Veinte años de ‘La nación soñada’

En el capítulo final de su Idola Fiori, Carlos Arturo Torres describe un bajorrelieve del Gran Palais, en París de 1905, con una embarcación que representa la sociedad y que boga y se estremece en un mar misterioso, con tres mujeres jóvenes de peculiar belleza. La que ocupa el centro de la barca rema con vigor y significa la energía del esfuerzo actual, la labor apremiante, el afán del presente; la que va en la popa, hunde la mirada en la playa que va quedando atrás y simboliza un pasado que se va y no regresará jamás; y la que va en la proa, radiante de fe y de juventud, explora las lejanías en donde espera que surgirá la isla encantada, el futuro soñado de esperanza y prosperidad.
Recuerdo este texto al conmemorar veinte años de la publicación de La nación soñada, de Eduardo Posada Carbó (Ideas para la Paz, Grupo Editorial Norma, 2006), uno de los libros más importantes que se han escrito para caracterizar a la sociedad colombiana con los activos y pasivos que heredamos del pasado, con los desafíos del presente y con sus retos futuros.
Elaborado durante los primeros años del siglo, este libro hizo un fuerte llamado de atención a analistas extranjeros y a muchos académicos, intelectuales, columnistas, líderes políticos, empresarios, religiosos y literatos colombianos, de todas las tendencias políticas e ideológicas, que calificaban al país con un “lenguaje que nos inculpa casi a diario como una nación bárbara y violenta, vacía de valores éticos, y de políticos que conduzcan su destino, inmersa desde la eternidad en una guerra ininterrumpida y sin solución”.
Para refutar esas narrativas, Posada Carbó se propuso con este libro “controvertir el arraigado estereotipo que identifica a nuestra nación solo con la guerra y la violencia” y “reivindicar las tradiciones liberales y democráticas del país, y sugerir en ellas los valores que han indicado, con marcada insistencia histórica, el curso de la nación soñada”.
En medio del pesimismo y la resignación que reinaban, factores que habían comenzado a revertirse cuando se publicó el libro en 2006, al final del primer gobierno de Álvaro Uribe, Eduardo Posada Carbó controvierte los lugares comunes que atan nuestra violencia a una supuesta intolerancia cuasi genética que incita a los colombianos a matarse entre ellos, e impugna los argumentos que definen a nuestras instituciones republicanas y a nuestra democracia como farsas construidas por unas élites oligárquicas. Con uno de los análisis más completos y rigurosos de estudios y fuentes que, hasta entonces se habían elaborado de la historia de Colombia, Posada Carbó demuestra cómo, desde el comienzo de la república, el poder se había ejercido con las formas afines a la democracia representativa liberal y analiza las causas que permitieron ese ejercicio del poder limitado en el espacio y en el tiempo.
Dicha tradición se remonta a la Constitución de Cúcuta de 1821, que consagró el diseño institucional de la división de poderes, y a los años en los que Francisco de Paula Santander y el grupo de abogados y juristas que lo rodeaban, como Ezequiel Rojas, Mariano Ospina Rodríguez, Lorenzo María Lleras o Florentino González, fueron enfáticos en respetar esos principios de la Constitución de 1821 y, en resaltar que debía ser el pueblo y no unas castas privilegiadas y menos un dictador, quien debía elegir y gobernar el país.
Colombia es una de las democracias más antiguas de la región. Foto:Istock
Concepción liberal del poder
En forma semejante, Posada Carbó ilustra cómo esa tradición liberal se ha sustentado durante dos siglos de vida independiente en las fuerzas de una sociedad civil y en una opinión pública, que han ayudado a limitar el poder, incluyendo la libre expresión con una prensa independiente desde el comienzo de la república. Pero, más allá de los ordenamientos institucionales y de la fuerza de las ideas, Posada Carbó también argumenta que esa concepción liberal del poder se ha sustentado en factores materiales, como han sido unas regiones fuertes y una multiplicidad de centros urbanos, que han sustentado su relativa autonomía del poder central en la rugosidad de nuestra accidentada geografía.
