Ellos son los guardianes de bancos de semillas para combatir el hambre y preservar una cultura indígena en el suroccidente del país: hacen préstamos
📅 🕐 27 Nov 2025🔗 Fuente: eltiempo.com🕑 11 min de lectura
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El pequeño Samuel luce su sombrero, su inseparable ruana y los siete colores del arco iris en la wiphala, el emblema de los pueblos indígenas de los Andes. La tela la lleva alrededor del cuello porque es una ocasión especial.
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El niño, de 7 años y de mejillas rosadas, dice orgulloso que pertenece a la comunidad aborigen de los pastos.
Felipe aprende en su escuela rural la práctica de sus ancestros con la madre tierra. Foto:Carolina Bohórquez RAMÍREZ
Vive con su familia a unas cinco horas a caballo desde su vereda Guan, en el sector de Romerillo, hasta el volcán Cumbal. El nombre del gigante activo de 4.764 metros sobre el nivel del mar es el mismo del municipio ubicado en el sur de Nariño, una región a más de 580 kilómetros de Bogotá y que limita con el norte de Ecuador.
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Desde el casco urbano, en la parte baja del pueblo, se pueden divisar algunas de las fumarolas que se confunden con algunas nubes que ocultan su cima, bajo un cielo azul de fondo y despejado, en medio de 10 grados centígrados de la mañana, cuando el sol es intenso y no deja levantar la mirada al firmamento.
A sus 7 años, Samuel es uno de
los seis custodios
del banco de semillas en su escuela. Foto:Alianza Bioversity & CIAT
Samuel se toma muy en serio su labor de aprender en la escuela. Con el ceño fruncido empuña su pala para labrar la tierra. Está atento al surco de una de las variedades de papa que había conocido desde que era un bebé en el hogar de sus padres en la misma vereda, y hoy lo hace con la responsabilidad de ilustrarse más en un terreno de unos 200 metros cuadrados, detrás del Centro Educativo Romerillo.
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Hay papa cacho de buey, otra es papa botella roja; también está la negra ojona, además de la kuriquinga, la violeta, la mortiña y la morasurco.
A menos de un metro de Samuel se encuentran Zaid Esteban, de 5 años, y Felipe, de 7. Ellos están en primaria y son tres de los seis alumnos de toda la escuelita, con grados desde preescolar, donde el único profesor que les enseña a leer y a escribir, las tablas de multiplicar y todo lo concerniente a la cultura indígena de los pastos y de los nativos de los Andes es el director del plantel, Jorge Aza.
Samuel, uno de los seis custodios en su escuela de Romerillo, en Cumbal. Foto:Carolina Bohórquez RAMÍREZ
El docente dice que los niños están aprendiendo desde ya a ser guardianes de semillas de su cultura y de uno de los cultivos más representativos de Nariño: la papa.
Así, el pequeño Zaid tiene fuerzas para sostener en sus brazos una papa enorme entre las de la última cosecha, sembrada unos cuatro meses antes. Le dice la papa madre, una especie única. La que cargaba pesaba alrededor de tres kilos.
El profesor Aza explica que las jornadas educativas se intercalan con las clases en la huerta. Claro está que hay más entusiasmo porque la Gobernación de Nariño les donó cuatro computadores. “Ahora lo que falta es internet, pero lo importante es que tenemos equipos”, dice Chirán contento.
Felipe sigue arando, al contar que cursa tercero de primaria. Le gusta que le digan que es un custodio de la papa y de otros cultivos, con el firme propósito de preservar su cultura como lo hacían sus ancestros y de entender la importancia de garantizar alimentos para su comunidad, de cara al futuro. Este es uno de los nueve bancos nodales de semillas, en el proyecto ‘Biodiversidad para ecosistemas resilientes en paisajes agrícolas’ (B-Real), cuya protagonista es la población del resguardo del Gran Cumbal.
Este proyecto es financiado por el gobierno de Canadá y liderado por la Alianza de Bioversity International & CIAT, con autoridades y escuelas del resguardo. La idea es crear una robusta red de bancos comunitarios de semillas en todo el pueblo. ‘B-Real’ cuenta con el respaldo de Agrosavia, el Centro Internacional de la Papa (CIP); las fundaciones Impulso Verde y Pumamakes, y la institución educativa Técnica Agropecuaria Indígena Cumbe.
