Resuelven uno de los grandes misterios de William Shakespeare: descubren 400 años después la casa de Londres donde pudo crear sus últimas obras

Pocas figuras de la historia cultural generan tantas preguntas sin resolver como William Shakespeare. Sabemos bastante sobre sus obras, sobre su ascenso en los teatros de London y sobre su retiro en Stratford-upon-Avon. Sin embargo, uno de los enigmas más persistentes era sorprendentemente doméstico: dónde estuvo exactamente la única casa que compró en la capital inglesa.
Durante generaciones, historiadores y curiosos se conformaron con una respuesta aproximada. Una placa azul instalada en una discreta calle del barrio de Blackfriars indicaba que Shakespeare había adquirido alojamientos “cerca de este lugar”. Esa fórmula ambigua resumía siglos de incertidumbre. Se sabía que el escritor invirtió allí en 1613, pero no dónde comenzaban sus muros ni cuánto espacio ocupaba realmente.
La duda no era menor. Blackfriars no era cualquier barrio. En la Londres jacobea era una zona estratégica: próxima a centros de poder, a residencias acomodadas y, sobre todo, al teatro cubierto de Blackfriars, donde la compañía del dramaturgo representaba obras para un público selecto. Si Shakespeare eligió instalarse allí, la decisión podía decir mucho sobre sus últimos años.
La imagen tradicional lo mostraba retirándose casi de inmediato a Stratford, ya convertido en propietario acomodado y hombre respetable. Londres habría quedado atrás como escenario de juventud y ambición. Pero esa narrativa siempre tuvo grietas. Documentos dispersos lo sitúan aún vinculado a la capital después de 1613, y siguió colaborando en nuevas piezas teatrales.

El hallazgo obliga a revisar la vieja idea de un Shakespeare retirado para siempre en Stratford.
El hallazgo que cambia el mapa
Ahora, tal y como ha revelado King’s College London, la investigadora Lucy Munro encontró tres documentos que permiten reconstruir el rompecabezas. Dos proceden de los archivos de Londres y otro de los Archivos Nacionales británicos. Entre ellos destacaba una pieza decisiva: un plano de 1668 elaborado tras el Gran Incendio de Londres.
Ese dibujo técnico, olvidado durante siglos, permitió situar la propiedad con precisión milimétrica. La casa ocupaba el extremo oriental de Ireland Yard, la parte baja de Burgon Street y sectores de los actuales números 5 de Burgon Street y 5 de St Andrew’s Hill. En otras palabras: la famosa placa no estaba cerca del lugar, sino encima del lugar exacto.
El documento también aporta medidas desconocidas hasta ahora. La parte conservada del inmueble alcanzaba unos 13,7 metros de largo y entre 4 y 4,6 metros de ancho. No era una residencia palaciega, pero sí una construcción sólida y valiosa, hasta el punto de que en 1645 ya se había dividido en dos viviendas. Eso sugiere una propiedad más importante de lo que se había supuesto.
La casa donde pudo trabajar el último Shakespeare
La ubicación cambia además la lectura biográfica del autor. La vivienda estaba a pocos minutos de su entorno profesional. Resulta difícil pensar que un hombre tan práctico comprara allí solo por azar o como mera inversión inmobiliaria. Tal y como indica la investigación, Shakespeare aún trabajaba en esos años y colaboró con John Fletcher en Los dos nobles caballeros (The Two Noble Kinsmen) poco después de la compra.
Eso abre una posibilidad fascinante: que parte de sus últimas obras se escribieran en esa casa ahora identificada. No puede demostrarse con certeza, pero por primera vez existe un escenario físico plausible para imaginar al dramaturgo en sus años finales, todavía entre papeles, borradores y negocios teatrales.
También cambia la idea de un retiro abrupto. Más que una despedida tajante de Londres, emerge la figura de un hombre que mantenía un pie en Stratford y otro en la capital, gestionando patrimonio y creación al mismo tiempo.

La cercanía al teatro de Blackfriars sugiere que siguió ligado a la vida cultural de Londres en sus últimos años.
Del legado familiar al fuego
Los otros documentos localizados por Munro reconstruyen el destino posterior del inmueble. La propiedad siguió en manos de los descendientes de Shakespeare hasta 1665, cuando fue vendida por su nieta, Elizabeth Hall Nash Barnard.
Solo un año después llegó la catástrofe: el gran incendio de Londres arrasó gran parte de la ciudad y también borró aquella casa. Como tantas huellas materiales del Londres de Shakespeare, desapareció entre llamas, reconstrucciones y nuevos negocios levantados sobre el solar.
Que el edificio ya no exista no resta importancia al hallazgo. Al contrario: devuelve coordenadas reales a una vida envuelta en mito. Shakespeare vuelve a tener una dirección concreta en Londres, una puerta reconocible y una calle silenciosa donde quizá trabajó en sus últimos textos.
Después de 400 años de preguntas, la historia literaria suma algo raro y valioso: una certeza.
Fuente de TenemosNoticias.com: muyinteresante.okdiario.com
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