conserva la huella química del agua y de los alimentos consumidos aproximadamente durante un mes. Analizando sucesivamente esos segmentos, los investigadores pueden reconstruir cambios en la dieta y en los lugares por los que pasó una persona antes de morir.

Los resultados muestran que estos niños no permanecieron inmóviles esperando el sacrificio. Todo lo contrario.

Tal y como indica el trabajo científico, el Niño del cerro El Plomo atravesó regiones ecológicamente muy distintas durante aproximadamente los nueve meses anteriores a su muerte. Las variaciones de oxígeno e hidrógeno registradas en su cabello son compatibles con un largo desplazamiento por diferentes altitudes y paisajes del Tawantinsuyu, el gran Imperio inca.

Las dos jóvenes de Cerro Esmeralda también experimentaron desplazamientos importantes durante los últimos meses de sus vidas. En su caso, además, los análisis revelan cambios en la alimentación. Especialmente llamativo es el aumento del consumo de maíz poco antes de la muerte, un alimento estrechamente asociado al poder imperial y a los grandes banquetes ceremoniales.

Ese detalle cambia la interpretación tradicional. No se trataba simplemente de trasladar a unos niños hasta una montaña remota. El viaje incluía encuentros con distintas comunidades, celebraciones rituales y comidas compartidas que ayudaban a integrar simbólicamente los territorios conquistados dentro del Imperio.

La Capacocha era, por tanto, una poderosa herramienta religiosa, pero también política.

El Niño del cerro El Plomo no murió congelado

Durante más de setenta años se aceptó que el Niño del cerro El Plomo había fallecido por hipotermia tras quedar expuesto al frío extremo de la alta montaña.

El nuevo estudio desmonta esa hipótesis. Las tomografías computarizadas identificaron una fractura lineal de casi tres centímetros en el hueso frontal izquierdo del cráneo, exactamente debajo de una lesión visible en la piel que había pasado prácticamente desapercibida durante décadas.

Réplica del Niño del cerro El Plomo expuesta en el Museo Nacional de Historia Natural de Santiago de Chile
Réplica del Niño del cerro El Plomo expuesta en el Museo Nacional de Historia Natural de Santiago de Chile. Foto: Wikimedia

Cada centímetro de cabello funcionó como un diario biológico capaz de registrar cambios en la alimentación, el agua consumida y los desplazamientos realizados.

Para comprobar si aquella fractura podía explicar la muerte, los investigadores recurrieron incluso a modelos informáticos de ingeniería utilizados habitualmente para analizar accidentes o impactos.

Mediante simulaciones biomecánicas reconstruyeron cómo respondería el cráneo infantil ante diferentes golpes. El resultado fue concluyente: el patrón de fractura coincide con un fuerte impacto producido por un arma contundente compatible con una maza estrellada de piedra utilizada por los incas.

La lesión no parece fruto de una caída accidental ni del deterioro posterior del cuerpo. Todo apunta a un golpe intencionado recibido poco antes de morir.

No significa necesariamente que todas las víctimas de la Capacocha fueran ejecutadas de la misma manera. Precisamente una de las principales conclusiones del trabajo es que existieron distintos mecanismos rituales de muerte.

Las dos jóvenes tampoco habrían sido estranguladas

La investigación también obliga a revisar otra interpretación clásica. Desde los años setenta se pensaba que las dos mujeres de Cerro Esmeralda habían muerto estranguladas porque presentaban marcas alrededor del cuello.

Sin embargo, el nuevo examen forense ofrece una explicación muy distinta. Las tomografías muestran que el hueso hioides —una pequeña estructura situada en la garganta cuya fractura suele aparecer en muchos casos de estrangulamiento— permanece intacto en ambas jóvenes. Tampoco existen lesiones compatibles con traumatismos cervicales.

Los investigadores concluyen que las marcas observadas probablemente fueron provocadas por la presión ejercida por los tejidos y la ropa sobre la piel tras la muerte y durante el proceso natural de momificación.

Eso no significa que no fueran sacrificadas. Significa, simplemente, que hoy ya no existen pruebas suficientes para afirmar que murieron estranguladas. La causa exacta de su muerte permanece abierta.

Aspecto que presentaban las momias CES-A y CES-B cuando se exhibían en el Museo Regional de Iquique antes de 2011
Aspecto que presentaban las momias CES-A y CES-B cuando se exhibían en el Museo Regional de Iquique antes de 2011. Foto: Science Advances (2026)

La tecnología forense ha conseguido responder preguntas que permanecían abiertas desde el hallazgo de estas momias hace más de medio siglo.

La ciencia moderna vuelve a hablar con unas momias excavadas hace medio siglo

Uno de los aspectos más interesantes del estudio es que demuestra que la arqueología nunca está completamente cerrada.

Las tres momias fueron descubiertas hace entre cincuenta y setenta años, cuando muchas de las técnicas actuales ni siquiera existían. Además, los procesos de excavación de la época alteraron parte de las evidencias y dejaron numerosas preguntas sin respuesta.

Hoy, gracias a métodos mínimamente invasivos, los investigadores han podido obtener nueva información sin dañar unos restos humanos extraordinariamente frágiles.

También han refinado la cronología mediante nuevas dataciones por radiocarbono. Los resultados sitúan a las dos jóvenes de Cerro Esmeralda hacia el año 1450 y al Niño del cerro El Plomo alrededor de 1480, lo que demuestra que estas ceremonias no fueron episodios aislados, sino una práctica mantenida durante varias décadas mientras el Imperio inca consolidaba su dominio sobre los Andes meridionales.

No obstante, el propio debate científico continúa abierto. Algunos especialistas ajenos al estudio consideran que determinados aspectos de la reconstrucción de las rutas de peregrinación podrían admitir otras interpretaciones, ya que los cambios isotópicos también pueden estar influidos por variaciones estacionales en la dieta. Del mismo modo, otros investigadores señalan que el papel de Cuzco como punto de partida de todas las peregrinaciones quizá no fuera tan uniforme como plantea este trabajo.

Ese intercambio de argumentos forma parte del funcionamiento normal de la ciencia y, lejos de restar valor al estudio, muestra hasta qué punto estas investigaciones siguen ampliando el conocimiento sobre una de las ceremonias más complejas del mundo andino.

Lo verdaderamente importante es que el nuevo trabajo cambia la pregunta que durante décadas se hicieron arqueólogos e historiadores. Ya no basta con averiguar cómo murieron estos niños. Ahora sabemos que su muerte fue únicamente el último episodio de un proceso mucho más largo, cuidadosamente organizado por el Estado inca, en el que el viaje, la alimentación, la religión y la integración política formaban parte de una misma estrategia imperial.

Referencias

  • Verónica Silva-Pinto et al, Pilgrimage to sacrifice: Mechanisms, causes, and time of death of the Western Andean Capacocha of the Southern Tawantinsuyu, Science Advances (2026). DOI: 10.1126/sciadv.adz9055

Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com

En la sección: Muy Interesante

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