Las indígenas Rosalba Cumbalaza y Rosalía Piarpuezán, en agroecoturismo. Foto:Carolina Bohórquez Ramírez
Por ahora, el banco central se localiza en la sede principal de la institución educativa Técnica Agropecuaria Indígena Cumbe, creada hace más de tres décadas. Allí hay 160 estudiantes que con los chicos de escuelas asociadas en veredas, como la de Romerillo, suman unos 260. “Cumbe es por nuestro cacique y de ahí que el municipio se llama Cumbal en su honor”, comenta el rector de la institución, Jorge Humberto Chirán.
El colegio es, pues, el eje en torno al cual campesinos e indígenas de la zona trabajan para conservar y revitalizar las especies olvidadas y subutilizadas: cultivos tradicionales que han sido desplazados por la agricultura comercial, pero que son esenciales para la alimentación, la salud, la cultura y la resiliencia climática.
Así lo recalca el holandés Ronnie Vernooy, científico sénior de agrodiversidad dentro de la Alianza de Bioversity & CIAT, un centro que forma parte del consorcio mundial de investigación CGIAR para un futuro sin hambre y que en el país tiene sus instalaciones en la ciudad de Palmira, en el Valle del Cauca.
El banco comunitario en la institución educativa Técnica Agropecuaria Indígena Cumbe. La siembra. Foto:Alianza Bioversity & CIAT
El investigador europeo añade que estos bancos guardan, reproducen y comparten semillas nativas, como papa chaucha, haba, quinua, trigo, cebada, plátano, maíz, olluco, fríjol, arveja, tomate de árbol, entre otras. “Se promueven prácticas agroecológicas y se fortalece la seguridad alimentaria, además, se rescatan conocimientos ancestrales”, anota el investigador.
Este trabajo de los bancos de semillas en Cumbal empezó en el 2023, de la mano del investigador Vernooy y de la bióloga y ecóloga Marleni Ramírez, quien, con 20 años de servicio dedicado a Bioversity International y a la Alianza de Bioversity International & CIAT, realizó perdurables contribuciones en América Latina, África y en la comunidad científica global hasta su lamentable deceso en este 2025.
El banco
El rector de la institución educativa Indígena Cumbe y otros líderes y lideresas de la cultura de los pastos de zona rural, como la docente Aura Marina Puenguenán, Alegría Chirán y Carlos Tapie, recuerdan la labor de la ecóloga, quien con el holandés dio el empuje para que, hace dos años, en el resguardo dieran su voto positivo a los bancos indígenas.
El directivo Chirán afirma que el banco central de semillas tiene dos áreas, una es un banco vivo, a la intemperie, con 68 especies de papa sembradas en un terreno de unos 7.000 metros cuadrados. Allí se han identificado tubérculos que las nuevas generaciones de indígenas desconocen en esta zona de Nariño. Indica que hay más de 100 variedades de papa en todo el resguardo del Gran Cumbal.
El volcán Cumbal, en toda su magnitud. Es el gigante del municipio del mismo nombre en Nariño Foto:Carolina Bohórquez Ramírez
La otra área es una pequeña vivienda. Es como la ‘caja fuerte’ del banco comunitario, conocida como Yar Pue Cumbe.Yar significa ‘casa’, pue es ‘semilla’, y Cumbe, el nombre del cacique. Habas, maíz y otras semillas se guardan cuidadosamente en recipientes, llevando la correspondiente contabilidad en ordenados libros de un estante.
En lo que va del año hay más de 30 especies de cultivos de alimentos y vegetales; 30 más de frutales, y otras 100 del tipo de aromáticas y medicinales (cultivadas y silvestres), además de variedades desaparecidas que se buscan recuperar en huertas escolares o mediante concursos de conservación y actividades gastronómicas.
El municipio de Cumbal, Nariño. Este es el parque central. Foto:Carolina Bohórquez Ramírez
Esta apuesta de agrodiversidad de los bancos comunitarios de semillas es similar a los que han sido puestos en marcha en otros países con investigadores de la Alianza y el CIAT, como Perú; Nepal y Vietnam, en Asia, y Kenia, Uganda y Ghana, en África. En este último continente, al igual que en Cumbal, en el suroccidente de Colombia, las mujeres son guardianas claves.
