En la morgue al aire libre de Playa Grande: «Ya llevamos cuatro días y se sienten los olores»

Inaugurada con fanfarria en 2014 como símbolo de la revolución, la urbanización Ciudad Hugo Chávez Frías en el litoral central venezolano es hoy un cementerio de estructuras prefabricadas. Mientras el Estado tarda 48 horas en militarizar la zona, los vecinos escarban con las … manos desnudas intentando rescatar a los suyos antes de que la descomposición gane la partida.
El olor llega antes que la imagen. Es un tufo dulzón, pesado, que se mete por la nariz y baja hasta el estómago. En la avenida principal de Playa Grande, frente a la valla del conjunto residencial Los Delfines y los restos de la Misión Vivienda Luisa Cáceres de Arismendi, también desplomada, una fila de cuerpos cubiertos con sábanas y mantas yace sobre el pavimento. Frente a ellos, una de las entradas al complejo Hugo Chávez. Quince, veinte bultos. Algunos tapados con mantas de lunares, otros con telas que el viento levanta en las esquinas. Los vecinos los sacaron de sus apartamentos y los trajeron hasta aquí: para evitar la putrefacción dentro de la urbanización, pero también para obligar a las autoridades a recogerlos. Un guardia nacional con mascarilla negra y chaleco antibalas observa la escena desde una camioneta. No se mueve. No da órdenes. Solo mira.
«A partir de hoy no podemos tocar a nuestra familia para salvarla, porque ya están en descomposición», dice Franklin, habitante de la torre G10. Tiene heridas abiertas en los brazos, cortes que se hizo intentando mover escombros con las manos. «Los gases ya me van a perjudicar, voy a agarrar bacterias. A partir de hoy, todo está en las manos de Dios, porque ya no los voy a sacar».
Playa Grande sobrevivió al deslave de 1999 casi intacta. No tiene montaña encima, no tiene quebradas que bajen con furia cuando llueve. Lo que arrasó Vargas fue agua y barro, y aquí el terreno es plano, costero, pegado al aeropuerto de Maiquetía. Lo que nadie calculó es que un terremoto no distingue topografía. Un terremoto mueve los cimientos de lo que sea, esté en la montaña o frente al mar. Tampoco lo calculó el grupo estadounidense del hotel Marriott Playa Grande, cuya estructura también sufrió daños severos a pocos metros de aquí.
«A partir de hoy no podemos tocar a nuestra familia para salvarla, porque ya están en descomposición»
Franklin
Habitante de la torre G10
Edgardo, un mecánico de oficio que camina por la plaza principal del complejo, se detiene y señala el terreno. «Todo esto por años eran chiveras (tiendas de coches usados) que el Gobierno expropió. Yo trabajé mucho con esas chiveras». Se queda callado un momento. «Pero lo lógico es que esto fuese la extensión natural del aeropuerto de Maiquetía».
En vez de pista, pusieron torres. La empresa turca Summa inició la construcción el 15 de septiembre de 2011. El mayor desarrollo urbanístico de la costa del litoral central. Más de 300.000 metros cuadrados. La promesa era velocidad y resistencia. Estructuras prefabricadas de rápido ensamblaje, acero galvanizado, una tecnología que reducía el tiempo de ejecución de cuatro a dos meses. En la primera fase se entregaron 352 apartamentos. Nicolás Maduro protagonizó el acto de entrega entre 2013 y 2014, bautizando el complejo en honor al presidente fallecido. 198 torres. Dieciséis apartamentos por torre. 1.200 familias.
Una trampa mortal
Hoy, esas mismas estructuras de rápido ensamblaje son una trampa mortal. En las placas retorcidas de acero galvanizado se distingue un brazo humano atrapado entre tubos arrugados y aislamiento de fibra de vidrio amarilla. El número 017 está escrito con marcador en una de las vigas. Nadie ha podido sacarlo.
Nelbis Acosta y Dani Machado son portavoces del consejo comunal. Creyentes del proceso revolucionario. Gente que votó, militó y confió. Hoy caminan entre los escombros con angustia y desilusión. «Esperábamos que la zona fuese militarizada la misma noche que la presidenta Delcy decretó la emergencia», dice Nelbis. No entienden la tardanza. «No se justifican los saqueos en medio de este caos», agrega Dani. Se preguntan dónde están los militares. Dónde están todos esos tractores, camiones de carga, maquinaria pesada que el Ejército tiene guardados en Fuerte Tiuna. «¿Para qué sirven si no es para esto?».
Nelbis y Dani se preguntan dónde están todos esos tractores, camiones de carga, maquinaria pesada que el Ejército tiene guardados en Fuerte Tiuna. «¿Para qué sirven si no es para esto?»
La escena recuerda a Haití en 2010. La misma desesperación de los supervivientes escarbando con picos, palas o las manos desnudas. La misma ausencia inicial del Estado. La misma certeza de que la ayuda oficial, si llega, lo hará cuando ya no quede nadie a quien salvar. «Absolutamente ninguno de ellos vino», asegura Lilibeth Oropeza Méndez, quien vivía en el tercer piso de uno de los edificios colapsados. «Ni un guardia, un policía, nada, nadie. Estamos sólo nosotros solos. Ayudándonos nosotros en la nada».
