El 9 de febrero de 1971, a las 6:42 de la mañana, la ciudad de Los Ángeles se sacudió como si un monstruo surgido del Pacífico caminara por encima de ella. Casas y edificios se desmoronaban a su paso. La escala de Richter marcó 6,6. El número de heridos fue de 2.000; 60 personas murieron. Los daños fueron astronómicos para la época: 500 millones de dólares. Esa noche muchos tuvieron que irse a un albergue temporal. Entre los que lo habían perdido todo estaba un aspirante a cineasta que acababa de llegar de Nueva York. Se llamaba Martin Scorsese.
En medio del terremoto, Scorsese dejó tirados en su apartamento sus inhaladores de asmático y los guiones con los que pensaba volverse famoso en Hollywood; en su desespero de damnificado y de perdido, hizo varias llamadas a sus escasos contactos en Los Ángeles, los que le había dado uno de sus maestros, el gran John Cassavetes, el padre del cine independiente norteamericano, pero todos —por displicentes ante un desconocido o porque sus mansiones estaban en pedazos— le dieron la espalda.
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La ira se iba acumulando ante cada negativa; hasta que estalló. El desahogo lo conocemos todos los que hemos visto sus películas. ¿A cuántos de los personajes de Scorsese no los hemos visto rompiendo teléfonos? Cuando en Goodfellas (Buenos muchachos), Jimmy Conway —interpretado, cómo no, por Robert de Niro— se entera de que han asesinado a su amigo Tommy de Vito —Joe Pesci, uf—, la reacción es acabar con la cabina telefónica a punta de cachazos. A DiCaprio también lo hemos visto hacer esto más de una vez. En las eternas negociaciones que ha tenido en 55 años de carrera han sido incontables los teléfonos que han volado por ventanas, estrellados contra el suelo, pisoteados e insultados como si tuvieran la culpa. Partir un teléfono es tan solo el desahogo que puede tener un asmático.
Esta intimidad la podemos ver cuadro a cuadro gracias a la última maravilla que acaba de estrenar la plataforma de Apple, Mr. Scorsese. Rebecca Miller, hija del dramaturgo Arthur Miller, tenía desde hace años la idea de hacer un documental sobre el autor de La última tentación de Cristo. El resultado fue un corte de cinco horas, imposible de exhibir en una sala comercial. Así que se reunió con Apple, una empresa con la que Scorsese tiene inmejorables relaciones —su última película, Los asesinos de la luna, fue financiada por ellos—, y la plataforma le recomendó convertir la película en una miniserie. El resultado es apasionante: Miller revela algunos de los secretos más íntimos de un cineasta que se mantiene en plena efervescencia a sus 83 años y que cuando era niño por poco se convierte en mafioso.
Goodfellas: Ray Liotta, Robert De Niro, Paul Sorvino y Joe Pesci. Foto:Warner B
En la calle Elizabeth, en los años cuarenta, en el centro de la Pequeña Italia de Nueva York, había dos opciones de vida, o te metías al seminario de cura o te volvías gánster. El pequeño Marty iba a misa y después veía desde su ventana —como tantos otros de sus personajes viendo a través de sus ventanas— cómo los “vivos” salían de sus carros imperiales con el pelo engominado, sus trajes de seda y los zapatos tan brillantes como espejos a hacer negocios en plena calle. En la calle Elizabeth, los mafiosos eran tan comunes como los árboles en un bosque. “Todos conocíamos a uno de esos tipos”, ha dicho Scorsese en cientos de entrevistas. Uno de ellos era un primo de su madre, Thomas DeSimone, que recibía órdenes del clan Columbo y fue asesinado en los setenta. Su personaje le sirvió de inspiración para crear al demoniaco Tommy de Vito (Joe Pesci) de Goodfellas.
Scorsese fue por primera vez al cine cuando tenía un año. En el verano, el sofoco neoyorquino apretaba gargantas y el asma del futuro cineasta era insoportable. Y para los pulmones llenos de agua del pequeño Marty, el único lugar fresco que existía en la ciudad eran las salas de cine; así que Catherine, su mamá, entraba con él desde antes del mediodía y salían bien entrada la noche. Las funciones eran planes rotativos que mostraban hasta cinco películas seguidas. Algunas eran infames como Duelo al sol, de King Vidor, con una escena final que cualquier radical recortaría y lanzaría a las llamas de la censura: Jennifer Jones y Gregory Peck, después de dispararse mutuamente, se dan un beso mientras agonizan. La saliva se mezclaba con la sangre. La escena es uno de los primeros recuerdos de Scorsese. Y desde entonces, desde su más tierna niñez, lo único que le interesó fue ver películas. Después él mismo la hizo.