Luego de trazar el proyecto de los bancos de semillas de Cumbal, en el 2023, hace un año empezó la siembra, dice el profesor indígena e ingeniero agroforestal Esteban Gangotena. Mencionó, por ejemplo, que se guardan siete variedades de habas, además de nabos y uchuvas, en Yar Pue Cumbe.
En el banco vivo hay una extraña semilla de papa que aún no ha sido bautizada. Fue llevada por el campesino Henry Valenzuela. Por ahora, el tubérculo tiene su nombre.
Los docentes del colegio hablan de que el banco está en una etapa de afianzarlo, pensando en que los campesinos e indígenas de Cumbal puedan acercarse a pedir semillas, con la condición de que al devolver ese ‘préstamo’ dupliquen la cantidad entregada en el momento de la solicitud. Hasta el momento, el banco aspira a entrar a esa etapa de más préstamos.
Las mujeres son claves en la preservación de la cultura en Cumbal. Foto:Carolina Bohórquez Ramírez
Bryan y Evelin, ambos de 15 años y estudiantes de décimo grado en el resguardo, coinciden en que están emocionados por participar, primero por la identificación de especies, como las de la papa. No sabían que existía una amplia variedad.
La población coincide en que los bancos de semilla son una inversión por una seguridad alimentaria. De hecho, el Plan Decenal de Nariño 2020-2029 señala que en el departamento “las condiciones de pobreza, los niveles de precios de los alimentos y la proximidad a los sitios de abastecimiento son variables que limitan la accesibilidad a los alimentos y con ello, la posibilidad de obtener la seguridad alimentaria y nutricional de toda la población”.
El documento anota que la inseguridad alimentaria en Colombia y en Nariño es una problemática con retos sociales, económicos, institucionales y colectivos de mediano y largo plazo, a fin de mitigar el hambre y mejorar las condiciones de la ciudadanía.
Turismo comunitario
John Fredy Alpala Cumbalaza también está de acuerdo en que no todos los indígenas desde niños hasta 30 o 40 años de edad son conscientes de toda la agrodiversidad que existe en sus territorios y que pueden apoyar desde sus hogares. Son las shagras, nombre que en la lengua nativa de los pastos hace alusión a esa diversidad de cultivos.
Rosalba Cumbalaza; su esposo, Guillermo Alpala; John Fredy y sus otros hijos vienen sacando adelante su emprendimiento en la vereda La Boyera, sector Los Pinos, también en Cumbal y a 30 minutos de la ciudad ecuatoriana de Tulcán.
Su emprendimiento se llama Granja Agroecológica Alpacum, por los apellidos de los padres de John. Cubre media hectárea de tierra.
Yar Pue Cumbe, la casa de las semillas. Foto:Carolina Bohórquez Ramírez
Según la consultora Miryam García, Rosalba y mujeres de veredas han impulsado con sus familias iniciativas de turismo dentro de una asociación de emprendedoras (hay más de 40 de ellas) con enfoque en agrodiversidad, integrando productos locales y saberes tradicionales, reiterando que es parte de una estrategia por la identidad cultural y el desarrollo sostenible de estas comunidades.
En este contexto, la Alianza de Bioversity & Ciat acompañó la creación de la marca Yarpuram, que significa ‘Casa de vida’ en lengua de los pastos y simboliza la identidad, dicha diversidad y la espiritualidad de los territorios, dice la consultora.
Agrega que en esas granjas hay semillas para tejer una red viva de saberes entre estas comunidades y las emprendedoras de Yarpuram, como lo es también la indígena Luz Marina Cuaical. Con su esposo, Guillermo Alpala, adecuó su vivienda para hospedar a turistas. Es Yarilla o ‘Casa de luz’, a donde han llegado visitantes de otros países, como Francia.
«Aunque había sido concebido en un comienzo para fortalecer un emprendimiento de agroecoturismo, hoy se ha ampliado para incluir iniciativas en gastronomía, artesanías, papas nativas y producción de cuy, todas basadas en el uso y la valorización de las especies propias y subutilizadas como eje del desarrollo territorial sostenible”, afirma la consultora García.
En Yarpuram, cada actor es un guardián de la agrodiversidad, como lo son Samuel y los demás cinco alumnos de su escuela.
CAROLINA BOHÓRQUEZ RAMÍREZ
Enviada especial de EL TIEMPO A CUMBAL, NARIÑO
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