¿Barranquilla le ganó la guerra a los arroyos? La historia después de 117 fallecidos, una multimillonaria inversión y una transformación de la ciudad
📅 🕐 hace 1 min🔗 Fuente: eltiempo.com🕑 10 min de lectura
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‘Lucho Torres’, el célebre cómico barranquillero, popularizó en la década de los 2000 una frase que magnificaba socialmente la problemática de las escorrentías en la capital del Atlántico: “en Barranquilla, el único arroyo que no se lleva a la gente es el Joe”. De manera jocosa, sagaz y original, el señor Torres sintetizó una discusión de 100 años de historia en la ciudad.
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En ese tiempo, Barranquilla se detenía cuando llovía. No había paraguas ni impermeable que retara a un aguacero en el siglo XX o inicios del XXI: las clases se suspendían, los trabajadores quedaban atrapados en sus oficinas, los buses se detenían y miles de personas esperaban a que ‘baje el agua’ para intentar regresar a casa.
Detrás del chiste que abrió esta nota, había una realidad contundente. Durante décadas, los arroyos cobraron vidas, arrastraron vehículos, partieron la ciudad en dos y se convirtieron en el principal símbolo de una Barranquilla incapaz de controlar las escorrentías que descendían desde el occidente hasta el río Magdalena.
Las portadas nacionales, los diarios locales y el imaginario popular le pusieron un yugo a la Puerta Dorada de Colombia, que durante todo fenómeno de La Niña o lluvias ocasionales era, frente a cada tragedia o damnificación, la ‘Barranquilla de los arroyos’.
Han pasado años de la frase cómica, décadas desde las primeras propuestas para solucionar y un siglo desde la identificación del problema. La ciudad más poblada del Caribe, la de las imágenes de buses y carros arrastrados, ahora ve a sus nuevas generaciones crecer desconociendo los cauces que aterrorizaron a sus padres y abuelos.
Entonces, la pregunta es inevitable: ¿Barranquilla derrotó a los arroyos o aprendió a vivir mejor con ellos? EL TIEMPO consultó a distintos expertos, entidades e hizo un barrido histórico por la problemática de la ciudad y obtuvo una importante conclusión.
Una ciudad construida sobre el agua
Los arroyos en Barranquilla buscan llegar al río Magdalena. Foto:Alcaldía de Barranquilla
Para entender la dimensión del cambio hay que comprender primero el origen del problema. Barranquilla se desarrolló sobre una llanura aluvial conectada naturalmente con el río Magdalena.
A medida que la ciudad creció y se expandió hacia nuevos sectores urbanos, las lluvias comenzaron a concentrarse en corredores naturales que terminaban convertidos en violentas corrientes superficiales.
El fenómeno fue agravándose durante décadas. A comienzos de los años 2000, el geólogo e investigador Humberto Ávila advertía que el problema no podía explicarse únicamente por la ausencia de alcantarillado pluvial.
Según sus análisis, Barranquilla enfrentaba una pérdida progresiva de áreas permeables producto de más de 80 años de urbanización acelerada. La ecuación era explosiva: una ciudad cada vez más pavimentada, precipitaciones intensas y una topografía que favorecía la formación de corrientes rápidas y peligrosas.
Ávila llegó a advertir que cerca del 80 % del agua lluvia que caía sobre la ciudad terminaba escurriendo superficialmente por calles y avenidas. Para entonces se tenían inventariados 23 arroyos importantes, siete de ellos capaces de paralizar por completo la movilidad urbana y cuatro catalogados como de alta peligrosidad: Rebolo, Felicidad, Country y calle 84.
¿Los recuerdan? Los caudales podían alcanzar hasta 150 metros cúbicos por segundo y velocidades superiores a seis metros por segundo, suficiente para arrastrar personas, motocicletas y vehículos. Si el agua estaba brava, hasta un bus lleno se sumaba a la lista.