Estudió cine en la Universidad de Nueva York y allí aprendió que la mejor técnica para hacerse un autor, lo que podía darle un estilo, era canalizar su ira a través de los cortometrajes experimentales que craneaba. Nacía la guerra del Vietnam y la metáfora que se inventó para expresar el clima de descontento que se formaba en la contracultura fue poner frente al espejo a un rubio anglosajón, el cliché de un gringo, mientras se rasuraba. El nivel deviolencia llegaba al paroxismo cuando el personaje se despellejaba hasta degollarse en la afeitada. El cortometraje se llama The Shave y al volverlo a ver en YouTube se siente aún el horror, sesenta años después. Fue la carta de presentación para conseguir el financiamiento de su primer largometraje, ¿Quién toca mi puerta?, que filmó durante cuatro años y que de paso nos sirvió para encontrar otro de nuestros rostros favoritos, Harvey Keitel.
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Pero si quería tener una carrera consistente, debería irse a Los Ángeles. Después del terremoto lo que le quedaba era la vida del trepador, hacerse invitar a todas las fiestas posibles para conocer gente influyente que lo ayudara a entrar en la industria. Entonces conoció a una niña rica, Sandy Weintraub, hija de un consagrado productor. Sandy recordaba, en el libro De Easy Ryder a Toro salvaje por qué se enamoró de Scorsese: “En esa época era regordete por la corticoides que debía tomar para el asma. No tenía cuello y usaba sombrero. Era más bajito que yo y era adorable. Buscaba alguien que lo ayudara a hacer películas. Lo buscaba con desesperación. Yo tenía las llaves de las puertas que habían permanecido cerradas”.
Las fiestas en la casa que tenía en Malibú la actriz Margot Kidder —conocida mundialmente por ser la Luisa Lane en Superman— eran el epicentro del movimiento cultural de Los Ángeles a comienzos de los setenta. Allí, entre nubes de opio, Scorsese se acercó a la camada de directores que irían a constituir el nuevo Hollywood. Cada fiesta era una oportunidad para medirse el ego entre Paul Schrader, Coppola, Cimino, John Milius o Brian de Palma. Fue este último quien le presentó al actor que le marcaría el derrotero, Robert de Niro. En ese momento estaba lejos de ser una estrella. Era un tipo callado y conocido por su timidez enfermiza. La conexión con Martin fue un flechazo: ambos habían vivido en el mismo barrio, la diferencia es que los papás de De Niro eran un par de bohemios de clase media que no dejaban que su hijo se mezclara con los chicos de la esquina. Cuando hizo el casting para su primer éxito, Mean Streets, Scorsese vio que era perfecto para encarnar a su protagonista, Johnny Boy.
Vivir con Scorsese mientras creaba su primera obra maestra, Mean Streets, no era nada fácil. A cualquier contrariedad destrozaba lo que encontrara al frente. Nunca golpeó a Sandy Weintraub, pero ella sí lo vio acabar con cuartos enteros y destrozarse los nudillos frente a una pared después de una pelea con un productor de la Warner, la compañía que terminaría comprando el film. Cuando ella vio a Jake La Motta golpearse contra las paredes de una celda en Toro salvaje reconoció de inmediato el guiño. Y después de la ira venía la culpa. Eso sí, jamás venía la dicha.
Porque Scorsese logró con Mean Streets que su maestro Cassavetes lo abrazara, que la crítica lo reconociera como uno de los maestros de lo que se conocería como el nuevo Hollywood, que tuviera el camino despejado para hacer una película como Taxi Driver, con De Niro, Harvey Keitel y Jodie Foster, y que le sirvió para ser reconocido como el mejor director norteamericano de los setenta por varios de sus ídolos, entre ellos Jean-Luc Godard, Ingmar Bergman y toda la santa lista, sin embargo, cada nueva obra maestra lo acercaba cada vez más al abismo.
La culpa y la ira fueron sus motores de trabajo y lo hicieron salir del hueco en Nueva York donde había nacido y le dieron la energía para poder afrontar empresas tan titánicas como hacer películas de autor con presupuestos que en esa época bordeaban el millón de dólares. Cuando fue con De Niro a Cannes, a presentar Taxi Driver, jamás salieron de la habitación. Les daba terror saber cómo podría ser recibida por el público. Duraron solo dos noches y la promoción la hizo Jodie Foster, que en ese momento tenía 14 años y estaba tan bien educada que sabía hablar francés a la perfección. Cuando estaban de vuelta en Estados Unidos se enteraron de que habían ganado la Palma de Oro. La mayoría de los críticos coincidían en que era una película “que venía de otro mundo”.
Taxi Driver. Foto:Columbia Pictures.