Como consecuencia de toda esa conjunción de factores, se arraigó una concepción limitada del poder y, como resaltó Malcolm Deas en su Poder de la gramática, desde el comienzo de la república, Colombia “ha sido escenario de más elecciones, bajo más sistemas, central y federal, directo e indirecto, hegemónico y proporcional, y con mayores consecuencias que ninguno de los países americanos o europeos que pretenden disputarle el título” mientras, como contraste, durante los siglos siglo XIX y XX, en el resto del continente proliferaron muchos caudillos, autócratas y dictadores militares y aún hoy en día persisten las dictaduras de Cuba, Nicaragua y Venezuela.
Además de otros temas, con este libro Posada Carbó también planteó argumentos para responder a la paradoja existente, por un lado, entre un país con una de las democracias más largas no solo del continente y del mundo, y, por otro lado, un país con elevados y persistentes niveles de violencia, en particular durante las últimas cuatro décadas. Con base en los argumentos, este libro y en otros escritos de Posada Carbó y de otros autores, encuentro los siguientes argumentos para explicar dicha paradoja. En primer lugar, como también lo argumentó un notable grupo de historiadores en el libro Paz en la República, durante el siglo XIX y hasta 1948, contrario a la narrativa existente, las guerras civiles fueron enfrentamientos de tipo partidista y regionales, de relativa baja intensidad comparadas con las de otros países de la región y si se analiza el período que se extiende entre 1830 y 1948, Colombia solo experimentó once años de guerras civiles durante 118 años. Además, en el casi medio siglo que se extiende entre el final de la Guerra de los Mil Días y el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948, el país vivió un período de práctica ausencia de violencia política (Margarita Garrido, Daniel Gutiérrez y Carlos Camacho, Editores (2019), Paz en la República, Universidad Externado de Colombia, Bogotá).
Con el asesinato de Gaitán, en 1948, se inicia otra fase de violencia que tuvo dos condicionantes que lo diferenciaron de las guerras civiles del siglo XIX. Por un lado, fue una violencia política partidista exacerbada por dos visiones extremistas de facciones cuasi fascistas de los dos partidos tradicionales, que acudieron al populismo, al racismo, la calumnia y la violencia para ganar sus causas.
La otra fuente de la violencia que se desató después del asesinato de Gaitán ha sido menos estudiada y se concentró en el occidente del país, en donde se había dado el más importante proceso de democratización de la tierra y una de las bonanzas económicas más grandes que ha tenido el país en su historia. Como lo ha planteado el profesor de Harvard Robert Bates, en sociedades con Estados inexistentes o muy precarios, la emergencia de bonanzas económicas suele generar anomia social con violencia y extendida degradación social.
El país ha sido escenario de más elecciones que ninguno de los países americanos. Foto:Mauricio Moreno / CEET
Bonanzas violentas
El historiador norteamericano Charles Bergquist fue uno de los académicos que argumentó que la violencia del occidente del país fue una consecuencia de la degradación social y de la anomia que se dio en medio de la gran bonanza económica de los departamentos cafeteros en ausencia de un Estado que fue incapaz de imponer el orden y la legalidad. En muchas regiones cafeteras, en donde ya predominaban la pequeña propiedad, se produjo delincuencia, bandolerismo, robos a vecinos, engaños en contratos de arrendamiento, un proceso en gran medida espontáneo y que fue posible por la ausencia de una fuerza pública y de policía con la capacidad para imponer el orden y hacer cumplir la ley, lo que tuvo como consecuencia que, en la zona cafetera se concentró más del 50 por ciento de los asesinatos de ese periodo.