El costo humano
Hasta octubre de 2025 se habían documentado al menos 117 muertes asociadas a estos fenómenos. Foto:Kronos
La historia de los arroyos no se mide únicamente en metros de concreto ni en inversiones multimillonarias, ya que yambién se mide en vidas.
De acuerdo con el observatorio ciudadano Proyecto Arroyos de Barranquilla, hasta octubre de 2025 se habían documentado al menos 117 muertes asociadas a estos fenómenos.
Los datos revelan patrones inquietantes. La mayoría de las víctimas fueron hombres menores de 40 años. El 63 % correspondía a peatones y otro 17 % se encontraba realizando actividades laborales al momento de los hechos.
Las cifras también desmontan uno de los imaginarios más frecuentes alrededor de los arroyos. Es que muchos no murieron dentro de vehículos, ya que la mayoría lo hizo interactuando directamente con las corrientes.
Al menos 68 fallecimientos estuvieron relacionados con contacto directo con los arroyos, ya fuera durante actividades recreativas, intentos de rescatar objetos o por subestimar la fuerza del agua.
Entre esos casos aparecen 47 personas que se encontraban realizando actividades recreativas. Treinta eran menores de 24 años que habían salido a «bañarse» durante los aguaceros. Los niños y adolescentes fueron, durante décadas, uno de los grupos más vulnerables.
Culturalmente, adoptó ser ‘la de los arroyos’
La gente veía válido detener cualquier actividad por respeto a los arroyos. Foto:EL TIEMPO
Los múltiples expertos consultados por EL TIEMPO coinciden en algo: los arroyos llegaron a convertirse en parte de la cultura barranquillera.
«Llovía y la gente se quedaba en la casa. El que salía cuando estaba lloviendo era el que no era de aquí», recuerda Ignacio de la Hoz, ingeniero hidráulico de la CRA.
La frase resume una realidad que miles de barranquilleros conocieron, en el que la lluvia no solo implicaba riesgo, sino también una interrupción de la vida cotidiana.
En conversación con esta casa editorial, el director encargado de la CRA, Pedro Cepeda, recuerda que la ciudad se paralizaba por completo. La movilidad, la producción económica, las actividades académicas y el transporte terminaban condicionados por la aparición de los arroyos.
Germán Escaf, jefe de Planeación de la mencionada entidad, incluso evoca una tragedia personal. Un compañero suyo de colegio murió al ser arrastrado por el arroyo de la calle 84 cuando se movilizaba en bicicleta. Desafortunadamente, historias similares se repitieron durante generaciones.
2016, el año bisagra
La Corporación Regional Autónoma del Atlántico (CRA) facilitó la inversión de los proyectos. Foto:Cortesía
Aunque los estudios sobre el problema venían realizándose desde comienzos del siglo XX, la mayoría de expertos coincide en que el verdadero punto de inflexión llegó a mediados de la década pasada.
Entre 2015 y 2016 se estructuró un convenio que permitió financiar la intervención masiva de varios de los principales arroyos de Barranquilla.
La CRA le facilitó al Distrito poner en marcha un proyecto respaldado por vigencias futuras en el que comprometió más de 710.000 millones de pesos para ejecutar obras de gran escala.
La inversión permitió intervenir corredores históricamente críticos como el de la Carrera 21, La Felicidad, Calle 76, Carrera 65, Hospital y el de la Calle 92. Sin duda, ese momento marcó el inicio de la transformación estructural más importante en la historia de los arroyos barranquilleros.
Los arroyos que desaparecieron
Hoy se encuentran canalizados los arroyos de la 21, la 84 y La Felicidad, de los más temidos. Foto:Agencia KRONOS
Los números ayudan a dimensionar el alcance de las intervenciones. Solo el arroyo de La Felicidad representó una inversión superior a los 198.000 millones de pesos. La canalización de la carrera 21 superó los 163.000 millones.
Por su parte, el arroyo Hospital requirió cerca de 130.000 millones. Las obras beneficiaron a cientos de miles de habitantes y modificaron sectores que durante décadas estuvieron asociados al riesgo.
