El catálogo de Netflix recibió este fin de semana una incorporación que pasó casi desapercibida en su momento en las salas de cine: ‘Mickey 17’, la más reciente producción del director surcoreano Bong Joon-ho, el mismo que asombró al mundo con ‘Parásitos’ (‘Gisaengchung’) y se convirtió en el primer cineasta no angloparlante en ganar el Oscar a Mejor Película.
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Con un presupuesto de 118 millones de dólares y Robert Pattinson encabezando el reparto, la película es una aventura espacial de ciencia ficción con marcado acento cómico que, pese a su ambición y a la libertad artística con la que fue concebida, no logró seducir al público en las salas: su paso por los cines dejó unos ingresos de apenas 133 millones de dólares, una cifra discreta para una producción de ese calibre.
Joon-ho llegó a este proyecto respaldado por el enorme capital simbólico acumulado tras el éxito global de ‘Parásitos’, lo que le permitió negociar con Warner unas condiciones que le daban la libertad creativa más propia del cine de autor que de un blockbuster convencional. El resultado es una película inusual dentro del ecosistema de las grandes producciones de Hollywood: personal, excéntrica y dispuesta a asumir riesgos narrativos que muchos estudios jamás aprobarían.
Esa voluntad de autor se percibe en cada escena, y alcanza uno de sus momentos más evidentes en la caracterización que hace Mark Ruffalo de su personaje, una parodia que, según las críticas, «llega a rozar lo grotesco» en su referencia directa e inequívoca a Donald Trump. No es un guiño sutil ni una alusión velada: Joon-ho apunta con nombre y apellido a su objetivo satírico.
Sin embargo, ‘Mickey 17’ no es una obra redonda. La película arranca con una energía notable y desborda imaginación durante sus primeros compases, construyendo un universo con reglas propias y un tono fresco que promete mucho.
El problema aparece cuando el relato tiene que adoptar un rumbo más definido: es ahí donde esa frescura inicial se va diluyendo para dar paso a una segunda mitad más obvia, más convencional y menos dispuesta a sorprender.
La sátira pierde filo, el director «pierde un poco el norte en el tramo final», y la película acaba cediendo a la espectacularidad que una inversión de 118 millones de dólares parece exigir casi por obligación.
Pattinson, no obstante, sale más que airoso del reto. El actor ofrece una de las mejores interpretaciones de su carrera enfrentado a un personaje que le exige mostrar múltiples facetas de una misma persona: Mickey es un trabajador prescindible que puede ser clonado una y otra vez, lo que obliga al actor a construir diferencias sutiles pero reconocibles entre cada versión de sí mismo. El resultado es uno de los elementos más sólidos de la película y una razón de peso para verla.
En perspectiva, ‘Mickey 17’ es claramente superior a ‘Okja’, la experiencia previa de Joon-ho dentro del sistema de Hollywood, y eso ya dice bastante sobre su valor relativo dentro de la filmografía del director.
Que no alcance la altura de ‘Parásitos’ no es ninguna sorpresa ni ningún deshonor: pocas películas en la historia reciente del cine lo han hecho.
Lo que queda, con todos sus desequilibrios, es una propuesta que no se parece a casi nada de lo que el streaming ofrece habitualmente. Como apunta la crítica especializada, «incluso dentro de ese desequilibrio estamos ante una película alucinante, aunque no siempre por buenos motivos».
Para quienes prefieren el cine que se arriesga y falla con ambición antes que el que cumple sin atreverse a nada, ‘Mickey 17’ tiene en Netflix una segunda oportunidad que bien vale la pena aprovechar.