Con el fin de la dictadura de Rojas Pinilla y los procesos de desmovilización y amnistía de grupos alzados en armas se redujo la violencia y el país experimentó una gran estabilidad durante prácticamente dos décadas, gracias en una importante medida al Frente Nacional, que comenzó a operar desde 1958. Contrario a su denigración por la izquierda marxista y por otros sectores, el historiador norteamericano Robert A. Karl, en su libro ‘La paz olvidada’, publicado en español en 2018, concluyó que el Frente Nacional fue un gran acuerdo político con logros extraordinarios, que permitieron que “en medio de un movimiento nacional hacia la democracia, los colombianos, desde dentro y fuera del aparato estatal, colaboraron en un ambicioso experimento de construcción de paz que no tuvo paralelo en América Latina después de 1945”.
Y, agrega, que “décadas antes de que los derechos humanos y la justicia transicional se convirtieran en regímenes globales, los colombianos idearon prácticas análogas para enfrentar el legado del conflicto interno y el autoritarismo” mientras a lo largo y ancho de América Latina los países se llenaron de dictaduras militares como respuesta a guerrillas que emergieron pretendiendo implantar el comunismo a partir de la revolución cubana.
Según Posada Carbó, en la década de los años ochenta del siglo pasado comenzó un tercer periodo de violencia, diferente a las anteriores, estrechamente ligada, por un lado, a la emergencia del narcotráfico, que les dio un inmenso poder a los carteles de la droga, a grupos guerrilleros y a paramilitares para tomarse el Estado y doblegar a la sociedad. Grupos guerrilleros, como las Farc y el Eln, que se habían fundado en los años sesenta, se expandieron considerablemente solo en la década de los ochenta, sin ningún apoyo popular y con base en los recursos del narcotráfico.
Legado democrático
Posada Carbó también argumenta que la violencia que se dio a partir de entonces ha sido una consecuencia de la debilidad histórica del Estado que, sorprendido por la emergencia del narcotráfico y por estos grupos armados ilegales, durante muchos años, fue incapaz de responder adecuadamente a estas amenazas y, hasta hoy en día, ha sido incapaz de cumplir con una de sus razones de ser fundamentales, cual es tener el monopolio de la fuerza sobre todo el territorio.
El autor también resalta la influencia que han tenido en el largo plazo las ideas antidemocráticas que recaban la legitimidad de nuestras instituciones, una crítica muy sustentada en el marxismo que durante mucho tiempo dominó la interpretación y caracterización de la sociedad en las universidades y centros de pensamiento, y sigue siendo influyente hoy en día en la interpretación de nuestra realidad.
Eduardo Posada Carbó es enfático en argumentar que reconocer las tradiciones liberales y democráticas “no significa glorificar el pasado nacional, ni desconocer nuestros errores y desaciertos, mucho menos invitar a la condescendencia sobre la gravedad de nuestros problemas”.
Al conmemorar dos décadas de la publicación de esta obra, también quiero resaltar la extraordinaria trayectoria académica y profesional de Eduardo Posada Carbó, quien es Ph. D. en historia moderna, profesor titular de Historia y Política de América Latina y el Caribe, académico principal del Brasenose College y del Centro de América Latina de la Universidad de Oxford.
Por su producción en historia comparada de la democracia y en otras áreas de investigación, Posada Carbó es uno de los más importantes académicos no solo de Colombia sino de América Latina y el Caribe. Cuando nuestro país se apresta a recibir un nuevo gobierno, no puede ser un momento más propicio para invitar a nuestros líderes políticos e intelectuales a estudiar su obra, que se enmarca en la visión de esa barca que describe el bajorrelieve del Gran Palais, que invita a analizar los problemas del país, no solo con los retos y desafíos del presente, sino con ese valioso patrimonio que heredamos del pasado, siempre mirando el legado que dejaremos a nuestros hijos, nietos y a todos los que vendrán después.
(*) Doctor en Economía, exdecano de la Facultad de Economía de la Universidad de los Andes y expresidente de Asofondos.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.eltiempo.com
En la sección: EL TIEMPO.COM -Colombia
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