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Opinión

▷ #OPINIÓN El modernismo literario desde la perspectiva actual #20Abr

📅 🕐 20 Abr 2026🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 10 min de lectura
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Antes de pasar a examinar los furibundos y violentos ataques del escritor larense Rafael Domingo Silva Uzcátegui (Curarigua, Estado Lara, 1887- Caracas, 1980) al modernismo literario europeo e hispanoamericano, un verdadero “asedio antimodernista”, como lo ha calificado Amelina Correa Ramón, veamos de qué manera es captada en el presente esta corriente literaria tan en boga en el Fin de Siglo.

Comencemos con las opiniones que sobre el modernismo expone Jorge Luis Borges en un prólogo a El Payador del poeta modernista argentino Leopoldo Lugones. Veamos:

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A fines del siglo XIX y principios del XX, el modernismo renovó la literatura de la lengua española. Esta renovación era necesaria; después del siglo de oro y del barroco, la literatura hispánica decae y los siglos XVII y XIX son igualmente pobres.

Y más adelante dice el genial autor de El Aleph que: “El modernismo por obra de Darío, triunfó en América y en España. Darío, en este último país, no es un forastero; se ha incorporado a la tradición nacional y se habla de él como de Garcilaso o de Góngora. Darío es así, para la historia de la literatura, un gran poeta de España y de América.” (Leopoldo Lugones. El Payador. Prólogo de Jorge Luis Borges, p. xi).

El mexicano Octavio Paz refiere que:

desde el triunfo de la versificación italiana, en el siglo XVI, solamente en dos periodos la balanza se ha inclinado hacia la versificación amétrica: en el romanticismo y en el moderno. En el primero, con timidez; en el segundo, abiertamente. El periodo moderno se divide en dos momentos: el “modernista”, apogeo de las influencias parnasianas y simbolistas de Francia, y el contemporáneo. En ambos, los poetas hispanoamericanos fueron los iniciadores de la reforma; y en dos ocasiones la crítica peninsular denunció el galicismo mental” de los hispano-americanos para más tarde reconocer que esas importaciones e innovaciones eran también, y sobre todo, un redescubrimiento de los poderes verbales del castellano.

Esta posición tan favorable hacia el modernismo habría de causarle a Silva Uzcátegui una fuerte desaprobación y censura como se verá más adelante. ¿Acaso leyó el escritor larense al mexicano? Quizá jamás lo sabremos, pero lo podemos intuir.

Sigue diciendo el Premio Nobel de literatura mexicano que:

El movimiento modernista se inicia hacia 1885 y se extingue, en América, en los años de la Primera Guerra Mundial. En España principia y termina más tarde. La influencia francesa fue predominante. Influyeron también, en menor grado, dos poetas norteamericanos (Poe y Whitman) y un portugués (Eugenio de Castro). (Paz, Octavio. 1972, p. 92).

Y al referirse al poeta nicaragüense Rubén Darío, tan maltratado y ofendido por el escritor larense y curarigueño, dice Octavio Paz:

Hugo y Verlaine, especialmente el segundo, fueron los dioses mayores de Rubén Darío. Tuvo otros. En su libro Los raros (1896) ofrece una serie de retratos y estudios de los poetas que admiraba o le interesaban: Baudelaire, Leconte de Lisle, Moréas, Villiers de l´Isle Adam, Castro, Poe, y el cubano José Martí, como único escritor de lengua castellana…Darío hablaba de Rimbaud, Mallarmé y, novedad mayor, de Lautréamont.

