Laberinto saturnal – EL NACIONAL


En esta tierra del rumor perpetuo, del “dato” de primera mano, del secreto que nadie más conoce sino una prima de mi cuñada que trabaja con Zutanito, en fin en este territorio del chisme y la mala intención cualquier evento puede ocurrir. Y usted y yo seremos los últimos en enterarnos. También es el espacio del pasado, del constante ejercicio del pretérito, no es que se necesita algo todo de inmediato, porque “lo quiero para ayer”.
No olvide que, del mismo modo, somos patria de entendidos hasta en cáscaras de huevos de iguanas albinas. Nada se escapa a las enjundiosas habilidades de todos aquellos que saben qué es lo que realmente debe hacerse, o de cuanto está ocurriendo en los salones de los lugares en que se toman las decisiones reales. Sobran los, y las ni se diga, que con tono doctoral y pose de clérigo dominguero, dedo en alto y voz engolada, denuncian la incapacidad de tirios y troyanos. “Es que así no se puede”, suele ser la frase con la que cierran sus sesudos argumentos.
Mientras tanto, y así como quien no quiere, el país, su gente, su maravillosa población, esa a la que gustan de reducir a pueblo, palabra que encierra una intención de minusvalía poco disimulada, se mantiene y sostiene los restos de nación. A la par un grupete de iluminados se consideran piezas en exhibición museística, a cuyo lado debemos pasar sin molestarles en su ejercicio claramente narcisista.
Una tierra que ha sido esquilmada, de modo concienzudo y rapaz, por los siglos de los siglos. Primero por sus habitantes primigenios que se dedicaron a someter a los más débiles de manera despiadada. Una horda que nada tenía que ver con la imagen idílica que tratan de vendernos en la actualidad sobre lo que fue la era prehispánica de Venezuela.
Le siguieron los conquistadores, que si bien trajeron cierto “civismo”, no por ello dejaron de tomar gentes y fortunas a su real saber y entender. Los machos ibéricos arremetieron contra las hembras semidesnudas que habitaban nuestras costas. Venían hartos de la piadosa vestimenta con que sus paisanas se abstenían de mostrar más de lo debido. Tanta pacatería enferma a cualquiera.
Los próximos fueron los llamados blancos criollos que emularon el patrón colonizador y exprimieron cuanto se les antojó. Tanto minas y plantaciones, como mano de obra local o esclava importada. Ellos, llegado un punto, se hartaron de la fidelidad a la corona y quisieron su propio poder. Así surgió el fantasma de la independencia, que fue la justificación para luego repartirse todo entre los principales propietarios, como después sus herederos, los restos que dejó la cruenta guerra civil que nos tiñó de sangre a lo largo y ancho de lo que más tarde nos haría país.
La pugnacidad y voraz rapacidad gestó una abundante horda de caudillos en cada rincón. Las llamadas montoneras se convirtieron en parte esencial de nuestra gesta ciudadana. El culto al más osado, al más arrecho en buen criollo, se consolidó como la verdadera religión local. Era natural, si se quiere, que apareciera la figura del dictador, del superior en valentía a cualquier otro. Los balbuceos de una supuesta democracia fueron silenciados con furia sin control. Cuarteles y castillos pasaron a ser cárceles y se edificaron penales donde arrojar a los más díscolos. La condición del delincuente común y el preso político los hermanaba. No faltaron los casos de trasvase, malandrines veteranos se convirtieron en dirigentes sociales y los otros aprendieron las malas artes para nutrir de fondos operativos a sus organizaciones.
Las labores organizativas de varios pensadores, más de uno extraviado en sus delirios de grandeza, abrió el paso a un simulacro democrático. Los viejos caudillos resucitaron, ahora al amparo de la figura del “dirigente”. Hubo el que no dudó en arrogarse el título, ¿no recuerda a Alfaro Ucero?
Toda esta especie de laberinto insalubre nos llevó a Chávez, Maduro y ahora Rodríguez. Ellos se despojaron de los antifaces y se dedicaron a ejercer el poder con poca discreción. Se llenaron de relojes valiosos, anillos cuajados de esmeraldas y zapatillas de lujo. Fue el triunfo de la brutalidad despiadada de aquel que posee la fuerza y hace gala de ella.
Hemos sido espacio saturnal, donde devorar a los propios hijos es una escena habitual. Se ha hecho normal. ¿Veremos cumplida la profecía y nacerá Júpiter que nos proteja como él supo cuidar de Roma?
© Alfredo Cedeño
Fuente de TenemosNoticias.com: www.elnacional.com
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