Una nota para el después: del antagonismo al agonismo en Venezuela
Sé que esta reflexión no responde del todo al tiempo que estamos viviendo. Estamos en medio del conflicto, de la urgencia y del miedo, pero también estamos en el inicio de algo. No es aún el desenlace, ni el nudo. Es apenas el primer paso de una posible transición (claro: hay diferentes tipos de transiciones —pactadas, negociadas, institucionales, impuestas…— y aún nos falta definir esas partes, a pesar de que sabemos hacia dónde quisiéramos ir según cada sector. No se trata solo de cambiar un gobierno, sino quizás el régimen, el sistema, incluso el tipo de Estado que queremos reconstruir).
Por eso dejo estas palabras como quien deja una nota para el futuro. Para ese momento en que el país se estabilice, cuando podamos volver a casa, cuando nos toque no solo recuperar estructuras, sino decidir si queremos reconstruirnos como país, como sociedad, como comunidad política.
En Venezuela, durante años, aprendimos a vernos como enemigos. El chavismo y la oposición no han sido solo bloques políticos: han sido mitologías enfrentadas. Se insultan, se provocan, se caricaturizan… y, a veces, se sostienen mutuamente. En este marco, la política dejó de ser un espacio de confrontación legítima para volverse una guerra total.
Sin embargo, hay otro modelo posible: uno que no niega el conflicto, pero que lo encauza. Chantal Mouffe llama a esto agonismo. En lugar de enemigos a destruir, adversarios que se reconocen: en lugar de imposición, disputa, en lugar de borrarse mutuamente, coexistir en un marco común de reglas y derechos.
No se trata de reconciliación superficial ni de impunidad, sino de construir un sistema donde el poder no se reparta como botín, sino que se regule para que nadie pueda aplastar al otro sin consecuencias.
No sé aún si los actores actuales están dispuestos a ir en esa dirección. El chavismo juega a no desaparecer, a reconfigurarse, la oposición espera su quiebre. Claro está, las jugadas reales solo las conocen quienes están adentro, y el tablero cambia cada día.
Lo que sí sé es que, cuando llegue el momento de pensar en una transición, esta idea puede ayudarnos a diseñar un modelo que no repita los errores del pasado, porque incluso después de todo el dolor, de la persecución y del exilio, necesitaremos un país donde podamos vivir juntos, sin miedo.
Convivir no significa olvidar. En nuestro país hubo tortura, censura, presos de conciencia, cuerpos desaparecidos, periodistas silenciados, comunidades enteras desplazadas, hubo un sistema que violó derechos humanos de forma sistemática y lo supo. ¡Eso es innegociable!
No se puede pedir a una sociedad que olvide el daño real, ni se puede construir futuro sobre la negación del sufrimiento, es importante recordar que no todos participaron de esos crímenes, no todos fueron cómplices ni todos son verdugos.
La justicia será necesaria, y será también el perdón, que no es amnesia, no es pasar la página sin leerla. Es, más bien, una decisión compleja y colectiva de no quedar atrapados en la repetición del odio, de recordar, sin que ese pensamiento nos impida avanzar.
Y sin embargo, ahí siguen ambos: la Venezuela oficial y la otra. La que gobierna y la que resiste, la que se fue y la que quedó, no se han exterminado mutuamente, no se han rendido. Y si de algo sirve esa persistencia, que sea para pensar un nuevo marco donde podamos coexistir políticamente, incluso sin estar de acuerdo.
Quizás el camino esté en volver al pensamiento. No al relato ideológico impuesto, no a las consignas vacías, sino a las ideas, al debate político de fondoa preguntarnos qué país queremos construir, más allá de etiquetas, a permitirnos disentir sin deshumanizarnos…a reencontrarnos desde los planteamientos, no desde la propaganda.
Sí, incluso después de todo esto, nos vamos a necesitar, y para eso, quizás, nos toque primero vernos, no como mitos, no como enemigos eternos, sino como lo que somos: venezolanos.
Esta nota no confluye con una sola tendencia política, no estoy saltando espacios, trato de ver ambos sectores más allá de sus cabecillas,más allá de las cabezas y los grupos.
En ese sentido, ojalá, cuando llegue el momento de volver a casa (física o simbólicamente), podamos mirar este punto como el instante en que empezamos a concebir una nueva forma de habitar juntos el país, aún con nuestras diferencias, aún con nuestras heridas.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.analitica.com
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