La tensión militar domina el discurso oficial mientras la sociedad civil sigue sin saber qué hacer ante un escenario de emergencia real. En Noche D, el sociólogo Damián Alifa advierte que es hora de que la ciudadanía se organice, dispute la bandera de la paz y hasta «invente un chavismo democrático» para abrir un camino político donde hoy solo hay miedo y cerrazón
La conversación pública venezolana se ha militarizado: radares, milicias, portaviones, mapas de vuelos. En medio de ese ruido, el gran ausente es lo civil. No hay protocolos difundidos para escuelas, hospitales o comunidades; no hay una cartografía de refugios, zonas no atacables, centros de acopio ni rutas de atención para personas vulnerables si la tensión escala. Ese vacío, advierte el sociólogo Damián Alifa, no lo llenan ni Protección Civil ni bomberos ni policías ni el sistema hospitalario; y las ONG que intenten suplirlo temen ser criminalizadas por «generar zozobra».
Sobre estas tensiones giró la más reciente edición de Noche D, donde Alifa sostiene que el país navega entre dos aguas: el escepticismo de «no va a pasar nada» y el alarmismo que compra entero el relato militar. En ambos extremos, dice, falta lo esencial: preparación civil. «Es urgente tener preparativos como sociedad civil para un caso de emergencia nacional de ese nivel».
En conversación con Víctor Amaya, Alifa propone disputar el significado de la paz. No la «paz» de la mordaza, de los presos incomunicados o de las madres reprimidas, sino una paz con garantías: libertad para presos políticos, reconocimiento efectivo de instituciones democráticas y espacio para la organización comunitaria. «Hay que pensar cómo sería un gran movimiento de paz», plantea, y que esa bandera no sea monopolio del poder.
El diagnóstico del chavismo que traza Alifa es descarnado: un sistema cohesionado arriba, con control suficiente sobre la Fuerza Armada, atravesado por un miedo existencial a la salida del poder. Ese miedo —cultivado desde el golpe de 2002 y el paro petrolero, y alimentado por la narrativa de borrado simbólico— derivó en más cerrazón y autoritarismo. «El miedo engendra los regímenes más autoritarios», resume. De allí la hiperconcentración decisoria en muy pocas manos y el costo prohibitivo de disentir: ni el chavismo disidente ni los militares críticos hallan resguardo, y el precio de tomar distancia interna es altísimo.
Y mientras la esfera internacional discute sobre portaviones y sancione, habría que inventar —o quizá parir— un «chavismo democrático» que rompa con la lealtad ciega, reconozca límites y reabra un cauce político sería útil. «Si no existe, hay que inventarlo».
Según el sociólogo, no se trata de romantizar al oficialismo ni de esperar que aparezca una corriente moderada “naturalmente”, sino de trabajar para abrir un espacio dentro de ese mundo político que reconozca límites y la necesidad de convivencia democrática. «Hay que inventarlo y hay que construirlo, no me refiero a una infiltración, sino a apuntar a la narrativa más democrática del chavismo», explica.
Esa narrativa, dice, en algún momento existió aunque fuera fragmentariamente: «Ese chavismo que habló de democracia participativa, que cree en la importancia de las elecciones, que no tiene posiciones extremas con relación a la disidencia». Pero esa línea fue barrida por la concentración absoluta de poder: «Hoy, cuántas personas pueden tomar decisiones en el chavismo? Cinco, a veces tres, a veces dos».
Incluso quienes permanecen dentro del oficialismo con matices críticos carecen de influencia real. «Es muy complicado que esas voces incidan sobre esa cúpula que se juega la vida», y para quienes se atrevan a cuestionar, el riesgo es alto. «El costo de diferir es enorme. Corres un riesgo gigantesco».
Por eso insiste en que no basta con que exista una disidencia silenciosa: hace falta construirles un lugar donde exista posibilidad de diálogo y garantías mínimas de retorno a la política, sin represalias. «Hay que generar un terreno fértil para que exista ese chavismo democrático», concluye.
En paralelo, la oposición dominante se ha hecho monolítica en una identidad fuertemente antisocialista. Eso la conecta con apoyos externos de derecha, pero la distancia de la izquierda internacional. Resultado: un doble cortocircuito. Buena parte de esa izquierda prefiere callar o elude definiciones de fondo sobre Venezuela; y la oposición, cerrada en lo ideológico, pierde puentes que podrían ampliar su legitimidad en espacios progresistas. La discusión vuelve a estar atrapada en el binarismo izquierda–derecha, con poco terreno para posiciones amplias que reconozcan complejidades y tiendan vasos comunicantes.
En este ecosistema, ¿tiene margen la mediación internacional desde la izquierda? Alifa cree que su papel no debe sobredimensionarse. Voces como Lula o Petro —o la postura más nítida de Boric— pueden ayudar a desescalar tensiones con Estados Unidos y, en momentos propicios, abrir interlocución. Pero su capacidad de mover las placas internas es limitada: el poder de Maduro ni depende de ellos ni les es especialmente sensible cuando se trata de lo sustantivo. Aun así, los gestos moderados desde la izquierda —como exigir actas o condiciones— incomodan más al oficialismo que los discursos estridentes de la derecha, porque golpean donde duele: en la narrativa propia.
*El periodismo en Venezuela se ejerce en un entorno hostil para la prensa con decenas de instrumentos jurídicos dispuestos para el castigo de la palabra, especialmente las leyes «contra el odio», «contra el fascismo» y «contra el bloqueo». Este contenido fue escrito tomando en consideración las amenazas y límites que, en consecuencia, se han impuesto a la divulgación de informaciones desde dentro del país.