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Opinión

León XIV, el apóstol de los migrantes

📅 🕐 hace un momento🔗 Fuente: TenemosNoticias.com🕑 4 min de lectura
León XIV, el apóstol de los migrantes
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En un mundo donde los gobiernos más poderosos tratan a los migrantes como invasores culpables de las calamidades que sufren los pueblos, el papa León XIV ha elegido el camino contrario. Ha intensificado su defensa de quienes migran, exige que se les trate con dignidad humana y denuncia a quienes lucran con su sufrimiento. Critica que el Mediterráneo y el Atlántico se hayan convertido en «cementerios sin lápidas» y defiende con igual firmeza dos derechos que van de la mano: el derecho a emigrar y el derecho a no tener que hacerlo.

El pontífice ha instado a los países más ricos a mejorar las condiciones en las naciones de origen y ha propuesto a la comunidad internacional frenar la extracción de riquezas y garantizar un desarrollo justo que evite que la gente se vea forzada a partir. Ha llegado incluso a afirmar que quienes promueven las guerras no pueden considerarse cristianos.

Una voz que señala a los poderosos

La postura del papa León XIV merece reconocimiento precisamente porque no elude el conflicto, como sí lo hace el liderazgo político oportunista que ve a los migrantes únicamente como daño colateral.

Al contrario, el pontífice desafía a los poderosos del planeta a responder con humanidad y a proteger a los más vulnerables, en contraste con la dureza de las políticas migratorias de Estados Unidos y de la Unión Europea —con la excepción de España, que ha abierto la regularización de medio millón de migrantes— o con la agresiva campaña de deportaciones del presidente Kast en Chile, dirigida principalmente contra los migrantes venezolanos.

Las raíces históricas de la migración

La indignación del pontífice cobra todo su peso cuando se entiende que los procesos migratorios no surgieron de la noche a la mañana: se gestaron en el largo callejón de la historia. Si nos referimos a Europa, basta con reconocer cómo el mapa del continente africano fue distribuido a placer de las potencias a finales del siglo XIX, como puede observarse en las líneas rectas de las fronteras de cada país, repartido como el festín de Baltasar entre el Reino Unido, Francia, España, Alemania, Bélgica, Italia y Portugal.

Esos gobiernos expoliaron sus riquezas hasta la saciedad, incluso después de acordarse la independencia de esos Estados en la segunda mitad del siglo XX, sin construir una infraestructura pública decente que garantizara a sus poblaciones siquiera un nivel de vida de subsistencia.

El caso de Asia es diferente en sus formas, aunque semejante en sus consecuencias: el reparto por parte de las potencias mundiales se llevó a cabo principalmente durante los siglos XVIII y XIX mediante el control de rutas comerciales y la explotación de recursos, a través del dominio de áreas de influencia y protectorados que involucraron tanto a potencias europeas como a nuevas naciones imperialistas.

Al abordar América Latina, los lapsos históricos se amplían por siglos. En su primera fase, el colonialismo español y portugués se extendió hasta el siglo XIX; en los siglos XX y XXI, la influencia tecnológica y financiera convirtió al continente en proveedor de materias primas —relación impuesta por Estados Unidos, Europa y, más recientemente, China—.

Una crisis de dimensiones planetarias

No es de extrañar, por tanto, que los flujos migratorios se orienten en primer lugar por los vínculos económicos históricamente establecidos, por la vecindad geográfica y por la persecución política contra quienes exigen libertades democráticas. Todo ello ha determinado que existan hoy cerca de 304 millones de migrantes internacionales en el mundo, lo que representa aproximadamente el 3,7 % de la población del planeta.

Esa inmensa población se distribuye así por región de destino: Europa acoge 87 millones de migrantes y se mantiene como la región con mayor stock de inmigrantes del mundo; Asia, 86 millones, atraídos principalmente por la demanda de trabajo en Oriente Medio; América del Norte, 61 millones —el 20 % del total global—, con Estados Unidos a la cabeza, con más de 52 millones de personas nacidas en el exterior; África, 30,4 millones (10 % del total); y América Latina y el Caribe, 18,2 millones (6 % del total).

El pontífice y la indiferencia del mundo

Esta realidad global confiere especial relevancia a la postura del papa León XIV. Su voz no resuena en el vacío: interpela a gobiernos, corporaciones internacionales y organismos multilaterales que han normalizado la indiferencia ante el sufrimiento de millones de personas. Frente a quienes los convierten en estadística o en amenaza, el pontífice insiste en devolverles el único atributo que ninguna política migratoria debería poder arrebatarles: su condición humana.

@froilanbarriosf | Movimiento Laborista.

Las opiniones emitidas por los articulistas son de su entera responsabilidad y no comprometen la línea editorial de RunRun.es

Fuente de TenemosNoticias.com: runrun.es

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