Según la información entregada a EL TIEMPO por la CRA, los proyectos de las calles 76, 65, Hospital y 92 ya se encuentran terminados, mientras que La Felicidad y la carrera 21 superan el 97 % de ejecución y operan funcionalmente, aunque mantienen asuntos pendientes de carácter eléctrico y urbanístico.
Lo destacable es que varios de los arroyos históricamente vinculados con emergencias y fallecimientos hoy se encuentran canalizados. La carrera 21, la calle 84 y La Felicidad, que durante años figuraron entre los sectores más peligrosos, dejaron de registrar las dinámicas que los hicieron tristemente célebres.
¿Entonces ya no existen los arroyos?
La calle 84, a la altura de la carrera 51B, vía por donde pasaba un arroyo. Foto:EL TIEMPO
No exactamente. Nelson Rangel-Buitrago, geólogo y docente de la Universidad del Atlántico, conversó con EL TIEMPO y considera que Barranquilla logró una transformación profunda, pero eso no significa que el fenómeno haya desaparecido.
«Barranquilla dejó de ser la ciudad dominada por los grandes arroyos, pero no dejó de tener arroyos. Lo que cambió fue nuestra capacidad para manejarlos«, explica.
Según el experto, durante lluvias intensas siguen presentándose flujos superficiales que afectan la movilidad y generan riesgos, especialmente porque los desafíos actuales están asociados al crecimiento urbano y al aumento de eventos extremos relacionados con el cambio climático.
Hay otros factores, los relacionados con la intervención humana, pero dejando eso de lado los propios funcionarios de la CRA reconocen que unas eventuales nuevas dinámicas climáticas pueden plantear retos adicionales y siempre va a haber algo que solucionar.
Ahora bien, el éxito de las grandes canalizacionesdesplazó la discusión. Antes la preocupación estaba concentrada en corredores históricos como la 84, la 76 o la 21.
Hoy las miradas apuntan hacia otros puntos críticos como Don Juan, Salao, la red de arroyos del occidente y otros sectores donde continúan desarrollándose nuevas obras de drenaje. Las intervenciones que actualmente avanzan en zonas como la calle 85, La Pradera o Villa San Carlos demuestran que la tarea aún no termina.
La victoria fue quitarse el yugo
Barranquilla hoy destaca por muchas cosas más que no son necesariamente un fenómeno natural. Foto:Alcaldía
A todas estas, la evidencia apunta a una conclusión difícil de discutir. Barranquilla ya no es la ciudad que fue durante buena parte del siglo XX e inicios del XXI.
Los grandes arroyos que paralizaban la movilidad, arrastraban vehículos y cobraban vidas quedaron atrás en numerosos sectores gracias a una de las mayores apuestas de infraestructura urbana ejecutadas por la ciudad.
Las 117 muertes documentadas, los años en que la lluvia detenía la economía y las historias de generaciones enteras marcadas por el miedo a las corrientes explican por qué la transformación fue necesaria.
Pero también es cierto que los arroyos no desaparecieron (ni lo harán) como fenómeno natural. Siguen allí, escondidos bajo canales, sistemas de drenaje y obras hidráulicas. Siguen apareciendo cuando las lluvias son extremas y siguen recordando que Barranquilla nació en una geografía que nadie puede cambiar.
Quizás la respuesta más precisa a la pregunta inicial sea la que plantea Nelson Rangel, la que dice que la ciudad dejó de estar dominada por los arroyos, pero no dejó de tenerlos.
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La diferencia es que ahora cuenta con herramientas para enfrentarlos. Y, después de más de un siglo de tragedias, aquel original chiste de Lucho Torres ya sufrió una transformación histórica.
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#AbelardoDeLaEspriella #PosesiónPresidencial Foto:EL TIEMPO
Camilo Álvarez Peñaloza, periodista EL TIEMPO Barranquilla