Que son precisamente los poetas a quien dirigirá sus dardos más venenosos el escritor larense. Pero sigamos con el mexicano cuando dice:

La poética del modernismo, despojada de la hojarasca de la época, oscila entre el ideal escultórico de Gautier y la música simbolista: yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, dice Darío, y no hallo sino la palabra que huye…y el cuello del gran cisne blanco que me interroga. La “celeste unidad” del universo está en el ritmo. En el caracol marino el poeta oye un profundo oleaje y un misterioso viento: el caracol la forma tiene de un corazón. El método de asociación poética de los modernistas, a veces verdadera manía, es la sinestesia. Correspondencias entre música y colores, ritmo e ideas, mundo de sensaciones que riman con realidades invisibles. En el centro, la mujer: la rosa sexual (que) al entreabrirse conmueve todo lo que exista. Oír el ritmo de la creación—pero asimismo verlo, y palparlo—para construir un puente entre el mundo, los sentidos y el alma: misión del poeta.

Y como contradiciendo a Silva Uzcátegui dirá Octavio Paz:

Los “modernistas” inventaron metros, algunos hasta de veinte sílabas; adoptaron otros del francés, el inglés y el alemán; y resucitaron muchos que habían sido olvidados en España. Con ellos aparece en castellano el verso semilibre y libre. La influencia francesa en los ensayos de versificación amétrica fue menor; más decisivo, a mí parecer, fue el ejemplo de Poe, Whitman y Castro. A principios de siglo (XX) los poetas españoles acogieron estas novedades. La mayoría fue sensible a la retórica “modernista” pero pocos advirtieron la verdadera significación del movimiento. Y dos grandes poetas mostraron sus reservas: Unamuno con cierta impaciencia, Antonio machado con amistosa lejanía. Ambos, sin embargo, usaron muchas de las innovaciones métricas.

El británico Gerald Martin, en su inigualable biografía Gabriel García Márquez. Una vida, nos brinda una interesante visión anglosajona de Darío, del cual dirá:

García Márquez ya estaba escribiendo poesía bajo el pseudónimo de “Javier Garcés”. Martín (su profesor) se centraba especialmente en las obras de Rubén Darío, el gran nicaragüense que había revolucionado, prácticamente sin ayuda de nadie, el lenguaje poético tanto de España como de América Latina entre 1888, cuando apareció Azul, y 1916, fecha de su muerte. Darío, cuya infancia guardaba inquietantes paralelismos con la de García Márquez, se convertiría en uno de los principales dioses del Olimpo poético de los jóvenes colombianos.

Y no podía faltar en este recorrido las opiniones de nuestro gran venezolano Mariano Picón Salas, quien en su libro, indispensable por más, Formación y Proceso de la Literatura Venezolana (1940) se referirá a los modernistas de forma polarmente opuesta a la del autor larense, es decir con respeto y una alta consideración de sus innegables aportes a la literatura de América, España y venezolana Fin de Siglo, veamos:

fue el movimiento más considerable y contagioso de toda la Historia de nuestra Literatura. Es obvio decir en alabanza del modernismo que creó una nueva sensibilidad lingüística y estética en las letras americanas; que hizo más inquietas y cosmopolitas; que sacó nuestra literatura de su estancamiento provincial y con nombres como los de Silva, Rubén Darío, Rodó, Lugones, Herrera y Reising, Manuel Díaz Rodríguez, dio a la lengua española un primor expresivo que no había conocido desde los días de Cervantes y Góngora. América—porque el modernismo fue un movimiento genéticamente americano—devolvía a España una lengua más dúctil y nerviosa, más adaptada a la inquietud del alma moderna de mayor brío y luminosidad impresionista que aquel idioma un poco de bronce, de cláusulas cerradas y fundidas como el escudo de los conquistadores que nos vino en el siglo XVI; que se acartonó bastante con el fastidioso neoclasicismo del XVIII y que trataron de violentar y modernizar algunas personalidades del siglo XIX, como Bolívar, Sarmiento, González Prada, Justo Sierra, Martí.

Y sigue diciendo el humanista merideño que: “…el español decimonónico había caído en un rancio arcaísmo de museo —como en el que escribían los académicos— o en llaneza desvestida y sin estilo, como la que disminuye la evidente fuerza y contenido dramático de las novelas de Galdós.” (Op. Cit; p. 254).