Taxi Driver llevó a Scorsese a un lugar bastante oscuro. En la película, Jodie Foster encarna a una prostituta adolescente. Y de un momento a otro empezaron a llegarle amenazas de muerte. Las firmaba un tal John Hinckley Jr., que le pedía “liberar” a la pequeña Jodie de la película. De un momento a otro, las cartas dejaron de llegar. Unos años después, en 1981, Scorsese volvió saber de Hinckley cuando le disparó al presidente Ronald Reagan. Lo detuvieron y en el interrogatorio afirmó sentirse muy influenciado por Travis Bickle, el personaje principal de Taxi Driver. Por esos años asesinaron a John Lennon. Y la paranoia de Scorsese subió a niveles estratosféricos.
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En la necesidad de matarse para volver a nacer, autodestruirse para redimirse, se metió en el lío de hacer un musical. Los estudios le dieron vía libre en el presupuesto y, cegado ya por la cocaína, se embarcó en un naufragio millonario, New York, New York, una película cuya primera versión tenía seis horas de duración y produjo el colapso mental de su primer editor. La fama hizo que la relación con Sandy Weintraub se rompiera y lo que le quedó fue la compañía de Robbie Robertson, líder de The Band y con quien hizo varias colaboraciones brillantes. La última de ellas, terminada poco antes de morir Robertson, fue Los asesinos de la luna. Gracias a sus acordes, esta película puede ser el wéstern más oscuro jamás hecho.
Pero estamos en 1979 y Scorsese tiene una mansión donde vive como un vampiro. Esnifa cocaína y visiona películas toda la noche. Lo acompaña gente extraña. Uno de ellos es un buscavidas llamado Steven Prince, conocido por su capacidad de contar historias que se quedaban pegadas a la piel como el napalm. ¿Recuerdan la escena de Uma Thurman levantándose histérica después de recibir una inyección de adrenalina en el pecho en Pulp Fiction? Tarantino la sacó de una historia sobre una sobredosis que contaba Prince.
Scorsese tenía la vida patas arriba. De noche trabajaba —montaba y desmontaba películas— y de día dormía. Una noche se vio unos extraños moretones en todo el cuerpo. Va a la clínica; tiene una sobredosis. Clínicamente llegó a estar muerto. En la clínica, uno de los pocos buenos amigos que lo acompañan es Robert de Niro, que pasa las horas en la sala de espera leyendo y releyendo las memorias de un boxeador. Cuando abre los ojos, está ahí, hablándole de un personaje despreciable que es Jake La Motta, un mediocre campeón del mundo, un pecador, una rata de alcantarilla. “¿Qué voy a saber yo de boxeo?”, le pregunta Marty, “las productoras están buscando hacer Rocky II, no la película sobre un miserable que golpea a las mujeres”. De Niro no cede y lo convence, y Scorsese sale de la clínica al plató. Y se da cuenta de que una de las frases de su película favorita, El fotógrafo del miedo, de Michael Powell, es real: “Filmar tanto puede costarte la vida”.
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Así que con una mano se sostiene y con la otra filma la que es considerada la mejor película norteamericana de los últimos cincuenta años, Toro salvaje. Esto lo sabemos nosotros, que estamos en el 2025, pero en 1980 nadie la vio. La crítica la amó, pero el público había cambiado. La industria nunca volvió a ser la misma desde que la taquilla explotó con La guerra de las galaxias. Ya estaba Ronald Reagan en la presidencia, el cine no tenía por qué contar el sufrimiento de un hombre. El cine era entretenimiento. Los ochenta es la peor época de Scorsese. Los fracasos se juntan. Estaba casi desaparecido hasta que renace con un proyecto que buscaba hacer desde 1971, La última tentación de Cristo. “Yo quería provocar, pero jamás pensé en esto”, dijo en una entrevista en 1988. Si a Salman Rushdie los musulmanes más radicales juraron matarlo por sus Versos satánicos, con La última tentación, el católico Scorsese estuvo a punto de recibir la excomunión. Este es uno de los casos frecuentes en la historia del arte, obras maestras de las que todo el mundo habla, pero nadie ha visto, y si las ve, las malinterpreta y nadie entiende. En este momento no está en ninguna plataforma gratis, pero rentarla vale 10.000 pesos. Sigue teniendo la virtud de volarte la cabeza.
