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Opinión

Morrocoy, el decreto que salvó un paraíso

📅 🕐 30 Oct 2025🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 6 min de lectura
Anamaría Correa
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Hace muchos años, mi querido tío Virgilio González Klose, el artista de la familia, me invitó a su casa de playa en Cayo Pescadores. Cabe destacar que mi tío Virgilio (que en realidad era primo y compadre de mi papá, pero todos lo considerábamos un tío) era para mí el artista de la familia porque cantaba como nadie y tocaba muy bien el piano. Me recordaba a Dick Van Dyke en su papel de deshollinador en Mary Poppins: alto, delgado, simpático y encantador.

Recuerdo que en su casa tenía un acuario con peces preciosos. Jamás había visto ejemplares tan hermosos en las peceras de otras casas; incluso tenía caballitos de mar. Era una pecera enorme, casi como las de los acuarios públicos. Entonces, mi mamá me explicó que eran peces de mar, traídos directamente de Pescadores, la pequeña isla donde mis tíos Virgilio y América tenían su casa de playa, la casa a la que me invitaron.

Al llegar a Pescadores, el espectáculo fue deslumbrante: aguas de una transparencia infinita, arena blanca, una paz serena y una casa construida con tubos, donde los chinchorros podían colgarse sin problemas. Solo había paredes en un par de habitaciones, la cocina y el baño. Al lado derecho, había tres casas muy distintas a la de mi tío, pero iguales entre sí: de dos pisos, con la planta baja destinada a los chinchorros y la vivienda propiamente dicha, con paredes, en el segundo piso. Mi tía América me dijo que pertenecían a los Isaacs, los Ramos y los Rached, familias valencianas y al lado izquierdo de mis tíos estaban los Mascia, de origen italiano, pero también de Valencia. Quién iba a decir que años después me casaría con uno de esos valencianos de Pescadores, Sergio Ramos.

Las noches eran mágicas: reunidos en un caney, jugábamos mímica y compartíamos historias con los vecinos. Dos de ellos (oh, sorpresa) eran amigos míos: Carlitos Isaacs, que estudiaba conmigo segundo año de bachillerato en el Montessori, y Gerardo Pfeiffer, vecino de Guaparo. Fueron unas vacaciones de ensueño.

Unos años después, ya con 17, mi primo Sebastián Paz, me llevó a conocer su palafito, sí, una casa construida sobre el mar. Era espectacular. Y se trataba del mismo mar transparente de arenas blancas que había visto en Pescadores. El palafito tenía columnas y techos de madera, y paredes solo para las tres habitaciones, la cocina y el baño; el resto estaba completamente expuesto. Me encantó descubrir que el inodoro tenía un depósito con un químico desinfectante que eliminaba las heces.

Sebastián nos llevó a conocer otros cayos, como Cayo Muerto, Cayo Sal y Cayo Sombrero, todos llenos de gente. Los palafitos hacían que el lugar se pareciera a lo que Alonso de Ojeda y Américo Vespucio debieron haber visto en el lago de Maracaibo cuando nos bautizaron como Pequeña Venecia.

Pero también vi la otra cara de ese paraíso. Fuimos a un palafito (y nos contaron que así lo hacía la mayoría) donde las pocetas vertían directamente al mar todo lo que se depositaba en ellas. Además, había electrodomésticos viejos abandonados en los manglares o simplemente tirados a un lado de los palafitos, todos bajo el mar… La basura empezaba a empañar la belleza natural. Y Sebastián nos advirtió con tristeza: «Día a día estos lugares están perdiendo su esplendor».

Sin embargo, también conocimos un palafito diferente, el de un amigo de Sebastián. Era todo de madera, con un gran pedazo del piso de material transparente, no sé si vidrio, para ver los peces y, lo más importante, un baño con un inodoro químico, como el de Sebastián y el de los aviones, que no contaminaba. Era una prueba de que se podía vivir en armonía con ese entorno frágil.

En 1974 llegó el decreto. El recién nombrado presidente, Carlos Andrés Pérez, por quien yo había votado, decretó el Parque Nacional Morrocoy. Se demolieron casi todos los palafitos. Solo quedó en pie uno: el del piso de vidrio, que se destinó a la Guardia Nacional para vigilar la zona. En un primer momento, me embargó la rabia, pero Carlos Andrés tenía razón. Mi primo Sebastián, que era de COPEI, también lo aceptó: «Tal vez era lo mejor para este lugar».

En el 75, cuando vivía en España, un amigo venezolano, Félix León, que estudiaba turismo en Madrid, llegó un día emocionado a mi casa, porque en clases habían dicho que las mejores playas del mundo estaban en Venezuela. Y era verdad. Cuando recorrimos Europa en carro, fuimos a varias de las famosas playas y ninguna le llegaba ni a los tobillos a las nuestras. Eran hermosas para el turismo, con buenas construcciones, pero a nivel natural, terribles.

Hace poco, un video reveló la pieza que faltaba en esta historia: la tesis de grado del ingeniero forestal José Moreno Zambrano, “Parque Nacional Marino Morrocoy”. Fue su trabajo, su visión y su amor por esta tierra lo que inspiró el decreto presidencial. Ahí cuentan cómo un «morrocoy» (en realidad, una tortuga de mar) lo miró como suplicándole piedad, y por eso le dio ese nombre: “Morrocoy”. Un nombre que caló a la perfección, porque hoy todo el mundo llama así a ese lugar emblemático. Hasta nosotros, mis gaiteros y yo, “Los Fuleros”, compusimos una gaita con ese nombre, “Morrocoy”, recomendando a los vacacionistas que visitaran sus playas.

No fue fácil para Moreno. La tesis fue aprobada, se graduó con honores y se la presentó al entonces presidente, Rafael Caldera, quien hizo caso omiso a la propuesta. Cuando Carlos Andrés Pérez asumió la presidencia, José Moreno Zambrano volvió con su proyecto y la respuesta de CAP fue muy diferente: decretar el Parque Nacional Morrocoy. De hecho, los venezolanos siempre pensamos que había sido idea de él, no del joven ingeniero.

Aquellos más acomodados que perdieron sus palafitos, se unieron para que el decreto fuera eliminado, utilizando sus influencias políticas y económicas. Contrataron a un abogado excelente, de esos que no perdía un caso. Este propuso utilizar unas gotas mágicas alemanas que harían potable el agua contaminada. La réplica del ingeniero Moreno Zambrano, según el video, fue increíble: “Renuncio a mi cargo y al proyecto Parque Nacional Marítimo Morrocoy si el señor abogado toma un poco de sus aguas servidas, usa sus gotas milagrosas y procede a beber un vaso de esa agua”. El abogado se retiró, y el proceso legal terminó ahí.

El legado de José Moreno Zambrano nos aseguró que las generaciones futuras, y el mundo entero, pudieran seguir maravillándose con este regalo de la naturaleza, protegido para siempre.

Gracias ingeniero Moreno.

Anamaría Correa

[email protected]

Fuente de TenemosNoticias.com: www.el-carabobeno.com

En la sección: Destacados articulistas sobre temas de política, Educación, salud, cultura de Valencia, Carabobo y Venezuela

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