Y como desmintiendo a nuestro Silva Uzcátegui, quien se amuralla en un estéril casticismo literario, escribe Picón Salas:

…las otras lenguas europeas —Francia, Inglaterra, Alemania— lograban, por contraste, su mayor perfección estilística. Paradójicamente, puede decirse que necesitábamos afrancesarnos, anglizarnos, germanizarnos, (subrayado nuestro), recibir el contacto de otras culturas y viajar al mismo tiempo —como lo hizo Rubén Darío— a las más olvidadas fuentes de nuestra tradición lingüística, para que el Español alcanzara el espíritu moderno. Que fuese algo más nuevo y ágil que una panoplia, y más elevado que los chistes madrileños del género chico. En ello consistió, esencialmente, el aporte renovador del Modernismo.

Pero sin caer en los tremendismos y crudezas del escritor larense dirá Picón Salas, algo así como recriminando a los modernistas:

Y fuera de la grandeza de Darío, de Silva, de Lugones, de una decena de excelentes poetas y prosistas, el Modernismo se agotó tempranamente porque puso su mayor interés artístico en el instrumento verbal más que en el contenido y el mensaje; porque a veces fue sólo juego juglaresco que -como cualquiera otro- estereotipaba su propia retórica. Un epígono de la escuela, sirviendo a todas las causas y casi sin comprometerse en ninguna.

Y no podíamos olvidar al malogrado crítico literario Ángel Rama, quien en su libro Rubén Darío y el modernismo (1970) afirma que el Modernismo en general y el de Rubén Darío, en particular, representan la “autonomía poética de América Latina, la comprensión de un sistema literario (con un corpus literario coherente, un publicó efectivo y productores especializados) y la instauración de una tradición poética.”

Pero veamos las opiniones de un crítico literario, larense como Silva Uzcátegui, el caroreño Luis Beltrán Guerrero quien escribirá que: “Rubén Darío (1867-1916) es el más grande poeta de ambas Españas, desde el siglo de oro hasta hoy, y le debemos el enaltecimiento de la lengua española y de la cultura latina en general, a más de una mayor riqueza del mundo interior.”  (Prosa crítica, p. 177).

Guerrero, quien como dijimos al comienzo, conoce la Historia Crítica del Modernismo en la Literatura Castellana de su paisano Silva Uzcátegui, pero quien se declara en desacuerdo con las destempladas apreciaciones de su coterráneo, dirá del bardo nicaragüense que:

Rubén Darío, alcanza a representar no sólo a una nación, ni a un conjunto de naciones, sino, aún más, a una cultura, que nace en el Lacio bajo las siete colinas, y crece y se fortifica con los fugitivos de Troya llegados a la Magna Grecia. (…) la perspectiva del tiempo ha esclarecido el tema polémico accidental de si fue el Poeta de América o más lo fue de España, inútil discusión ante quien se llamó español de América y americano de España.

Luis Beltrán Guerrero, quien fue llamado “el humanista de Venezuela”, nos brinda además una suerte de definición del modernismo:

Desde 1888, Darío inicia el uso del vocablo modernismo, que significaría “la libertad y el vuelo, y el triunfo de lo bello por sobre lo preceptivo, en la prosa, y la novedad en la poesía; dar color y vida y aire y flexibilidad al antiguo verso que sufría anquilosis, apretado entre tomados moldes de hierro.

Hechas estas apreciaciones, pasaremos después a develar de qué manera el escritor larense y curarigüeño gana Premio de la Academia Española en 1927, y por qué hasta ahora no se conocían las circunstancias precisas en las cuales está conservadora institución, atada a un anacrónico casticismo radical, da un espaldarazo a los furibundos asedios antimodernistas de R. D. Silva Uzcátegui.

Luis Eduardo Cortés Riera

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