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Todo esto no fue más que la antesala de Scorsese a la gloria absoluta con Goodfellas. Alguna vez, el crítico Luis Alberto Álvarez dijo: “Con El Padrino, Coppola proyecta lo que los mafiosos creen que son. En Goodfellas se ven a los mafiosos realmente como son”. Esta es la película más entrañable para Scorsese, donde además recrea todo su pasado, la nostalgia, las canciones. Entre los actores hay tipos que realmente fueron mafiosos, uno de ellos es Tony Sirico, que después se haría famoso interpretando a Paulie Gualtieri en Los Soprano. Y bueno, Joe Pesci, quien también tuvo una juventud complicada en Hell’s Kitchen y que interpreta uno de los personajes más luciferinos de Scorsese. Esa ira que resuma Tommy de Vito, esos cambios de humor que lo hacen ver tan encantador y luego tan perverso, es solo la esencia de lo que movía a Marty en esos años.
Goodfellas fue un clásico automático, pero ni así le llegó el Óscar. Las cosas al final de los noventa, no obstante el éxito de Casino, vuelven a ir cuesta abajo. Muchos creen que, a sus 58 años, es mercancía dañada. Pero aparece DiCaprio y todo cambia. Leo necesitaba un autor y lo encontró en el más grande. Gracias a él, Harvey Weinstein —mejor conocido como el “monstruo”— le abre su compañía, Miramax, para hacer una superproducción de doscientos millones de dólares: Pandillas de Nueva York. La pelea con Weinstein, un productor invasivo que quería ser más importante que los propios directores de las películas que financiaba, sacó la ira de Marty. Un día, después de una intensa discusión por un recorte de 45 minutos que le pedía el productor en el montaje final, Scorsese entró a su oficina y arrojó desde un edificio de tres pisos su escritorio. Aunque todos recordamos a Pandillas de Nueva York como un clásico, lo que vemos ahí es solo un esbozo de lo que pretendió su director y que fue mutilado por un bárbaro al que lo único que le interesaba era convertir sus películas en hamburguesas que pudiera comer todo el mundo. Y que —además— era un violador y un acosador empedernido.
Leonardo Di Caprio. Foto:EFE
DiCaprio fue la tabla de salvación para Scorsese en el siglo XXI. Su respaldo le hizo recuperar la independencia que necesitaba para sus rodajes y para sus montajes. La lista de éxitos ya cada vez es más larga. Con Los infiltrados consiguió su ansiado Óscar y esto hizo que las compañías volvieran a pelearse por tener sus proyectos. Con El lobo de Wall Street consiguió el éxito en taquilla más rotundo de su carrera, 800 millones de dólares. Esto le ha permitido en esta década crear, a su gusto, dos obras monumentales, El irlandés y Los asesinos de la luna, en donde vuelve a explorar sus inquietudes espirituales al máximo, el complejo de la culpa, del crimen y la redención. Y una película que fue poco vista en el mundo, difícil, radical, sublime, se trata de Silencio: la historia de cómo un par de sacerdotes portugueses llegan a Japón, afrontando el riesgo de ser sometidos a las más crueles torturas, con tal de evangelizar a esa isla del Pacífico. Esta puede ser una de las películas en donde Scorsese dejó más la piel. Y fue nominado a 13 premios Óscar, pero no se ganó ninguno.
Scorsese y Di Caprio lograron una combinación invencible. Foto:Warner Bros
Porque hasta Scorsese está expuesto al fracaso, algunos tan absurdos como Vinyl, una serie memorable en HBO —creada con Mick Jagger— que no tuvo una segunda oportunidad sobre la tierra, dicen que se gastaron una millonada en derechos de autor por la música y, tal vez, los excesos de drogas no fueron tan bien vistos. La serie relata la historia de cómo una compañía discográfica debe sobrevivir a los cambios de la industria en la década del setenta y el rock debe soportar los embates de la música disco y la cocaína. Vinyl es la declaración de amor de un cineasta al rock.
Si necesitan reafirmar la importancia de Scorsese, tienen que estar prácticamente en todas la plataformas. Taxi Driver, Casino y Silencio están en Amazon Prime. En HBO está Goodfellas y una sus obras más raras y extravagantes: After hours. Hace muy poco también estrenaron un documental sobre George Harrison. En Disney está El rey de la comedia, y si la ven, se darán cuenta de que The Joker no es más que un homenaje a esta obra maestra incomprendida. Y también está El color del dinero, en la que un joven Tom Cruise demuestra, al lado de Paul Newman, que también es un gran actor, y Vidas al límite, una película menor, pero con un potente Nicolas Cage. En MGM verán la que es considerada la mejor de sus películas, Toro salvaje. En Apple podrán ver Los asesinos de la luna y Silencio y en la serie The Studio hace un pequeño papel. En Netflix está la monumental El irlandés y hasta hace muy poco joyas como La edad de la inocencia. Y tienen que buscar El lobo de Wall Street y Pandillas de Nueva York. Y —claro— cruzar los dedos para que su próxima película sea otra obra maestra.