El Estado tardó 48 horas en aparecer. Y, cuando lo hizo, no fue con maquinaria pesada ni equipos de rescate, sino con uniformes militares para acordonar la zona. En un edificio colapsado, un grupo de vecinos intenta sacar una motocicleta por la ventana de lo que era un segundo piso y ahora está a nivel de calle. Cuatro hombres la sostienen con los brazos en alto, el sudor cayéndoles por la frente. Es lo único que les queda. Su medio de transporte.
Más allá, sobre la acera, una mujer joven con bata rosa lee unos papeles sentada en un colchón a pleno sol. A su lado tiene apilado todo lo que pudo rescatar: otro colchón, un ventilador, una escoba, botellas de agua y la moto. Su vida cabe en tres metros cuadrados de asfalto. Los edificios de láminas metálicas se alzan detrás, algunos intactos, otros con las fachadas reventadas.
Rosmel Moreno cuenta cómo sobrevivió. Su esposa le gritó que agarrara a los niños. Él salió por la ventana pensando que ella venía detrás. «Y cuando fue, ¡bum!, cayó todo. Explotó una bombona». Sus hijos se salvaron. Su esposa y su sobrina murieron. «Ya la sacamos, pero la tenemos allá para llevarla para Caracas. Y no hay nada de carro (coche), nada. Ahí hay un poco de cuerpos».
Una mujer descansa en un colchón en plena calle, con los pocos enseres que ha podido rescatar de su casa destruida (primera foto). Un grupo de personas espera para recibir suministros repartidos por voluntarios (segunda foto). Dos mujeres y un niño, con mascarillas, caminan por delante de un mural dedicado a Hugo Chávez (última imagen)..
(J. Benezra)
La morgue local colapsó en las primeras horas. Los cuerpos que logran recuperar van a Caracas, a la morgue de Bello Monte o a la del Llanito, por la autopista que sube la montaña. Lidia Mayora llegó a la urbanización buscando a su hermano Oberman. «¿Dónde registran? ¿Dónde van a hacer el registro como tal para declararlo ya?». Mira a los jóvenes que llevan días removiendo escombros. «Esos muchachos llevan tres días, cuatro días luchando. Necesitan materiales, guantes. Esa fibra de vidrio es terrible, eso pica, se te pega al cuerpo y no lo toques».
El misterio de los muertos
La cifra oficial de muertos en la urbanización es un misterio que se alimenta de rumores. Elixa Gutiérrez, portavoz del consejo comunal, maneja una data parcial. «Tengo 58 muertos hasta el momento. La torre G8 sufrió trece fallecidos, la mayoría niños». Pero Dani Machado habla de los números que circulan en voz baja. «Supuestamente había mil solo acá en la urbanización. Como rumor. Yo sé que hay más. Esto no se lo pueden negar a nadie, porque hay más».
No hay electricidad. Los supervivientes piden plantas eléctricas para cargar los teléfonos. Quieren saber quién está vivo. Quieren avisar que ellos, por algún milagro que no terminan de entender, todavía lo están. El gobernador envió personal médico y medicinas, pero la exigencia principal de los vecinos es otra. Quieren irse.
«Supuestamente había mil muertos solo acá en la urbanización. Como rumor. Yo sé que hay más. Esto no se lo pueden negar a nadie, porque hay más»
Dani Machado
Portavoz del consejo comunal
«Que nos saquen de aquí», suplica Elixa. «Ya llevamos cuatro días y se sienten los olores. Ahorita, hace un ratico, sentimos una réplica. Nos queremos ir, que nos saquen para un sitio que estemos seguros. Para Valencia, Maracay. No queremos estar con nuestros hijos aquí».
Damnificados dos veces
Nelbis y Dani lo confirman: la gran mayoría de los habitantes de la urbanización ya eran damnificados. Gente reubicada de otras zonas de Venezuela o de aquí mismo, de La Guaira, tras el deslave de 1999 o tras inundaciones posteriores. Damnificados dos veces. La gran interrogante que nadie responde: dónde irán ahora todos estos supervivientes.
María, una mujer que vino de visita desde otra ciudad, vive su propio infierno. Su tío quedó atrapado en la planta baja de un edificio derrumbado. Los vecinos dicen que las puertas se atrancaron durante el terremoto y no pudo salir. Un grupo de rescate llegó de noche, preguntó si tenía signos vitales y, al no obtener confirmación, se retiró. «Soy mujer, me metí con un pico, piqué y no he podido llegar porque no sé cómo son las estructuras de estos apartamentos, pero me quiero llevar a mi tío».
Las estructuras prefabricadas turcas, diseñadas para levantarse en tiempo récord, se vinieron abajo con la misma velocidad con que fueron montadas
La urbanización fue concebida como emblema de la Gran Misión Vivienda. Hoy, sus letras ordenadas alfabéticamente marcan las tumbas de cientos de personas. Las estructuras prefabricadas turcas, diseñadas para levantarse en tiempo récord, se vinieron abajo con la misma velocidad con que fueron montadas. Y en la calle principal, bajo la mirada inmóvil de un guardia nacional, los cuerpos siguen tendidos sobre el pavimento caliente, cubiertos con las mismas sábanas con las que dormían.
Fuente de TenemosNoticias.com: www.abc.es
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